Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 98, Opinión
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Más despacio, por favor

Por Luis Sánchez. Martes, 5 de junio de 2018

Luis Sánchez

Leer es adecuarse al lento proceder de las palabras. Y digo lento porque la lectura debe ser atenta, sosegada; de lo contrario, sirve de poco (o nada). Si uno lee y no se entera bien de lo que está leyendo, si no le sabe sacar el debido provecho, entonces ¿para qué lee? Y, como casi siempre, no se trata de cantidad (leer mucho), sino de calidad (leer mejor).

Dejarse llevar por el aliento que roza la palabra en los labios. Avanzar, para detectar el silencio, demorarse, retroceder para, luego, seguir avanzando… sin miedo a equivocarse.

Lecciones de vida: el buen guiso, a fuego lento; el buen amor, con suavidad, y el buen leer, con detenimiento.

En vez de disfrutar del viaje (corazón y mente), la lectura se ha convertido en una carrera: las ganas por llegar al final. ¡Bendita impaciencia!, ¡tozuda ansiedad!

Leer aprisa nos impide, muchas veces, captar la ironía, pillar el doble sentido, coger la retranca, ver un detalle significativo… Además, leer a la velocidad de Facebook nos obliga a renunciar al poso de la escritura: ¡la memoria! Lees un buen texto (artículo, cuento, poema…) y, al poco, ya lo has olvidado, ya no recuerdas de quién era ni lo que decía; no importa, da igual: usar y tirar, ¡puro consumismo! Leer es escuchar con atención al otro.

La lógica es bien clara, y “aquí se queda la clara, la entrañable transparencia de tu querida presencia…”. La lógica –digo– es clara (y a punto de nieve): a mayor velocidad, menor pensamiento, y antes te la cuelan. Porque cuando no piensas por ti mismo, otro lo hace por ti, para que te limites a asentir lo que te ponen delante de los ojos. “No piense, siga las instrucciones”. –¡Qué guay, qué cómodo, así no me como el coco!

Sirva un ejemplo, desde luego, prosaico, es decir, muy poco literario. Leer despacio un contrato (de trabajo, de hipoteca de la vivienda, de compra-venta…) puede constituir un delito de rebelión; ¡eh, eh!, y leer la letra pequeña, eso podría constituir, ¡ojo!, un delito de terrorismo. Así se están poniendo las cosas. Oye, como que vas a la consulta del médico y te suelta: “Tómese esto: una cada 8h, y no hace falta que lea el prospecto”. ¡Hosti, tú!, y te da que pensar, a que sí. Y eso por no hablar –y de todo hay que hablar– de los aditivos químicos que le meten tanto a los fármacos como a los alimentos.

El hombre es lo que come, sostenía ya en el siglo XIX el filósofo y científico alemán Feuerbach, así que, gordos o flacos, prestad mucha atención: ¡hay que comer de todo!, incluso basura (ya se sabe: lo que no mata, engorda).

Me pongo los lentes de cerca y… leo, leo, tu nota necrológica en un tebeo.

En efecto, te acostumbras a leer y empiezas a reflexionar, y a hacerte preguntas, al principio, un tanto ingenuas y, después, con más enjundia, y vas cayendo en la cuenta (en la cuenta de ahorro) de que las cosas podrían ser diferentes, de que podrían mejorar…

Así es, vas leyendo, poco a poco, punto por punto, y, de repente, cobras conciencia de que te han robado hasta los puntos suspensivos, que, como todo el mundo sabe, son tres: salud, dinero y amor. Y, ahora, te quieren robar los signos de exclamación, para que no puedas salir a la calle y gritar al mundo entero que son unos ladrones de tomo y lomo.

En tiempos de Cervantes (a caballo o jumento entre el siglo XVI y XVII), la lectura aún se realizaba en voz alta; pero los hábitos ya estaban cambiando hacia una lectura individual y en silencio. En Galicia y en el País Vasco todavía quedan rescoldos de esa tradición oral, de reunirse para compartir historias. ¡Qué hermoso sería recuperar los espacios públicos (plazas, parques, jardines) para leer en voz alta textos que te hagan sentir vivo!

Una amiga que acaba de regresar de Berlín me ha contado que allí hay jóvenes que, para contrarrestar el aislamiento que provocan los teléfonos móviles, se dedican a leer (en voz alta) poemas, microcuentos, reflexiones críticas…, en el metro, en el autobús, en el tren…

Las clases dirigentes están empeñadas en literaturizar “los hechos”. Para ello no dudan en trabajar la comunicación y construir un relato que sea sencillo, claro y, sobre todo, que llegue con facilidad. Quieren imponer su narración: tocar los sentimientos para convencer mejor al ciudadano. Pero el mundo no es como te lo cuentan, sino como tú lo lees.

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1 Kommentare

  1. Gràcies a l’instint de mort de l’Home, reflexius per exemple en tuiter, ja no fem grans circumloquis ni converses profundes, sol guanyar l’insult o com a màxim la consigna.

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