Artsenal, Editoriales, Humor Gráfico, Número 98
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Editorial: No nos defraude señor Sánchez

Ilustración: Artsenal. Viernes, 1 de junio de 2018

   Editorial

La llegada de Pedro Sánchez a la Moncloa abre un tiempo nuevo en la política española, demasiado degradada en la era del marianismo retrofranquista. El mensaje a los corruptos ha quedado bien claro. Nuestra democracia cuenta con resortes y mecanismos suficientes para que los chorizos y ladrones no puedan perpetuarse en el poder. Nuestra democracia es algo muy serio que no se puede prostituir, comprar, vender, maltratar o reducir a la categoría de basura. A partir de ahora Sánchez tendrá que hacer política. El objetivo no era solo echar a Mariano Rajoy del Gobierno, sino regenerar las instituciones, restituir a los ciudadanos los derechos perdidos durante los últimos años de recortazos del PP y recomponer el modelo territorial. Una tarea inmensa y titánica la que tiene ante sí el líder socialista para la que aún no sabemos si está preparado, sobre todo porque el nuevo jefe del Ejecutivo dispone de solo 84 diputados, una proporción a todas luces insuficiente para sacar adelante las leyes necesarias y tomar las riendas del Estado. Si el resucitado Sánchez ha firmado acuerdos inconfesables o secretos con los independentistas solo el tiempo lo dirá.

Ahora toca disfrutar del aire puro que entra en las instituciones. Un momento de esperanza y de cambio hacia un Gobierno que puede ser auténticamente de izquierdas si el nuevo presidente sabe articular un discurso ilusionante y valiente desde el diálogo y el pacto. En dos años se pueden hacer muchas cosas: abolir la reforma laboral, detener la espiral de represión contra la libertad de expresión, mejorar las pensiones, las prestaciones por desempleo y las ayudas a la dependencia, reparar el daño causado al Estado de Bienestar, acabar con las puertas giratorias y la pobreza energética, cerrar el Valle de los Caídos, hacer que se cumpla la ley de memoria histórica y retirar las ayudas a la Fundación Francisco Franco, por poner unos cuantos ejemplos.

El nuevo presidente no puede ser solo un inquilino accidental que ha llegado a la Moncloa de vacaciones. Sánchez puede y debe tomar la iniciativa, hacer política con mayúsculas, que buena falta nos hace. Han sido demasiados años de dejar que todo se pudra, de no afrontar los graves problemas del país, de esconder la cabeza debajo del ala según el nocivo manual mariano. Y así, entre el hedor a putrefacción y a aguas fecales estancadas llenas de ranas y sapos es como hemos llegado a esta situación insostenible. Lo que ha dicho la sentencia de la Audiencia Nacional sobre Gurtel no es otra cosa que Rajoy, el hombre que no dijo la verdad en sede judicial, debía asumir su responsabilidad política. Por decencia y dignidad. No quiso hacerlo y por eso ha sido despedido, como tantos españoles que sufren cada día los rigores de su injusta y salvaje reforma laboral.

Si Pedro Sánchez tiene el valor de acometer las reformas necesarias para el país, su improvisado aterrizaje en paracaídas en la presidencia del Gobierno puede ser muy útil para los españoles. De él depende que haya llegado para quedarse, haciendo ver a la derecha que esto no es un impás, ni un parche, ni un Gobierno Frankenstein, como algunos lo llaman despectivamente. La democracia se construye desde el consenso y la negociación para construir mayorías. Frankenstein no tiene nada que ver en esto. Pero eso no puede entenderlo un hombre que el día más importante de la historia reciente de España se refugia en un restaurante con sus amigachos, durante siete horas, para ponerse ciego a marisco y a puros, pasando la factura del variado menú de su incompetencia a los ciudadanos. Ha sido un final mediocre para un hombre mediocre que no sabe dar la cara. La espantada vergonzosa como epitafio, el ridículo esperpéntico de un presidente inmaduro y soberbio que nunca ha sabido afrontar los retos, que no ha sabido asumir la derrota con deportividad, como exige el juego democrático, y que en el momento dramático de perder la Moncloa sale corriendo para cobijarse en un bar. Rajoy se ha pasado la vida huyendo de todo, de los problemas del país, de los periodistas (pasará como el hombre del plasma), de los catalanes, de sí mismo. Era lógico que su final fuese una escapada hacia la taberna, o hacia ninguna parte, para ahogar las penas de mala manera, puerilmente, en la peor tradición secular española del gobernante inepto que sale por patas dejando al pueblo tirado y hundido en la miseria. Pero el marianismo, afortunadamente, ya es historia de nuestro país y no perderemos más tiempo con él. Así que adiós Mariano y hola Pedro. No nos defraude señor presidente.

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