El Koko Parrilla, Humor Gráfico, Número 98, Opinión, Xavier Latorre
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Cierre de fronteras a la inversa

Por Xavier Latorre / Viñeta: El Koko Parrilla. Jueves, 5 de julio de 2018

Xavier Latorre

Se veía venir. ¡Estaban hartos de provocaciones! Llevábamos un año muy loco, al estilo Trump. Ahora, en este 2019, no cabe ya rasgarse las vestiduras. Las fronteras de muchos países pobres han sido cerradas a cal y canto. Se han puesto de acuerdo en dejarnos encerrados. El verano pasado del 2018, cuando la crisis del Aquarius, algunos países occidentales se pasaron veinte pueblos. Por defender la tarifa plana del gimnasio, las cápsulas de Nespresso, la wifi y el IPad de la mesita de noche, muchos europeos votaron a unos extremistas xenófobos que la armaron gorda. Ahora, un año después, la UE debe atenerse a las consecuencias. La rebelión de los más pobres con el cierre de fronteras ha traído, por ejemplo, el final del turismo de masas tirado de precio. Han dicho basta a los cruceros, a los viajes chollo en los que prepotentes viajeros armados con un fajo de billetes regateaban lo indecible en el zoco de Túnez para llevarse una artesanía a un precio ridículo. Algunos vietnamitas dicen que los occidentales son gente extraña: con el calor se atiborran de alcohol y no les quitan el ojo de encima a sus hijas. Lo peor de todo: el ministro italiano Matteo Salvini lleva un año, desde la crisis de las ONG salvavidas, provocando a diestro y siniestro.

Hay otra razón obvia: los ricos sacaban de quicio a los nativos. Esa impúdica exhibición del dinero, con clientes alojados en hoteles supercaros y ataviados con ropa de explorador, asqueaba a la gente que iba a trabajar a pleno sol a unos talleres clandestinos para que luego los europeos compraran camisas ganga en las rebajas de unos grandes almacenes. Eran, sin duda, un mal ejemplo. Toda la noche con el karaoke en la terraza del hotel sin dar un palo al agua. Y luego quejándose de todo: del calor, de la comida, de los horarios de la piscina, de los mosquitos, del olor a fritanga,… Se creían dioses con una pulserita magnética en la muñeca, conectada a la VISA, a la que le cargaban todos sus exóticos caprichos.

Con esta unánime decisión de los países más pobres del planeta se ha dividido a muchas familias: hay muchos ingenieros y operarios, que trabajaban en infraestructuras en Bolivia, Argelia o Indonesia, que están a la espera de que les den un visado de salida del país para poder reunirse con sus familias europeas. Algunos han perdido el empleo y han quedado internados en campamentos de indocumentados a la espera de que algún funcionario abra su expediente y le de luz verde para volver a Europa. Los visados bajo mano se cotizan por unas cantidades astronómicas que no todos los pueden pagar. La ONU ha urgido a esos países tercermundistas a que traten de forma humanitaria a esas personas atrapadas por las trabas burocráticas en unos países a donde habían acudido como técnicos especializados para hacer dinero rápidamente. Su dicha, ahora, yace en un pozo negro. Permanecen recluidos y sin poder apenas contactar con sus familias.

Claro que hay racismo. Los pobres del mundo no soportaban a los ciudadanos de los países pudientes. Estaban hartos de que además de hacerles trabajar como negros o como chinos se les negaran derechos elementales en los llamados países ricos. A la mínima se les restringía la sanidad, la movilidad, les hacían pender de un frágil hilo burocrático que se bloqueaba al menor sismo electoral. Ahora ellos aplican la misma medicina a los habitantes del primer mundo. Se acabaron las playas paradisíacas, toca ir a remojarse al pantano más cercano; se acabaron los selfis al atardecer en un cayo cubano, hay que conformarse con el chiringuito de Pepe.

Se veía venir. En esos países pobres se ha extendido la creencia de que los ociosos europeos huelen mal: a potingues, a perfumes extraños, a cremas contra el sol y a repelentes de mosquitos. Y comen asquerosidades en recipientes de cartón. ¡Qué guarrada! Con ese drástico cierre de fronteras el precio de los móviles se ha disparado; los equipos de fútbol ya no tienen estrellas oriundas de países depauperados; ya no hay jardineros argelinos trabajando por una tarifa irrisoria, el césped lo corta el dueño de la parcela; los fresones ya no los cosechan en domingo a mitad de precio unos nigerianos; no se pueden endosar a los subsaharianos coches de segunda mano hechos una birria y no se puede vender la casa de la abuela a un matrimonio de trabajadores ecuatorianos por un precio sideral. Un próximo Consejo Europeo intentará reclamar cuotas de trabajo cualificados en aquellos países y posibilitar la repatriación y entrega de algunos de los confinados en aquellos campamentos de refugiados. La Unión Europea está sumida en el caos debido a la grave crisis económica que ha provocado este súbito cierre de fronteras inverso. De golpe ya no se puede expoliar más a países menesterosos ni traficar con su mano de obra barata. Italia está que trina; no perdona la retención sin garantías legales de sus compatriotas en países del tercer mundo. Las desavenencias internacionales se han llevado por delante a Matteo Salvini, tal y como pedían con razón algunos países del Magreb y del sudeste asiático. Algunos imbéciles en Bruselas querían emular a Donald Trump. Se veía venir que el odio que emanaba Salvini desde hacía un año no traería nada bueno. De momento, los europeos siguen atrapados en el interior de sus fronteras. ¡Pobres!

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