Número 98, Opinión, Víctor J. Maicas
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La dictadura de las multinacionales

Por Víctor J. Maicas. Lunes, 11 de junio de 2018

Víctor J. Maicas

Según Thomas Piketty, uno de los economistas de más prestigio a nivel mundial, la gran acumulación de riqueza no repercute en un beneficio común.

Digo esto porque, desde hace ya algunos años, son las grandes multinacionales (o mejor dicho transnacionales) las que suelen acumular unos inmensos capitales que, desgraciadamente, no desembocan en grandes beneficios para la sociedad en general, sino para esos altos ejecutivos que, incluso, en determinadas ocasiones hemos visto cómo y de qué forma invierten dichas ganancias para ni tan siquiera pagar impuestos. Por otro lado, es también sabido que muchas de estas empresas operan en paraísos fiscales. Pero lo más llamativo es que según diversos estudios son las pequeñas y medianas empresas las que crean más empleo y por lo tanto riqueza de bien común. Curiosa paradoja, ¿no creen?

Sí, no es una novedad decir que hoy en día las multinacionales dominan el mundo casi a su antojo, sin ser precisamente ellas las que dan más riqueza a la sociedad. De hecho, todos sabemos lo que muchas de estas grandes empresas han hecho a lo largo del mundo (provocar miseria en los países subdesarrollados explotando sus recursos en beneficio tan solo de una pequeña élite), pero no satisfechos con esto, puesto que como también dice Piketty vivimos en un capitalismo financiero que se ha vuelto loco, año tras año su avaricia va creciendo de una forma insospechada hasta el punto de importarles bien poco sus propios clientes.

Supongo que muchos recordarán que, hasta no hace mucho, cualquier empresario que se preciase cuidaba su marca como el que más, intentando que su imagen permaneciera impoluta para ampliar, lógicamente, su cartera de clientes. Pero curiosamente ahora ya no tienen esa necesidad, pues en cierto modo los clientes los tienen asegurados al repartirse entre unos pocos el gran pastel. Así es, en líneas generales, las grandes multinacionales de hoy en día, ya sean del sector telefónico, pertenecientes a la banca o a las eléctricas, lo único que les importa es seguir ganando dinero a toda costa intentando multiplicar sus balances de un año a otro.

El cliente, pues, ha pasado a un segundo plano, y prueba de ello son las miles y miles de denuncias que estas compañías reciben de sus usuarios. Unos usuarios, por cierto, que no tienen alternativas, pues por ejemplo, tanto el mercado telefónico como el bancario, así como también el eléctrico como el de los carburantes, se ha convertido en una especie de monopolio encubierto en el que siempre ganan los mismos (si un cliente se me va a mí, lo recibes tú o viceversa). Algo que muy probablemente ha sucedido por esa privatización de las grandes empresas del Estado como Telefónica, Endesa, Repsol, Argentaria y algunas otras que al estar regidas precisamente por el Estado, evitaba este tipo de situaciones. Pero ahora no, ahora que hay “libre mercado” y el Estado está atado de manos, no solo hemos visto que la calidad ha disminuido, sino que en algunos casos el precio se ha disparado hasta las nubes (no hay más que ver, por ejemplo, la brutal e incomprensible subida de la electricidad durante los últimos años).

Y así las cosas, muchos nos preguntamos… ¿cuántos años deberán pasar para que la población dé un golpe en la mesa? ¿Cuántas décadas tendrán que pasar para que les exijamos a todos los políticos que acaben con esa especie de monopolio? Algo complicado, sin duda, si lo tienen que hacer determinados políticos sin que les presionemos, pues como he dicho hace un momento, fueron precisamente muchos de ellos los que contribuyeron a privatizar estos servicios (que eran de todos puesto que pertenecían al Estado) y en la actualidad forman o han formado parte de la nómina de estas compañías (creo que no es necesario poner nombre y apellidos, pues más o menos casi todos sabemos quiénes son y de dónde vienen).

Sí, así están las cosas y, mientras tanto, nosotros a seguir pagando obedientemente esa descomunal factura eléctrica, a sufrir un sinfín de despropósitos si queremos solucionar algún problema telefónico y, por supuesto, a continuar aguantando los excesos de la banca y de unos políticos que cuando ocupan la Moncloa se suelen reunir  “alegremente” con los magnates de las grandes empresas del IBEX-35 para estudiar de qué forma pueden seguir aumentando sus beneficios, a pesar de que los trabajadores que realizan los servicios para algunas de estas empresas cada vez están peor pagados (Telefónica es un buen ejemplo de ello).

Así es, la “dictadura” de las multinacionales hace muchos años que empezaron a sentirla los países del llamado tercer mundo al explotar sus recursos sin casi nada a cambio, pero es ahora cuando los ciudadanos de Europa la empezamos a notar al haber sido sustituido el papel del Estado por este tipo de empresas en las que, como vemos a diario, su principal interés es aumentar sus beneficios aun a riesgo de dejar por el camino a mucha gente (y desgraciadamente si se aprueba el polémico tratado entre EE.UU. y Europa –el TTIP–, lo más probable es que parte de los derechos que tenemos en nuestro continente los perderemos de inmediato en favor de esas grandes empresas).

No, la pobreza energética, la falta de crédito en las pequeñas empresas o los abusos de la telefonía no se han producido porque sí, pues evidentemente, todo tiene un porqué. Sí, se han privatizado bienes tan importantes para la población como es la electricidad, las telecomunicaciones o el derecho a tener la opción de elegir una banca pública que prime el interés del ciudadano al puro negocio. Pero desgraciadamente, esto no ha hecho más que empezar, pues ya saben que los tentáculos de las grandes corporaciones quieren posarse sobre la sanidad, la educación y, sobre todo, en las pensiones.

¿Lo conseguirán? Mucho me temo que si en un futuro ponemos el mismo empeño en defender la sanidad, la educación y las pensiones, que el que hemos puesto en la defensa de todas esas empresas que ya se han privatizado, en apenas unas décadas nos pasará como en EE.UU., que si no eres rico tus hijos lo van a tener muy complicado para estudiar y, en el tema de la salud, tendremos que imitar a los estadounidenses de clase media haciendo “turismo sanitario” a un determinado país para que los operen gratuitamente puesto que en el suyo propio entrar en un quirófano es sinónimo de tener miles y miles de dólares, algo que por lógica la mayoría no tiene.

En fin, pues como digo al final de una de mis novelas, “todo está en nuestras manos”; pero… ¿lo sabremos ver a tiempo?

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