Filosofía
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El dominio

Por Pepe Romero. Domingo, 5 de agosto de 2018

Pepe Romero

“El miedo puede ser vencido por la persona singular si ésta adquiere conocimiento de su poder” Ernst Jünger: La emboscadura.

El poderío se ejerce tomando prestado parte del tiempo como propio. Ningún poderío es lo suficiente poderoso como para ser ejercido sin necesidad de la posesión del tiempo. Es el robo de una parte del tiempo de los otros y del suyo propio lo que hace posible su ejecución. También el poder es ejercido en función del tiempo. Es decir, cuanto más tiempo sea empleado en el poder más tiempo durará y más fuerte será la potencia ejercida. El poder se gana mediante el esfuerzo y se ejerce mediante la práctica del mismo. Somos poder en tanto todos nuestros quehaceres son obra de la capacidad.

El dominio es esa práctica que se sitúa frente al tiempo de los otros, y que ocupa a la vez una amplitud de todo tipo. Es medido no según la fuerza aportada al acto del poderío, sino a la amplitud resultante de su puesta en práctica. El dominio es la relación entre el poderoso y el sumiso. Pues en gran parte de las relaciones de poder hay un sumiso, que siempre va donde el dominador desea. Mas siempre que el dominador tiene una voluntad, su poderío la suele capar. La voluntad del poderoso es siempre decrepitada por el “puedo”. Y este “puedo”, entra siempre en la dimensión de lo concreto y de la técnica-práctica. Es el “puedo hacer” el que usualmente actúa como dictaminador ético. Y es este el que pone en praxis la decrepitud de la voluntad. En ciertas ocasiones el dominador abraza la voluntad de poder ciega, donde todo objeto de sumisión se ve visto como un objeto “en sí” al cual poder idealizar hasta el punto de transformar la praxis del hacer en “poder” potencial. Cuando el dominador aspira hasta llegar a la sumisión irracional del chivo expiatorio es cuando la voluntad se vuelve esclava de ella misma, entonces uno pertenece en el plano de lo concurrente a lo ideal. El dominador se vuelve sumiso en tanto en cuanto no supo dominar como estado natural de las cosas. Así, del “poder” parte el poderío, del cual a su vez parte la aceptación de la praxis, de la cual nace la voluntad de poder y con ella el dominio. Mas cuando la voluntad de poder se vuelve voluntad lograda en potencia, se suele olvidar lo concreto del sumiso. Y a causa de haber alcanzado la meta sólo en idea, una vez el dominador se vuelve uno con el sumiso, no cabe duda de que nunca llega el chivo expiatorio. Y que al no llegar el estado soñado de dominación, al no cumplirse la praxis de lo ideado, nace el resentimiento, y con él, lo ético. Éste se origina en el momento en el que la idealización termina. Tal y como son los chistes, las idealizaciones de poderío son distorsiones movidas por la fuerza del deseo, que no se basan en lo ético, sino en lo deseable. Mas el dominador resentido busca su venganza, y de lo ético nace lo no-ético. Así vienen siendo las relaciones de voluntad partidas desde la idealización de lo concurrente. Lo que le ocurre en verdad al dominador es que domina sin dominar, domina en su imaginación, donde el tiempo no tiene fuerza sobre el dominio. El chivo expiatorio es creado en su totalidad por la imaginación del dominador, y tampoco hay sumiso. Quizá, el dominador en potencia es en verdad un sumiso que desea liberarse para así esclavizar. Si es ese el caso, la voluntad de poder es en verdad resentimiento. Pero el dominador va siendo desde el primer movimiento, no piensa ni imagina su dominación, la hace. El dominador no se alimenta del fue, sino del ahora. Y es esa relación con el tiempo constante la que hace perdurar su estado. El verdadero dominador es el que hace consciente el tiempo y desde el primer momento pone el tiempo de los otros a dominación suya, no el suyo a la suya propia. De lo contrario el dominador sería esclavo y sumiso, y no haría más que poner en práctica el poder consigo mismo. De tal forma da vía libre a la dominación de los otros, pero esta vez no domina el poderoso, sino que su tiempo es consumido por la totalidad de la otredad. En el plano ético el dominador es bueno para sí mismo y malo para los otros. Pues de qué forma sino iba a crear chivos expiatorios. De qué forma iba a dominar sino, ya que si él es el bueno para su consciencia, lo es para la de otros. Quien domina usando la voluntad de poder, quien domina en la praxis y no en la imaginación, domina también el tiempo de los otros, se apropia de él. No esclaviza el verdadero dominador a los otros, sino que esclaviza su tiempo, y de esa manera éstos quedan esclavizados solos. El dominador debe de imponerse en lo concreto con valentía y afirmar: el tiempo será usado como yo desee que se use. Quien confunde la ficción con la realidad vive esclavizado para siempre, por eso el verdadero redentor del poderío es el dominador, que vive bajo las sombras de su morada y que suele salir a cazar como un lobo blanco que es.

