Editoriales, El Koko Parrilla, Humor Gráfico, Número 98
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Editorial: Aznar o la deslealtad

Viñeta: El Koko Parrilla. Miércoles, 6 de junio de 2018

    Editorial

Aznar el de la mirada hosca y huraña. Aznar el adusto, tóxico y resentido. Aznar el hombrecillo que soñó con ser demasiado. Ayer apareció de nuevo para echar una palada más de tierra sobre el moribundo Rajoy, el sucesor al que él mismo nombró a dedazo limpio. Qué golpe tan bajo y miserable al postmarianismo. “No tengo ningún compromiso con un partido, ni me considero militante de nada, ni me siento representado por nadie”, ha dicho traicioneramente, al tiempo que se ha ofrecido para reconstruir el “centroderecha” español, porque él todo lo hace por el “bien de España”. Quinientos años después de lo de Isabel y Fernando, el viejo truco del caudillo salvapatrias que aparece en los momentos de zozobra parece que sigue funcionando en este país crédulo dispuesto a dejarse engañar por el primer embaucador con pinta de dictadorzuelo que pasaba por ahí.

Ahora va de escritor, se ríe como un escritor, se acaricia los cabellos como un escritor. Exuda intelectualidad por cada poro de su cuerpo. El tono bíblico y mesiánico, la pausa enfática y trascendental, los silencios eternos, premonitorios, plomizos. Todo en Aznar es impostura, desde su supuesta condición de liberal de centro (en realidad siempre fue un ultra en todo) hasta su inglés macarrónico, pasando por su bigote de quita y pon. Nunca hubo nada auténtico en él porque Aznar es ante todo un mal vicio de lo español, una neurosis histórica, un complejo freudiano sin posibilidad alguna de curación. Ayer dio otra muestra de la grandeza que siempre le faltó para ser un estadista de altura, no solo en centímetros sino también en lo político y en lo moral. Cuando Rajoy es humillado en su hora peor, cuando su partido revienta y su gente vive el luto amargo de la derrota, él rompe relaciones con ese hatajo de perdedores y los deja tirados como colillas. Ha vuelto el mejor Aznar, que siempre es el peor. Un narcisista sin espejo, un ególatra sin complejos, un soberbio que camina por encima del bien y del mal. Ahora ya sabemos dónde estaba el arma de destrucción masiva: en su ira incontenible y revanchista.

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