Francisco Saura, Número 98, Opinión
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Un chalé en la sierra de Madrid

Por Francisco Saura. Domingo, 20 de mayo de 2018

@pacosaura2

He leído mucho sobre chalés, sobre baserriak y masías. Sobre quién tiene derecho a comprarlos y habitarlos y acaso también a heredarlos y transmitirlos a sus descendencia. En realidad quiero referirme al chalé, un concepto más cercano a nuestra época y a nuestra alma burguesa. Los baserriak y las masías eran más unidades de producción agrícola, más sociedad preindustrial que otra cosa, aunque hay contemporáneos que sintetizan en cada uno de ellos el espíritu del pueblo, de su pueblo. Nada que ver con las aldeas y caseríos en ruinas de la ancha Castilla. Estéticamente, reconozco mi enfermiza tendencia a sublimar el paisaje: me gustaría vivir en un baserri en mitad de una ladera de Oñati: las verdes colinas, los retazo de bosque oscuro, la niebla aquí y allá, el riachuelo en el fondo del valle. Tal vez también la chimenea, el fuego crepitando, el susurro del viento entre las hayas, un sofá y un libro a mitad de lectura (pongamos que Empantanados de Joan Coscubiela, La pell de brau de Espriu o, ¿por qué no?, Obabakoak de Atxaga). Pero sé que todo eso es imposible. A mi edad ya no voy a dedicarme a la emprendiduría especulativa o no, tampoco creo que triunfe en el mundo de la literatura o de la política.

Quiero hablar de los chalés o de los adosados como proyecto de vida. Al final, los pisos y estudios empequeñecen cuando pasan los años y dotas al lugar de las necesidades básicas para estar cómodo tanto material como espiritualmente. Si además inicias una vida en común con otra persona y llegan los hijos, el hogar se hace paulatinamente pequeño, comienzas a necesitar espacio y a refunfuñar con las dos habitaciones que dan al patio de luces y que necesitan más luz, ventilación y menos olor a fritanga. Pero uno se adapta: frena en seco la ampliación de la biblioteca e intenta soluciones, en mi caso poco imaginativas, para seguir estando cómodo en el hogar que llevo habitando 25 años. Además, a cierta edad se complica mucho el mantenimiento y limpieza de un piso de 90 metros cuadrados construidos y te imaginas lo que supondría para el mismo fin un chalé o adosado de 150 o 200 metros cuadrados con piscina, jardín y edificaciones auxiliares (en este caso no incluyo una casa de invitados). Sabes además que los hijos volarán pronto y que tal vez la solución sea buscar otro piso algo más pequeño, con todas las habitaciones exteriores y en el mismo barrio de la ciudad en el que tan a gusto he vivido ya un cuarto de siglo.

Sin embargo no seré tan petulante para aseverar que dada mi ideología (me siento orgulloso de ser hijo de la clase obrera y, aunque en rigor económico ya no pertenezco a la misma aún siendo asalariado, me defino por mi pertenencia social y cultural a la misma) tenga que predicar la pobreza e incluso el sufrimiento para ser coherente con lo que propugno. Resulta evidente que la época de los exiliados europeos, los de los siglos XIX y XX, de las expulsiones constantes, de la miseria en muchos casos, de la militancia política, social y cultural permanente, también el de la exclusión de las mujeres del ámbito de lo público, es pasado en el Viejo Continente. Pero también es cierto que en el mundo de las apariencias, no de las creencias, cada uno debe desarrollar los roles que se autoasigna públicamente: el especulador debe especular y el reformista social debe actuar de acuerdo con su programa de reformas. Muchas veces lo que se dice en público se convierte en un nudo gordiano imposible de desatar y las palabras son pesados eslabones de una cadena que lastra la verosimilitud de los predicados ideológicos. Un chalé con casa de invitados, piscina y jardín a las afueras de la ciudad, en medio de la naturaleza, puede ser uno de esos eslabones sino el collar de cuello de los esclavos.

La derecha no es hipócrita cuando crítica las contradicciones vitales de los pensadores o políticos de izquierda porque su sustento ideológico es el dinero y lo que con él se puede obtener. Es coherente que la “casta” tenga e invierta en propiedades inmobiliarias, también que esconda dinero en Suiza o en la isla de Man, que recorra el Mediterráneo en un yate de muchos metros de eslora e incluso que robe cuando la ocasión le resulte propicia. La “casta” y las organizaciones que la representan. Los políticos de la derecha dejarán de ser votados por la corrupción sistémica no porque su forma de vida sea reflejo de los postulados económicos, políticos y sociales que dicen defender o que defienden.

No se trata de que los “rojos” no puedan tener un chalé con piscina, jardín y casa de invitados, un apartamento céntrico en la ciudad de Londres o un baserri en las laderas de Oñati. En realidad, hay distintos tipos de “rojos” y muchos de ellos viven, con tales propiedades, tan felices y sin miedo a que la prensa se lance a su yugular. No es lo mismo decir que todas las personas tengan las mismas oportunidades en la línea de salida de la carrera de la vida que defender que durante la misma deben haber discriminaciones positivas para que todas llegan no muy distanciadas a la meta. En la lucha por la vida hay que ser coherente con lo que se escribe y se dice. Las personas no suelen serlo pero no es lo mismo el anonimato de la mayoría, que viven sus contradicciones y sus desesperanzas sin homogeneidad alguna que la proyección pública de los reformadores sociales de izquierda, a los que se les exige, no sin cierta, razón que su ideología guarde armonía con su vida. Hay gente progresista que ha tenido fortuna en su vida, que ha acumulado un patrimonio decente y que vive como le place. Sin embargo no defiende en su entorno familiar y social que ser de izquierdas signifique seguir viviendo en la casa de suelo de tierra de sus abuelos. Es posible que tampoco entienda que ser un dirigente de Podemos o de IU tenga que ir acompañado con un voto de pobreza. Pero cuando se articula un discurso tan brillante como los de arriba y los de abajo, la “casta” y nosotros, con tanta proyección de transversalidad política, hay que estar a lo que se teoriza y se dice en público. Predicar una cosa y hacer otra, sobre todo cuando se refiere a bienes materiales, no suele tener buena prensa en nuestro país.

Al comienzo de este artículo quería hablar de los chalés, baserriak y masías. Hemos terminado hablando de los proyectos de vida en común, de la teoría y de la práctica. Por mi parte, añoro contemplar la ladera, un rebaño de ovejas abajo a la derecha, el bosque de ribera en el fondo y la niebla ascendiendo y ocultando los picos de la colina de enfrente. Y un libro entre las manos al atardecer, y Venus junto a una luna todavía blanca. Añoro esa tranquilidad que perdimos hace una década.

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