Luis Sánchez, Número 98, Opinión
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Paisajes urbanos

Por Luis Sánchez. Martes, 3 de julio de 2018

Luis Sánchez

Pocos meses después de jubilarse, falleció sin demasiado preámbulo. Así que apenas le quedó tiempo para disfrutar de la libertad tardía que ofrecen los años sabios. Cecilio era un quiosquero de novela negra: ideas claras sobre quién eres y dónde estás. A poco que le dieras palique, te ponía al corriente de este o de aquel asunto y, además, te retrataba a la perfección quién era cada cual en el barrio donde vivíamos (resumía con eficaz precisión). Pero Cecilio —todo sencillez y bonhomía— no era ni un fisgón ni un cotilla, solo era un oportuno observador del paisanaje.
No guarda ninguna conexión; sin embargo, siempre relacioné su pérdida con el declive de los quioscos de prensa como negocio.

En octubre de 2003 (gobernaba el caballerito Aznar), Cecilio me comentó, a propósito de la muerte del escritor Manuel Vázquez Montalbán:

—Aquí, hay más de uno que se ha alegrado. ¡Ah!, y cuando ha venido el Marqués me suelta: “Para ser comunista, bien que vivía el señor”.

—Hombre, que los rojos también nos ponemos morados —le respondí.

—¡Eso digo yo!

Y nos echamos a reír como dos niños traviesos.

Me gustaba Vázquez Montalbán, como escritor y como persona. Calvo, gordito, poco agraciado, con gafas y bigote, y cigarrillo (o puro) cultivando la atmósfera: parecía casi casi un personaje de tebeo. Su timidez, su mirada dolorida, su aire desvalido… y, también, su lucidez, su certeza, su visión de futuro, su honradez, su generosidad… Nada que ver con esos escritores acomodados y engreídos de su época o con estos otros de hoy en día: personajes mediáticos, vendedores de palabras al por mayor, que lo único que quieren es comunicar, conectar con el lector y firmar miles de ejemplares.

Todo gran escritor —y Vázquez Montalbán lo era— gana con el tiempo.

Hijo de perdedores (Guerra Civil): su madre era modista y su padre, un preso político. Una infancia dura; pero creció, se hizo hombre, estudió Filosofía y Periodismo, y también pisó la cárcel. Con el tiempo triunfó como escritor y pudo llevar una vida holgada. Vivía de su trabajo (escribir) y no del trabajo de otros (“la explotación del hombre por el hombre”).

Personaje atípico, para la gauche divine (Terenci Moix, Gil de Biedma, Félix de Azúa, Carlos Barral, Esther Tusquets…), pues nunca perdió de vista ni su origen (clase social) ni el espíritu crítico. En relación a esto, no estaría mal leer La gallina ciega (1969), el diario de Max Aub donde este expresa la decepción que le provoca conocer a la joven generación de intelectuales españoles.

Vázquez Montalbán fue uno de los primeros en reivindicar la tonadilla, género del que se había apropiado indecentemente el régimen franquista. Sí, la canción popular (el tango, la copla, el fado, el bolero…), esa canción que, con cuatro palabras y un alambre, te cuenta una historia de amor loco o de simple desamor; de celos, de traición o de venganza.

Vázquez Montalbán fue de los pocos que, durante la Transición política, defendió hasta el final la vía rupturista (referéndum para escoger entre monarquía o república), en vez de la vía reformista (continuidad adaptativa del régimen), que fue la que se impuso.

Y Vázquez Montalbán fue, también, una de las escasas voces que criticó los fastos, la pompa y el boato de la Barcelona Olímpica del 92, con un plan urbanístico desbocado que movería, alegremente, millones y millones de las antiguas pesetas. A propósito, y en referencia a esto último, el Ayuntamiento de Barcelona acaba de reeditar su libro Barcelones (Empúries, 1987), vivo recorrido de la memoria a través de diferentes épocas, y con un prólogo inédito (tanto en castellano como en catalán) que no tiene desperdicio.

Si Pepe Carvalho —el detective de las novelas de Vázquez Montalbán— y Cecilio, el quiosquero de mi barrio, hubieran vivido en la misma ciudad, seguro que se hubiesen hecho amigos, e incluso hubieran compartido (con partido de fútbol) mesa, mantel y puro.

Rodaballo con trufa negra, para los señores, y blanco del Penedès. Bon profit!

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