Artsenal, Humor Gráfico, Número 98, Opinión, Xavier Latorre
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Vaya potaje

Por Xavier Latorre / Ilustración: Artsenal. Martes, 22 de mayo de 2018

Xavier Latorre

Aquel sábado montaron una mesa portátil en la puerta de un supermercado. Se trataba de un grupo asambleario de jóvenes inexpertos que pretendían recolectar alimentos para gente necesitada de su barrio e impulsar en un local próximo un comedor solidario. Parecían buena gente, chicos utópicos cuya máxima aspiración era manifestarse en una capital europea contra los líderes del mundo del G8 o del G20, qué más daba. El lema de “la conquista del pan” lo tomaron prestado de un histórico anarquista ruso. Comenzaron con unos paquetes de galletas, algunos kilos de arroz y una caja de cartones de leche. Muchas madres mandaban a sus hijos con el bote de garbanzos para que supieran a su tierna edad de qué va eso que pomposamente se llama solidaridad.

En el interior del establecimiento reinaba otro joven, alto, desgarbado, al que le habían dado galones de mando en plaza. El chaval se paseaba ufano por la macrotienda como si en vez del encargado fuera el dueño de un cortijo andaluz con excedentes de subvenciones europeas y tentadero de reses bravas. Había progresado de la nada. De reponedor a cajero y de ahí, en un salto fulgurante, a jefecillo supremo de aquellas estanterías repletas de mercancías que ellos les llamaban líneas de venta. Ese jovencito no había estudiado mucho que digamos, pero estaba cargado de energía y sobrado de dotes de mando. No había oído hablar de la lucha de clases, ni de la explotación laboral, ni de nada parecido. Él solo quería progresar en lo suyo, ser un eficiente capataz y a poder ser recibir una prima anual que le permitiera comprarse a final de año un nuevo y moderno móvil. Él no tenía ni puta idea de qué era el G8 ni quién era el señor ese al que llamaban Kropotkin.

El que cortaba el bacalao en el supermercado, indignado por ver a los de fuera recogiendo alimentos solidarios, se encrespó como un mar bravío, se emponzoñó a sí mismo y anegado de cólera se puso a hablar mal de los activistas del exterior. Clamó en voz alta que esa gente con rastas no era de fiar, se quejó airado a los clientes porque no le habían pedido permiso para ponerse a la puerta de su tienda. Cuando acabó la soflama, una mujer menuda con un bebé en un carro le recriminó que de qué iba; serás capullo, le espetó. Las cajeras pararon en seco de cobrar cosas. Todos se callaron para escuchar su intervención. La clienta le reprochó que no se fiara de esos jóvenes de la puerta, pero sí de Iberdrola, que le sacaba los cuartos en el recibo de la luz; de Rodrigo Rato, que había estafado a una generación entera de españoles; de los fondos buitres, que le alquilarían un pisito a un precio desorbitado; de los del caso Gürtel y de los políticos corruptos que cobraban comisiones por cualquier obra pública. Serás cretino, le soltó a la cara. El encargado replegó velas, se vino abajo de repente, se encogió.

A su manera trató de disculparse. Su discurso viró radicalmente. Todo sonrojado masculló que los entendía, que él también estaba en contra de la corrupción. “Estoy en contra del PP”, aventuró incluso para hacer méritos, para ver si así conseguía recobrar algo de la credibilidad perdida ante su clientela, ante aquel público mayoritario de amas de casa que ya habían dictado su veredicto. El jefe de tienda salió a la calle a congraciarse con aquellos ilusos voluntarios que se habían plantado en la fachada de su supermercado. Les dio la enhorabuena por la iniciativa y les dijo que estaba de su parte. ¡Hipócrita! La mujer de la arenga siguió con el carro de la compra y el del bebé por los pasillos. Al salir les entregó unos paquetes de pasta.

Al día siguiente, el domingo, los ocupas alternativos prepararon un potaje solidario y vegetariano. Invitaron al de la tienda, que se excusó diciendo que les visitaba la suegra. Ese día solo fueron a comer cuatro vecinos vulnerables del barrio, no debían de tener recursos suficientes para cocinarse un plato de caliente en sus casas. Eran pocos. Sobró comida. No habían cambiado el mundo. El G20 seguiría haciendo de las suyas. Pusieron en unos táper la comida restante; les haría papel otro día. El del supermercado llevó a su novia y a su madre a un McDonald’s. Comió de más, se puso las botas. Cosas que pasan.

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