Francisco Saura, Número 98, Opinión
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¡Ganamos!

Por Francisco Saura. Sábado, 21 de julio de 2018

@pacosaura2

¡Al fin ganamos! Hemos pasado demasiado tiempo con horchata en las venas, con este hombre que no se sabía si subía o bajaba la escalera, ¡como si no hubiera leído a Cortázar! Comencé a desconfiar de él desde lo del Prestige y los hilillos de plastilina. Comencé a soñar cuando escuché al océano desde Fisterra, las olas que se estrellaban contra las rocas, y arriba las gaviotas contemplándome, graznando su desazón ante tanta flacidez intelectual. Y el viento acamando la hierba y las nubes compactas perfilando el cielo crepuscular. ¡Habíamos conquistado el océano con poco más que barcazas de madera, lo habíamos atravesado durante semanas de navegación, lo habíamos hecho nuestro y las naciones europeas nos rendían pleitesia! Eso fue antes de la horchata, porque el otro sí era un hombre cabal, como deben ser los caballeros españoles. Arrojado, capaz de repetir el salto de Alvarado en la noche triste. Aznar tenía un corazón hercúleo. Posó con titanes  y desoyó el gallineo de las calles y plazas de España. Solo él podía devolver la grandeza a nuestra tierra. Hay líderes que menosprecian el derrotismo de sus gobernados, que consideran el pacifismo una enfermedad que debilita el torrente de sangre que mantiene unidos a los pueblos. Que se lo pregunten a los italianos: de ridículo en ridículo desde la caída del Imperio Romano. Y cuando llegó Mussolini nada se pudo hacer, hasta salieron huyendo de las hordas rojas en Guadalajara.

Lo dicho: se acabó la horchata del gallego. Ahora toca un buen vino castellano, pan de pueblo, las espadañas en el horizonte, el olor a cebada en el campo, la cruz y el martillo. Recuperamos el partido de la vida y de la familia. Los nubarrones se alejan. No caerá granizo que asole nuestras cosechas: las de la escuela, el altar, el patriarcado, la patria… ondearán de nuevo nuestras banderas en los balcones y en las alamedas de nuestra tierra invadida por la amarga hiel extranjera. Ya no habrá adoctrinamiento porque volverá la esencia de nuestro ser colectivo. ¡Que le den a la diversidad y a sus valores!.

No se escuchan llantos en los rincones. La plastilina ya no fluye en hilillos. Ha sido sustituida por una erupción volcánica imposible de taponar. No nos callarán, podremos decir barbaridades pero ya nadie nos chistará y nos hablará de derechos individuales, de diversidad, de miradas violetas, de libertad de conciencia, de lo que es vida y de lo que asesinato, de esa gente de Chueca y de aquella de Mar Adentro, y de esos otros que no sienten, ni piensan, ni tienen querencias como las nuestras. Y nuestra bandera, y nuestra pulsera con los rojos y el amarillo, y el beso eterno a la tierra polvorienta de la llanura castellana.

El mundo huele a podredumbre. Ya se advirtió en Las Azores pero nadie quiso escuchar. Luego llegó la travesía por el desierto, la búsqueda desesperada del oasis, la sombra del álamo blanco en el estío, la T4, el predicador en la cima de la montaña anunciando los desastres, Aznar lanzando las tablas del Sinaí a los adoradores del becerro de la tolerancia. Todo ocurrió así, una tortuga detrás de otra y a la cabeza, la liebre meditando entre pelotazo y pelotazo.

Ahora sabemos que este hombre tenía horchata en lugar de sangre, y un corazón de sapo incapaz de reencontrar la belleza en el mostacho engominado del tercero de Las Azores después de su alejamiento político y personal.

Vuelve la derecha ideológica y cultural (la económica nunca nos abandonó). Vuelve a oírse el rumor del torrente que nunca abandona su cauce y cuando lo hace arrastra lo que pilla a su paso. Mientras, el gallego contemplando la escalera desde el rellano del primer piso. ¿Sube?, ¿baja?, ¿ayuda a los suyos?. Las playas de Santa Pola, Playa Lisa, el tranquilo hogar de los jubilados, el repique de campanas y el flamear de las banderas. Dios nunca apartará de nosotros ese cáliz.

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