Francisco Saura, Número 98, Opinión
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Mañana al amanecer

Por Francisco Saura. Domingo, 24 de junio de 2018

@pacosaura2

Somos, o fuimos, o tal vez nunca seremos. La historia nos hiere brutalmente con sus relatos de gozo y libertad. Allí donde nunca los hubo, o los fueron de muerte y desolación.

¿Qué importa si ahora navegamos a través de la luz que nos ciega y nos impide ver el camposanto entre las olas? Tal vez el amor sea el impulso que mantiene latente el corazón errante, o la luna y su influjo fantasmal sobre las sombras de la madrugada. Tal vez solo seamos cadáveres en la perpendicular de los sueños abiertos en canal. No lo sé, o acaso no quiera saberlo, ¡son tantos los besos que recorren mi cuerpo allá en el fuego eterno!

Y mientras tanto, el mugido de los ciervos que bajan al río cuando el sol se ha hundido en su ahogo esmaltado detrás de las montañas, y el crepitar del fuego debajo de los castaños. Y las nubes que cruzan el cielo, y las cigüeñas adormecidas en las espadañas, y las espigas y sus frutos desdeñados.

Morimos eternamente desbrozando caricias en la hierba –me dices–. Y yo sé que en algún tiempo y en algún lugar seremos nieve, tú y yo. Nieve que quema el hambre, nieve que se adormece en los arbustos, que cubre el paisaje con un sabor blanco antes de volver al eterno fluir de las mentiras. Las tuyas y las mías. Porque la vida es eso, las horas se calculan en engaños, los minutos en desolación… la del paisaje, la de las ondas del estanque, entre nenúfares. Arriba Dios, abajo el horror.

Mañana seremos distintos, al amanecer. Las sombras ya no marcarán nuestro rostro con el carbón apilado en la noche eterna, y nuestros pasos no nos devolverán al inicio del absurdo. Habrá luz, el agua sabrá a lluvia, la tierra a tierra.

Al amanecer, cuando los ríos nos lleven a las altas montañas y los salmones devoren a los osos después de aturdirlos a coletazos.

Hablamos de otro mundo, claro. Aquel en el que nunca seremos mientras la historia visita los prostíbulos del poder con los desnudos labios de la justicia. Carnosos, entreabiertos, frustrantes.  (Los labios de la justicia).

Y las águilas se emparejan para no humillarse ante los hombres, anidan en las altas copas de los árboles y las añoranzas en los postes telefónicos, cerca de la carretera del este, allí donde el viento sopla eterno y hiela el alma. De nuevo la luz de la mañana, detrás de la colina, entre aparejos de pesca.

Y ahora retrocedo lentamente sobre mis pasos, sobre mi voz rechazada, sobre tu cuerpo que me acoge, y Cohen, que nunca pudo acordar su muerte con el diablo porque era judío, me susurra que el Universo se está extinguiendo más allá de Orión y que ya no hay futuro.

Y entonces veo el paisaje en su extrema extensión, con los objetos diseminados sin orden. Alas de membrillo allá, pezones de gorrión aquí. Y en medio tú, tu palabra a medio camino, tu cuerpo siempre inalcanzable, la tierra lloviendo a golpes de riñón…

Al amanecer…

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