Adrián Durante, Deportes
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Grandezas y miserias del mundo del fútbol

Por Adrián Durante. Miércoles, 30 de mayo de 2018

   Deportes

Se van dos jugadores de época, dos futbolistas legendarios, dos caballeros del deporte. Dos estrellas humildes integrantes de una rara avis que no abunda en el fútbol de hoy, cada vez más mercantilizado, dominado por el dinero, la traición a los colores y la falta de valores éticos. A Iniesta siempre lo recordaremos como el hombrecillo inteligente, pálido y enclenque que superaba defensas como orcos con la destreza del conejo más astuto y veloz. Pasarán décadas hasta que veamos a otro Iniesta, ajedrecista del fútbol, elegante bailarín, mago del balón. Fueses madridista o culé, del Aleti o el Espanyol, a Iniesta, el canijo entrañable de voz trémula, daban ganas de abrazarlo y darle un bocadillo de jamón después de los partidos. Nunca pegó una mala patada a un contrario, nunca participó en polémica alguna, nunca dijo una palabra grosera contra nadie. La buena educación antes que la ambición del gol; la nobleza antes que la victoria. Nos deja para el recuerdo aquel “iniestazo” de Sudáfrica que nos hizo olvidar la miseria de ser españoles por un cuarto de hora. Fernando Torres, el hombre que siempre fue niño, salió de la academia del socrático Luis Aragonés. El viejo sabio de Hortaleza forjó al superhéroe de Fuenlabrada, un pecoso de pelambrera rubia y mandíbula prominente que rompió la leyenda negra del jugador español feo y tosco. Noble en el cuerpo a cuerpo, honrado y trabajador, colchonero por encima de todo, dijo no a los ricos de Chamartín y a la burguesía de Canaletas. No fue un fino estilista pero siempre se partió la cara por su equipo. Nos ha dejado un discurso de despedida digno de Demóstenes. Que aprendan los que vienen detrás de él que antes de ser una estrella hay que saber hablar y escribir. Iniesta y Torres nos dejan. Los dos nos enseñaron, de alguna manera, que en el fútbol no todo es darle patadas a un balón.

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Ha nacido una estrella estrellada: Loris Karius. Hasta ayer, ese joven alto, guapo y rubio calcado a Brad Pitt en Troya era un héroe para los aficionados del Liverpool. Hoy todo el planeta se mofa de él en las portadas de los periódicos, en los programas de televisión y en memes humillantes que no resistiría ni el corazón del más duro John Wayne. No hay un solo habitante de la Tierra que se resista a la tentación de hacer el chiste malo con la tragedia griega de este hombre desdichado, con su destino fatal, con sus pifias y regalos al Real Madrid en el último partido del siglo. Loris Karius –hasta tiene nombre de uno de esos villanos superactuados de las películas de James Bond– pasará a la historia por sus charlotadas bajo la portería del Liverpool. Ese estigma lo acompañará siempre como una sombra pegajosa. La fatalidad del arquero, que terminó llorando como una Magdalena y pidiendo perdón a los reds, es la metáfora perfecta de la delgada línea que separa el éxito del fracaso.

Un titubeo inesperado, un mal paso inoportuno, un mínimo temblor o unos dedos que se doblan en el último momento y todo se viene abajo, todo se derrumba como un suflé mal cocinado. “De lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso”, dijo la fascinante Marlene Dietrich. Así de injusta es la vida. Los griegos antiguos entendieron como nadie el mecanismo cruel del destino, la física del infortunio y la futilidad en la que nos movemos los seres humanos. Cada mito heleno –la suerte y la desventura, la bondad y la maldad, el horror y la belleza– es un dios extraño que juega con nosotros y nos reduce a la categoría de simples marionetas en el tiempo. Karius el bello, el triunfador, adinerado y amado por las mujeres Karius, ya no podrá mirarse nunca más al espejo sin recordar aquel instante aciago en que quedó como un torpe delante del mundo entero. Todos tenemos marcado en el calendario nuestro día nefasto, una hora crítica en la que el destino fatal se hace monstruo y nos engulle para siempre. Ese día que uno quisiera no haber nacido, ese minuto del “tierra trágame”, ese rayo negro y olímpico que fulmina al héroe titánico convirtiéndolo en payaso de circo.

A Karius de nada le servirán ya sus músculos templados como el acero del Ruhr; nadie mirará de la misma manera esos ojazos azules, esa cabellera salvaje y nibelunga y esos tatuajes de rudo gladiador. Donde antes había un dios ahora hay un caricato. Donde antes los niños veían a Superman volando en el área con su capa roja hoy ven a un tonto redomado. Porque el mundo puede perdonar al peor de los criminales, pero jamás a alguien que ha hecho el ridículo. Todos deberíamos apoyar a Karius en esta hora fatídica. Porque todos somos un poco Karius. Ángeles caídos en desgracia.

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