Francisco Saura, Número 98, Opinión
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Somos (junto al mar en agosto)

Por Francisco Saura. Domingo, 5 de agosto de 2018

@pacosaura2

Somos lo que somos. En algunos casos menos de lo que quisiéramos ser, en otros más de lo que hubiéramos querido ser, casi siempre creemos ser lo que no somos y predicamos nuestras bondades a los que no nos quieren oír, a los que nos soportan mal y a los que fingen mirarnos a los ojos mientras sus almas están detrás de nuestra espalda, contemplando la puesta de sol o el vuelo de las gaviotas en un cielo gris.

Aburrimiento. Existe un profundo hastío entre los que callan ante el despliegue de la cola del pavo real. Escuchamos, hacemos como que escuchamos, mi hijo, mi hija, mi nieta, mis bisnietos… proyecciones de nuestros anhelos más profundos. Casi siempre contenemos el bostezo ante la prosa árida, economista, egotista de nuestros interlocutores. Callamos por no interrumpir el relato de los éxitos de los nuestros, dejamos que el tiempo transcurra lentamente mientras el cigarrillo se consume en el cenicero, las flores del geranio se apagan al anochecer y las siluetas de las islas se difuminan en las sombras que se extienden hacia levante.

Profundo hastío en las tardes de agosto. Luego la noche llegará estrellada y húmeda. Una cerveza bien fría, porciones de pizza esparcidos al azar sobre la mesa, una vela de citronela para ahuyentar los mosquitos, el susurro del viento entre las hojas del jazmín (el aroma a sal, sardina a la plancha, salmón y aguacate), la alábega a un lado (rozo los dedos sobre sus hojas, extiendo su perfume en el patio). Mis hijos, mis nietos, el espíritu santo, aquella montaña a lo lejos, la nieve en la cumbre, el vuelo de las águilas, un cadáver en el hielo… somos una ilusión insignificante, la luz de una luciérnaga en el universo.

Los relatos de una vida larga y tortuosa. Es difícil saber por qué navegamos entre tantas tormentas de la historia. En un momento perdimos nuestro futuro, nos devolvieron al interior del hogar, al carmen, al catecismo y al luto eterno. Aquel fue un naufragio inmenso. Tuviste que bajarte del árbol, dejar la lectura a un lado, volver a la iglesia, fingir rezar, obedecer, callar. Las calles silenciosas, las sombras en las bocacalles, el terror a la noche, las primeras luces del alba filtrándose entre los visillos de la ventana. Es difícil saber porqué tardamos tantas décadas en reconstruir los barcos, en botarlos para navegar primero en aguas tranquilas y seguras, luego, de nuevo, entre tormentas violentas, botes de humo, detenciones, torturas, horror (el horror). Navegar y no volver a encallar en esas rocas milenarias, duras en su interior, lavada la sangre con la pleamar de la venganza interminable.

Naufragio tras naufragio.

Somos lo que somos. Proyecciones de nuestra rendición en algunos casos, de nuestra voluntad de resistencia en otros. A lo lejos se oye una canción. Habla de la huída permanente, buscando henares en cada pliegue de la luz y callamos cuando nos hablan de éxitos, de hijos prodigio, de la física y de la ética, de las palomas que ensucian las esculturas, de la hora detenida en el reloj de la catedral, del mar transparente, de las sirenas y los pinares, de las aguas turquesas del Caribe, del viento y las máquinas para domeñarlo.

Observamos el mar al anochecer, y somos felices con el susurro de la brisa entre las moreras. Alrededor un profundo silencio, vivimos en permanente diálogo con el pasado, buscando las corrientes que nos llevaron al desastre, aquellas que deberemos evitar cuando volvamos a creer en algo, no solo en la vanidad.

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