Artsenal, Editoriales, Humor Gráfico, Número 98
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Editorial: Casado o el retorno del aznarismo

Ilustración: Artsenal. Sábado, 21 de julio de 2018

   Editorial

Casado, nuevo presidente del PP por 450 votos de diferencia. Es un giro a la derecha más de ese partido, la vuelta al aznarismo más recalcitrante, la recuperación del frasco de las esencias hispanas. Los expertos tertulianos aseguran que a partir de ahora moderará su discurso. Eso habrá que verlo. De Casado sabemos que viene lastrado por las sospechas de un máster falso, un caso que aún colea en los tribunales. Y aún chirrían aquellas declaraciones infames que hizo contra la memoria histórica: “Los de izquierdas son unos carcas, todo el día con la fosa de no sé quién”, dijo sin ruborizarse. O aquel otro delirio que demuestra lo alejado que está de los problemas de España: “Quiero representar a los catalanes que vamos a reconquistar, para hacer esa Tabarnia teórica real, para que la libertad llegue también a Cataluña”. Casado, que va de nuevo Suárez pero lleva dentro un pequeño Aznar, es un pipiolo de 37 años y quizá eso haya pesado en el voto del compromisario, que tiene pánico al efecto Rivera. La política de hoy se ha convertido en una mera cuestión estética y vende más un chico guaperas de aspecto limpio y aseado que un buen programa electoral. Soraya queda como gran perdedora y sobre su destino político se ciernen oscuros nubarrones. Aún le quedan unos cuantos dosieres en la manga para intentar que su rival no llegue a las elecciones como aspirante a la Moncloa.

Casado, la sonrisa Profidén y la mano en el corazón. El hombre que dice querer sacar a su partido de la cloaca de la corrupción y de las negras encuestas. “Viva el Rey”, así ha empezado su discurso de la victoria. Abandonada ya la mentira del centro, el PP se abraza abiertamente a la ultraderecha más tradicional y falangista. “Aquí cabe todo lo que está a la derecha del PSOE”, ha avisado. Todo lo que esté a la derecha, incluso muy a la derecha, habría que decir. También el franquismo sociológico que sigue dando votos en este país. Los moderados del PP, si es que queda alguno, no dormirán tranquilos esta noche. No es para menos.

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El Rajoy más lacónico, gris y previsible se ha despedido en el Congreso del PP que se celebra este fin de semana en Madrid. “Me aparto pero no me voy”, ha dicho en uno de sus clásicos acertijos marianos. Ni una sola palabra a la crisis que vive su partido; ni un ápice de autocrítica. Ha soltado un discurso aburrido, plano, bostezante, tal como es él. Un discurso armado en el autobombo, la vanagloria y la jactancia. También se le ha olvidado nombrar, quizá conscientemente, al padrino que lo aupó a la presidencia a golpe de dedazo, o sea Aznar. Se despide un raro de nuestra política (él mismo lo ha reconocido al recordar que llegó a la cosa pública un día de 1976, cuando le dio por la “rareza” de pegar carteles electorales en Galicia). Se va un funcionario poco brillante, un gestor más que un canciller, un señor que ha sido presidente un poco a su pesar, con fastidio, solo por colgar en la pared el título que le faltaba en su currículum. Para la historia de España quedará aquel día en que, en plena moción de censura, dio la espantada para irse de vinos a la taberna con unos amigachos. No será recordado como un gran estadista, precisamente. Nos deja un país roto en lo territorial, más pobre y con más incertidumbre ante el futuro. Jesús Posada ha dicho que el discurso ha sido intemporal, trascendental, y que se leerá en el futuro. Qué cachondo el tío.

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