Adrián Palmas, Humor Gráfico, Número 98, Opinión, Óscar González
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La justicia nos la dará Don Zuckerberg

Por Óscar González / Viñeta: Adrián Palmas. Sábado 7 de julio de 2018

@Morgoski

Desde que las redes sociales entraron arrasando en nuestras vidas hace alrededor de una década, la forma de relacionarnos con el mundo no ha hecho más que cambiar. Si en sus principios nos servían para sentirnos un poco menos solos y, sobre todo, para alimentar a la insaciable portera que todos llevamos dentro, no tardaron en convertirse en un escaparate con el que podíamos construirnos una imagen digital a nuestro propio gusto.

Daba igual que durmieras debajo de un puente o tuvieras un “casoplón” en Galapagar: unas buenas fotos de una playa perdida o del suburbio más machacado de Nueva Delhi y te pegabas un viaje en el ascensor social sin quitarte la bata de guata ni moverte del salón de tu casa. Mientras, tus amigos se preguntaban si te habías vuelto gilipollas de repente, porque sabían de sobra que nunca habías salido de tu aldea y aún se descojonaban recordando las tres horas que te tiraste perdido en el metro la primera (y única) vez que estuviste en Madrid.

La siguiente mutación de las redes sociales fue lo que algunos llamamos “efecto Pokemon”: una especie de competición por ser el que más “amigos” tenía en Facebook, más seguidores en Twitter o más críticos de arte frustrados en Instagram. Daba igual que no los conociéramos de nada, se trataba de volumen, de números, no de calidad. Mejor 200 tipos que no hubieras visto nunca delante que tus 20 amigos y familiares de toda la puta vida a los que, además, no se la ibas a colar con esa foto de unas piernas en Playa Girón, porque saben perfectamente que tú, como mucho, te remojas en una acequia en La Alcarria.

Los memes fueron un antes y un después, al igual que la crisis económica. Los primeros porque sus burlas y mordacidades de una frase encajaban bien en un espacio cada vez menos dado al razonamiento complejo. La segunda, porque nos enseñó que las redes servían para algo más que para colgar fotos de gatitos adorables: servían para hacer discurso político y tenían la ventaja de que los discursos eran replicables de forma íntegra con apenas uno o dos clicks. La pregunta sería si hemos leído más política en Facebook o en ensayos y periódicos. La respuesta, probablemente, la A.

No es necesariamente malo. En el lado positivo, sin redes sociales no se entendería la aparición de Podemos y su patada al tablero político o el empoderamiento y consolidación de organizaciones como la PAH. Tampoco el 15M ni las primaveras árabes. Si antes la indignación nacía y se agotaba en sí misma, de repente había una forma de canalizarla y sumarla a la de los de al lado. A los de izquierdas se nos empalmó el alma soñando con que, esta vez sí, haríamos la revolución.

Nos olvidamos de eso que Edward Norton llamaba “el instinto IKEA para acomodarse en casa” al principio de El Club de la Lucha.

Lo recordamos pronto. Las cámaras de resonancia bullían con la indignación de miles. En la calle, siempre las mismas dos docenas. El activismo, adormilado, se convirtió en “ciberactivismo” y la posmodernidad vino para quedarse. Ya no hacía falta ocupar el espacio público, porque la realidad da igual y solo importa el relato. Además, movilizarse es cansado e ineficiente: ¿Para qué salir a la calle a luchar por un tema cuando puedes luchar por diez sin mover más que los ojos, la muñeca y un par de dedos?

Y entonces empezaron los señalamientos. Al principio eran escraches, visitas a figuras públicas para exigir respuestas y soluciones, nada reprochable. Un representante público se expone a la crítica de aquellos a los que representa, y en España hacía tiempo que nadie se acercaba a pedirles cuentas. Salvo las suyas propias, no hubo grandes quejas por estos escraches y las pocas que conocieron vía judicial fueron desestimadas al considerar que era un ejercicio legítimo de libertad de expresión.

Fue cuando los señalamientos mutaron. Ya no se usaban contra el poderoso; ya no tenían una función política ni necesitaban una reivindicación legítima: bastaba publicar una foto de alguien con un texto acusatorio por cualquier afrenta (literalmente cualquiera, desde un rascazo en el coche hasta un homicidio) y dejar que la empatía, la indignación y las ganas de sentirse útil prendiesen mejor que el Fuego Valyrio.

Y, por supuesto, daba igual que la acusación fuera cierta o no. Las redes sociales pasaron a ser salas de justicia virtuales, con la diferencia de que en ellas no rige ninguno de los principios del derecho ni tampoco las garantías que han de asistir al reo en cualquier sistema democrático. Muy al contrario, los juicios en redes sociales no son a los hechos, porque estos se desconocen en la mayoría de los casos. No existe contradicción, no existe audiencia, no existe presunción de inocencia. Se juzga el honor del acusado y no en base a criterios objetivos, sino a lo de acuerdo o no que se está con sus postulados.

Y entregados a este afán justiciero, se racionaliza el linchamiento mediático a través de argumentos como que el sistema judicial es defectuoso y muchas veces sus resoluciones están profundamente alejadas de lo que entendemos como justicia. Y es una crítica legítima, porque el sistema judicial hace aguas por muchos sitios. Sin embargo, es imperativo que empecemos a hacer un uso responsable de las redes sociales en lo que a los derechos fundamentales se refiere, porque en la actualidad recuerdan demasiado a aquello de que la justicia nos la dará Don Corleone. Y si no lo hacemos nosotros mismos, llegará alguien que lo haga vía BOE… y ahí solemos salir perdiendo todos.

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@adrianpalmas

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