Francisco Saura, Número 98, Opinión
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23 de noviembre

Por Francisco Saura. Domingo, 10 de junio de 2018

@pacosaura2

El 23 de noviembre es un día extraño. Finales de un mes triste, gris, frío, sin nada en medio que cobije la caída de las hojas. La luz del otoño es agria, imprecisa, con sombras que pasean sus añoranzas con el alma arriostrada a los espejos del desamor.

El 23 de noviembre amanece el cielo como un cuenco de madera de fresno con astillas de nubes. Las calles permanecen en silencio; una rata come de una bolsa de basura rota; un gato otea con sus bigotes la larga mancha de caramelo que se extiende curvando la sierra cercana.

El 23 de noviembre, una familia hace las maletas apresuradamente. Las joyas de la familia, apenas. Dejad la ropa, la plata, los cuadros tenebristas. Podremos recuperarlo todo; si no, en Basilea tenemos las cuentas. La mujer contempla de perfil las calles de cobre. Nadie. Solo la Guardia Civil.

El 23 de noviembre el cielo de fresno pesa como el mármol en los barrios altos. Huele a pira ceremonial –opina el poeta del mar y de la mirada clara–. Pero el olor de las calles es nuevo. Ya no hay viejos que nos puedan hablar de aquel olor a… a libertad –me dice el abuelo que se reclina en mi memoria para recordarme a dos niñas con los brazos alzados y los puños cerrados–.

El 23 de noviembre es un día de hojarasca de terciopelo. Caminas entre los árboles y casi no se escuchan los pasos. Ni los tuyos ni del gentío que sube por la calle. Las banderas rasgan el aire y flores de jacaranda brotan de la tierra y endulzan las comisuras de los labios de los manifestantes que ríen en voz queda.

El 23 de noviembre te miro a los ojos, y tu iris es del color de las lilas cuando miras las verjas que cortan la calle. Allí dentro –piensas– viven ellos. Son cadáveres vivientes de todos los siglos. Han recorrido las centurias a caballo, en carro, en automóvil, pero siempre sobre el encorve de la gente. Nadie llorará su marcha, tal vez ellos mismos y los espíritus que los habitan.

El 23 de noviembre alguien grita República, y el mar enmudece en una calma lisa, y los bosques son de oro crepuscular y tu boca me besa largo rato, mientras las banderas rasgan el paisaje convexo de un cuerpo desnudo que se eriza de amor.

El 23 de noviembre es el día.

El tuyo,

el mío,

el nuestro…

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