Número 98, Opinión, Rosa Regàs
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Terrorismo impune

Por Rosa Regàs. Sábado, 19 de mayo de 2018

@rosaregas

Incluso para mujeres como yo que, sin haber militado en el feminismo activo, hemos procurado defender por igual los derechos de todas las minorías y denunciado los ultrajes a los humanos, sean hombres o mujeres, se nos hace difícil salir en defensa de la mujer sin provocar ironías. No quizá en casos de tan evidente brutalidad como el de aquel hombre que ató a su ex mujer a una silla, la roció con gasolina y la prendió fuego. El asesinato no ha provocado oleadas de protestas, es cierto, pero tampoco nadie se ha referido a él con el arma machista por excelencia: la burla, la mofa, el sarcasmo, el desprecio. Que yo sepa.

Pero cuando se trata de defender, por ejemplo, igual sueldo por igual trabajo en hombres y mujeres, o se pide mayor número de mujeres en los círculos donde se adoptan las decisiones, siempre hay un gracioso que, haciéndose eco del sentir general, nos mira con ironía jocosa y canturrea “ya salió la feminista”, “esta, historia me suena”, “no sabéis hablar de otra cosa”. A veces, incluso nos mira como si le hiciera gracia y se sintiera orgulloso de que mujeres como nosotras tuvieran ese coraje y esa sed de justicia, exagerada por supuesto, absurda también, siempre fuera de lugar, pero que al fin y al cabo viene a demostrar que el nervio que se nos supone no lo empleamos en disputas de vecinas, sino en una reivindicación por necia que sea: esto cuando el hombre de que se trata es civilizado, culto, nos ama y hasta se considera un poco de izquierdas.

En un espléndido libro que acaba de publicar Taurus, Los verdugos voluntarios de Hitler, Daniel Jonah Goldhagen viene a demostrar que al Tercer Reich sólo le fue posible perpetrar en masa los crímenes contra los judíos porque había en la sociedad alemana un profundo sentimiento antisemita tan extendido que en muchas ocasiones ni siquiera hubo que obligar a los soldados y oficiales a cumplir órdenes asesinas porque la mayoría actuaron por iniciativa propia, con placer e incluso con orgullo.

Salvando todas las distancias con respecto al número de víctimas, el libro me ha hecho pensar que cuando en una sociedad hay, velado o no, un sentimiento tan enraizado como el antifeminismo lo está en España, no es extraño que se den todos los años tantas víctimas mortales, que irritan mucho menos a la sociedad que las víctimas del terrorismo. Y es que hay una degradación importante en la imagen del colectivo femenino que hace menos culpables, menos horribles, estos crímenes casi cotidianos contra la mujer. Los chistes, las bromas, el desprecio no remiten, y apenas crece la estima que como colectivo habría podido conquistarse con la entrada de la mujer en el mundo profesional y político, donde con escasas excepciones, la mujer ha demostrado con creces su preparación, su entrega, su honestidad y su eficiencia.

Son incontables los casos en que estas mujeres tienen una remuneración inferior a la de sus colegas masculinos, que, también con excepciones, están más interesados en defender su status y su imagen que en la eficacia de su trabajo y en el placer que saben obtener de él.

Hoy, en el ámbito profesional, una mujer gasta buena parte de su energía en defenderse y no dejarse apabullar por el hombre que tiene al lado, que sabe más de influencias y de intrigas que ella –por años de experiencia quiero creer– y que, si puede, la hundirá en la miseria para evitar competencias. Son miles las mujeres que denuncian los malos tratos en el hogar sin obtener el menor resultado, miles las que callan a la vista de la poca atención que reciben las que osaron, miles las que soportan el acoso sexual de unos jefes que gozan de total autoridad e impunidad.

Todo esto no sería posible sin ese sentimiento antifeminista tan extendido en nuestro país que considera un héroe al hombre que maltrata y golpea a su mujer, y a ellas seres nacidos para ser protegidos y sometidos.

En los bares, entre amigos, en cuanto se llega a la segunda copa, salen a relucir esos chistes, obscenos siempre, que tanto gustan a nuestros machos, en los que la mujer no es más que una ninfómana a la medida de su virilidad, una estúpida que sólo piensa en gastar o una solterona frustrada porque lleva gafas y ningún hombre le pellizca el culo. Y ay de la que muestre autoridad o una poderosa convicción: no faltará quien asegure que una buena dosis de brutalidad sexual haría de ella un corderito.

El trabajo del hombre es siempre más importante que el de la mujer; las responsabilidades hogareñas, inferiores a las de ella, y, por supuesto, sus infidelidades mucho menos importantes incluso ante la justicia.

Hay jueces en España según los cuales una violada se lo ha buscado, una maltratada exagera, una muerta a golpes e incinerada no crea inquietud social y una vilependiada lo tiene bien merecido. Hace tiempo se condenó al hombre que apuñaló a su esposa en estado de ebriedad a dejar de beber durante seis meses. Buena parte de la policía se carcajea de las mujeres que denuncian a sus violadores o agresores. Y la judicatura, tras tantas y tan ostentosas muertes, juzga suficientes las leyes que defienden a la mujer.

Es más que probable que los criminales que este año han asesinado a su mujer estén libres muy pronto. Y lo que es peor, con la admiración de buena parte de sus conciudadanos machos.

En este caldo de cultivo, la mujer humilde, la que no dispone de recursos, no tiene defensa. Valdría la pena que entendiera o que alguien se lo hiciera entender, que para salir de esta situación no le queda más opción que luchar desde su puesto de trabajo por modesto que sea, y por sí misma. Porque no será el hombre ni un Gobierno de hombres ni una sociedad dominada por el sentimiento machista los que la hagan salir de ella y le devuelvan una dignidad y una igualdad que estamos lejos de haber obtenido. Así que, por mucho que parte de la sociedad y de la Iglesia consideren que es mejor para los hijos que la mujer se quede en el hogar, por más que un empleo la obligue a trabajar el doble, y digan lo que digan educadores y psicólogos, en ese empleo, en su trabajo, reside su única salvación: la libertad; porque ya se sabe que no hay libertad sin libertad económica. Disponer de recursos propios y cuando haga falta huir del hombre que las apalea, de los policías que las ignoran, de los jueces que las humillan. Porque ayuda no la obtendrán, y mucho menos justicia. Lo único a lo que puede aspirar esa mujer maltratada es a que la sociedad se compadezca de ella cuando ya sea cadáver, pero que no espere ni castigo ni venganza para su agresor y se conforme con esta piedad posmortem, siempre en grado mucho menor que el que concitan las víctimas del terrorismo.

Sé que habrá quien me acuse de exagerada. Pero ¿qué diríamos de un país donde se mantuviera impune un terrorismo o una mafia cuyas víctimas no contaran ni con la solidaridad de la ciudadanía ni con la ayuda de la justicia ni con el amparo del Gobierno, donde tuvieran que ocultarse en centros de acogida 40.000 víctimas amenazadas y otros cientos de miles soportaran ultrajes en silencio a la espera de convertirse en una de las 60 muertes que ese terrorismo se cobra cada año?

Pues este país es España, para vergüenza y oprobio de todos.

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