Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 98, Opinión
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En la muerte del padre

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi. Jueves, 5 de julio de 2018

@lidia_sanchis

Se ha muerto tu padre, Elena, y con él nuestros 11 años. ¿Recuerdas el día en que nos conocimos? Coincidimos en la calle donde vivía tu prima María Jesús, camino de tu primer día en el colegio nuevo, recién llegada al pueblo desde la capital. Era una mañana calurosa de septiembre y pensé que quizá por eso llevabas el cabello tan corto: porque si no, no había manera de soportar aquello, y que en un arrebato le habías pedido a la peluquera “córtemelo”. Y te lo dejó tan corto que parecías un niño. Pero no lo eras: eras una niña plana, con poco pecho, que usabas palabras desconocidas para nosotras: por ejemplo, a las zapatillas de deporte las llamaba bambas. ‘Bambas’ no sonaba a alpargatas, ni a ninguna clase de calzado basto, sino que pronunciar esas dos oclusivas bilabiales sonoras te convertía en una excentricidad, en una sofisticada orquídea en medio de un campo de amapolas. Supe que íbamos a ser amigas y que lo seguiríamos siendo pasados cuarenta años y cuando ya a ninguna madre se le ocurriera llamar a una hija suya María Jesús.

Se ha muerto tu padre, Elena, y con él se han ido todos los vestidos que a ti te quedaban como un guante, tan delgada; y también el bañador rojo con el que parecías una atlética vigilante de la playa; y aquel ‘mono’ azul que de tan ajustado tenías que vestir sin ropa interior. Se han ido los veranos que empezaban con la celebración de mi cumpleaños y terminaban con las fiestas de septiembre, una resaca de proporciones descomunales que nos duraba todo el año.

Ya nunca lloramos juntas, Elena. Y echo de menos llorar contigo porque quizá eres la única que sabes cómo es este dolor sordo que me persigue. Porque quizá sea el mismo que te persigue a ti. Porque, probablemente, es el mismo.

Ya nunca seremos jóvenes, Elena, ni tu padre nos invitará a tomar una cerveza en la terraza del Tropic para disimular a ojos de tu madre la resaca del domingo por la mañana y así evitar que nos pegase una bronca a los tres.

Se ha muerto tu padre, Elena; envejecen los padres y luego, se mueren, como aquellas canciones de los Smiths que tanto nos gustaban, que eran como un secreto entre las dos. Prueba a ponérselas ahora a los hijos y verás. Dirán que éramos unas cursis. Bueno, quizá no usen ese adjetivo –ya no sabemos las palabras de los jóvenes–, pero cualquiera que utilicen nos definirá perfectamente. Definirá lo que fuimos cuando deambulábamos con la piel requemada por el sol de agosto y nos reíamos con un velo de amargura de aquel barrigudo pescador sentado a la solana de delante de la casa de la playa de tu abuela, tan patético con su ridículo y minúsculo bañador azul celeste; esperando a ver si pican aunque ni ese, ni ningún otro verano iba a cobrar ninguna pieza. Comprender eso nos llenaba de vergüenza y de tristeza.

Se han ido los sábados de cardarse el pelo y de fumar hasta reventar. De aquel chiringuito donde tantos pares de ojos se volvían a mirarme las tetas sin que yo fuera consciente porque creía que te miraban a ti, tan esbelta como una caña de bambú. Ya no habrá más mentiras como “le diré a mi madre que me quedo a dormir en tu casa”, ni discotecas que abran al amanecer, ni risas estúpidas de madrugadas fumando porros.

Se ha muerto tu padre, Elena, y nosotras también moriremos. Y nadie sabrá por qué fuimos como fuimos, por qué nos gustaban tanto los Smiths y los Immaculate Fools y por qué llevábamos unas hombreras de pega enganchadas en los tirantes del sujetador, ni cómo era posible que a las niñas bonitas les pusieran de nombre María Jesús.

Nunca le dije a tu padre que le quería. Nunca te he dicho a ti que te quiero. Nunca le he dicho a nadie que sin ti no hubiera sobrevivido. Nunca te he dado las gracias por haber sido tan flaca, como un junco flexible, que solo se doblega cuando el viento sopla en contra.

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L'Avi

@AviNinotaire

 

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