Humor Gráfico, Luis Sánchez, Número 98, Opinión
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Miseria y compañía

Por Luis Sánchez. Viernes, 20 de julio de 2018

Luis Sánchez

“Para el invierno, la cabra, y para el verano, el melón”, esta fue toda la sabiduría que le transmitió Anselmo a su hijo, cuando lo dejó allá arriba, solo, con el rebaño… ¡Jodida posguerra! En la ciudad aún podías ir de putas; pero en el monte…
Y la posguerra duró demasiado. Ni hembra ni sardina: hambre de mil colores.

Los varones nacidos alrededor de 1950 solían iniciarse sexualmente yendo al prostíbulo (era lo normal). Y algunos hasta pasaban por el altar para poder desfogar el instinto. Pero incluso después de casados, si la cartera se lo permitía, solían acudir a aquellos oscuros lugares de perdición para probar cosas que sus santas esposas no sabían o se negaban a practicar. Esta era una razón de peso para justificar la actuación de los maridos; la otra razón, ya se sabe, “los hombres son así”. Y así de retorcida era la moral del nacionalcatolicismo.

Por suerte, este receloso país ya no es el mismo y ahora gozamos de mucha más libertad e información. Pese a ello, ocupamos el primer puesto europeo en consumo de prostitución y el tercero a nivel mundial. ¡Chúpate esa mandarina!

Veamos. Un señor (casado, de mediana edad y de clase media) desea tener un momento de esparcimiento con “final feliz” (el gusto está en la variedad). ¿Qué hace?, ¿ir de copas a ver si le sale un bonito plan? ¡De ningún modo!, demasiado arriesgado; además, no puede perder el tiempo ni quiere compromisos ni posibles complicaciones. Coge el teléfono y marca un número (la publicidad obra milagros)… Y ahí aparece ella: chica joven, experta, muy cariñosa, despampanante, sumisa, o activa, lo que tú prefieras, corazón, sólo tú pones límite a tus fantasías. El señor –el dueño y señor– tiene la ocasión al alcance de la mano. Es fácil de conseguir, práctico, discreto, seguro, cómodo… Sólo tiene que contratar el servicio: paga y ya está, todo solucionado. Y es eso, precisamente (pagar por un servicio), lo que le otorga carácter de normalidad. Si paga lo acordado, no se está aprovechando. Si paga, todo está en orden, todo está bien. ¿Acaso en un restaurante se plantea la situación personal o laboral del camarero cuando le trae la cuenta? ¡No, le paga y santas pascuas! Esta es la lógica perversa que manda y se impone (el que paga, manda).

Pero la prostitución, hoy en día, no es sólo asunto de hombres maduros, afecta también a los más jóvenes. Una amiga me confiesa que hace unas semanas una amiga suya había descubierto por casualidad que su hijo veinteañero había visitado un club de chicas. La mujer estaba descompuesta y no sabía muy bien cómo reaccionar. El trasiego es, más o menos, como sigue: un sábado por la tarde, tres chavalotes, entre ellos su hijo, acudieron a “un lugar de recreo” para aliviar el ardor de las hormonas saltarinas y se lo habían pasado pipa. Para ellos fue una experiencia única, desde luego, placentera; pero, sobre todo, había sido una manera intensa y divertida de pasar el rato, como un juego arriesgado, y algo más… Luego, la pandilla se fue a comer una pizza y después, ya entrada la noche, a beber cerveza y a ligar. Se encontraban pletóricos, radiantes y nada ansiosos, pues ya habían aplacado ese nervio impetuoso capaz de hacerles cometer una torpeza o caer en la precipitación frente a una chica guapa. ¡Y consiguieron ligar!, sin agobios ni premura, y sin demostrar interés por lo otro. ¡Un éxito: habían triunfado!

Hasta hace poco, era partidario de legalizar la prostitución (“trabajadoras del sexo”); ahora, no lo tengo tan claro. La legalización en Alemania, por ejemplo, ha permitido que ese país se haya convertido en el mayor burdel de Europa: la afluencia de mujeres inmigrantes sin recursos facilita que el número de prostitutas siga creciendo como la espuma.

¿Sensibilización: nos hallamos ante un problema educativo? Y todos parecen afirmar que así es. Pero, ¡ojo!, no enmascaremos el problema reduciéndolo a una cuestión de educación, porque el problema es mucho más profundo, ya que no se trata sólo de la moral patriarcal y machista dominante en la sociedad, es también –¡y hay que insistir en ello!– el modelo productivo capitalista, que explota al ser humano y lo cosifica, que corrompe las relaciones personales poniendo precio a todo, que convierte la intimidad en objeto de exhibición y consumo y que frivoliza el horror hasta instalarlo en la cotidiana normalidad. ¡Puto sistema!

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