Diego Carcedo, Número 98, Opinión
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Precedentes olvidados

Por Diego Carcedo. Domingo, 24 de junio de 2018

Diego Carcedo

Todavía hay por fortuna muchos sobrevivientes que lo recuerdan y lo cuentan con detalles verdaderamente espeluznantes. En febrero de 1939, la caída de Cataluña bajo los bombardeos franquistas originó un éxodo masivo de personas en una huida desesperada hacia Francia. Era el país más próximo, y además democrático, donde poder refugiarse de los peligros de la Guerra Civil, que agotaban sus últimos ataques, y del terror, que luego se vería confirmado, de la represión que vendría con las venganzas del bando vencedor.
Medio millón largo de españoles, catalanes en su mayoría, pero también de otras regiones – entre ellos centenares de asturianos huidos en barcos de pesca desde Gijón tras la caída del Gobierno de Belarmino Tomás en barcos de pesca en otra dramática escapada para ponerse a salvo e incorporarse al frente republicano en Cataluña. Era invierno, un invierno duro en el Ampurdán, con los campos nevados y las pésimas carreteras de la época cubiertas de hielo. Había ancianos y minusválidos que se quedaron en las cunetas, mujeres y niños de todas las edades.
Fueron caminatas agotadoras, teniendo que intentar protegerse en los repliegues del terreno cuando aparecían en el horizonte los aviones que amenazaban con dejar caer sus descargas mortíferas, durmiendo en los pajares de las masías y comiendo lo que buenamente les daban los payeses. Les mantenía en pie y les aportaba fuerzas la esperanza por llegar a la frontera de un país libre. Libre, pero no acogedor. El Gobierno socialista estaba atemorizado ante la posibilidad de que ayudar a los enemigos de Franco pudiera precipitar lo que acabaría ocurriendo, un ataque de Alemania. Las autoridades fronterizas tenían orden de frenar las entradas de refugiados.
Fueron horas y días angustiosos. Algunos, conocedores del terreno y con experiencia montañera, encontraron pasos intrincados en los Pirineos por donde se colaron bastantes centenares Pero la mayoría se quedó apresada entre dos frentes, las fuerzas franquistas que seguían avanzando tras sus pasos y la actitud agria de los gendarmes galos. Finalmente, París acabó cediendo a la presión humanitaria y se aprestó a acoger aquella masa de desesperados. Para ello le costó afrontar las críticas furibundas de la derecha filo nazi y de sus medios de comunicación afines, que no regatearon improperios contra los que llegaban ni contra quienes les habían dejado entrar.
Toda la propaganda que manejaba el golpismo que se estaba imponiendo en todo el territorio español para justificar su actuación y crueldad fue utilizada por los periódicos como si se tratase de información veraz y contrastada. Entre las muchas razones que se esgrimían contra los refugiados era que se trataba de incendiarios de iglesias y conventos y de violadores de monjas, algo que impedía que muchos cristianos lejos de que cumpliesen con la virtud de la caridad entre quienes tanto la necesitaba, los mirasen con odio. En medio de un gran caos, según iban entrando eran destinados a campos de internamiento donde quedaban encerrados.
Aquel encierro no impedía, sin embargo, que se les culpase de todos los robos que se producían en los departamentos donde se hallaban acogidos. Una buena parte fueron concentrados en playas donde el viento frio les llenaba de arena la escasa comida que se les proporcionaba. Guardias senegaleses montaban vigilancia en los campos y aprovechaban para cambiarles las alianzas matrimoniales por tabaco o compresas, para agredir desde los caballos en que patrullaban a los que se cruzaban e incluso para perpetrar violaciones. Algunas víctimas de aquella dramática experiencia, algunos hijos o nietos quizás estén entre los que ahora critican que el barco Aquarius con 629 refugiados encuentre refugio en España. Es el desprecio a la Historia.

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