La voluntad de poder se integra en el deseo del individuo llevándolo a la praxis, donde lo ético es lo valeroso. Mas el verdadero dominador no piensa que la razón esté para reprimir sus deseos más profundos, el dominador cree que ésta está para seguir los deseos sin que éstos te lleven a la sumisión. “Hay que” hacer lo que el espíritu dicte, mas hay que hacer-lo tal y como el poderío mande, no se trata de vencer en el deseo, sino que si uno vence sea gracias a la posesión del tiempo de los otros. El “poder” busca su tributo, ¡deseemos lo deseable! Es la guerra de todos contra todos, donde la batalla se libra en un gran campo llamado tiempo.

Pero incluso a veces el dominador no es más que un esclavo preso a su situación, y constantemente batallando por su supervivencia. Puede ser que controle el tiempo y lo use a su favor cuando desee, mas por más que viva en la praxis su dominio, suele vivir donde habita la fuerza del deseo, en lo abstracto. En el momento en el que hace consciente su fuerza sobre el tiempo, sabe ya que la fuerza parte de su tiempo. Incluso el poderoso es sumiso, y no de extrañar, infeliz. Sólo le cabe ya refugiarse en el poder abrumador de la música y en el de los libros. Pues como decía Kafka: Soy libre y es por eso que estoy perdido. Mas cuando el dominador es infeliz, siempre se abre en él un apetito por la felicidad, es entonces cuando vuelve a la voluntad de poder y reconoce su esclavitud, ha perdido la batalla. Podría intentar ser de nuevo el dominador, pero el tiempo está consumiéndose, y no piensa en otra cosa más que en correr riesgos por su cuenta. Sin embargo, tampoco querrá ganar. En este momento el dominador sólo desea aislarse en los bosques, como un lobo solitario que es. El dominador suele darse por vencido en el momento en el que ve que su sumiso no se reconoce como tal. Fracasado en su intento, el dominador intentará de la manera que sea recuperar su status, llegará a pensar que su fuerza fue en vano, que el sumiso tuvo más fuerza. Mas sólo uno ha perdido cuando se reconoce por debajo del otro, por eso cuando el lobo blanco entra en presencia y es el desprecio y el orgullo lo que prima no hay perder que se precie. Entonces uno no pierde, sino que se retira de la batalla triunfalmente, creyendo que ya dominó. Sea como sea, amo y esclavo, dominador y sumiso; tienen ambos el mismo “poder”. No es éste el que indica la superioridad de uno sobre el otro. La dominación es una constante batalla que parte del “poder” convertido en praxis, y que, cuando es aceptado y surge la magna valía, es cuando verdaderamente llega el tiempo. Uno no tiene el poder por estamento, sino por cómo se practica el tiempo en cada una de las formas posibles. El poder sucedido durante toda nuestra historia, las batallas acontecidas entre territorios, las rebeliones sucedidas; son todas ellas utilizaciones del “poder”. El tiempo es el verdadero motor conductor de todo poder. El poder del que todos han hablado es en verdad la usurpación del tiempo de los Otros. Es el juego de la victoria.

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