Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 98, Opinión
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Verano en el Mar Muerto

Por Lidia Sanchis. Ilustración: L’Avi. Lunes, 18 de junio de 2018

@lidia_sanchis

En el verano de mi niñez la playa de Borriana tenía un Mar Muerto donde mi abuela me llevaba, casi arrastrándome, por el camino de la carretera del Puerto, deteniéndonos unos instantes en el huerto donde su marido (pañuelo atado en la cabeza, camiseta imperio) hundía la azada en la tierra reseca del mes de julio. Aún no tenían ni cincuenta años pero ambos eran ya viejos. Él, con unos maravillosos pero fríos ojos azules; enjuto; la piel del rostro llena de surcos y de sol. Ella, siempre de luto o de medio luto (lo cual quería decir que, llegada la hora, se pondría un vestido estampado de gris), labios delgados y cejas gruesas y siempre despeinadas, que yo he heredado. La abuela Lola jamás se puso un bañador, ni se adentró en el agua más allá de sus pálidos tobillos. Y eso que llegaba exhausta al Mar Muerto pero, a pesar del calor, se limitaba a extender la toalla y a sentarse a vigilarme mientras yo, tan miedosa como ella, me bañaba en la orilla sin atreverme a ir más allá. Un día estuvimos buscando durante horas un anillito que yo llevaba y que me había quitado para no perderlo en el agua. Sin embargo, a pesar de las precauciones, se perdió. Buscamos, buscamos y buscamos, incluso con la ayuda de otros bañistas que se interesaron. Pero no encontramos la sortija, que había hecho mi padre con un aro de oro y una piedra de coral. No recuerdo que volviésemos a ese mar, ni a ningún otro, ni ningún otro día que Lola me llevara casi arrastras por la calle. No me gustaba que me cogiera de la mano. Ni que me besara.

Mi abuela quería que me dirigiera a ella llamándola abuelita, incluso avia, como mis primos catalanes llamaban a su abuela Mercedes. Pero nunca lo hice: abuela, güela, güela Lola, era todo lo que obtuvo de mí. Un año, en Navidad, le escribí una carta deseándole unas buenas fiestas, pero en medio de tanta dulzura aprendida incluí una frase demoledora: “No quiero que me mimes”. Mis padres me habían enseñado que no hay que mimar a nadie y menos, a los niños, no sea cosa que se les estropeara el carácter y se convirtieran en adultos melindrosos. Míralos si no a ellos, a los que nadie en toda su vida les dio un beso ni les hizo una caricia y ahí los tienes, serios, fuertes, rectos. Yo no quería mimar a mi abuela llamándola con un diminutivo que, seguro que sí, iba a ablandarla y a volverla una vieja chocha que acabaría por sentarme en sus rodillas y cantarme alguna copla. Y eso sí que no.

Me pregunto cómo llamará Meghan Markle a la abuela de su marido, mientras veo en televisión imágenes de la insólita ceremonia (qué pronto se vuelven viejas las bodas reales del siglo XXI). Y escucho a un experto en protocolo de la Casa Real inglesa decir que los británicos solo son capaces de mostrar sus sentimientos con los caballos y con los perros. Y que algunos, ni eso.

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L'Avi

@AviNinotaire

 

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