Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 98, Opinión
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Pienso, luego despierto

Por Luis Sánchez. Martes, 22 de mayo de 2018

Luis Sánchez

Cuánto echo en falta el noble magisterio de figuras como José Saramago (para algunas y algunos, Sara Mago, sobrino de los Reyes Magos), José Luis Sampedro (nada que ver con el apóstol) o Eduardo Galeano (ni galeno ni curandero). Grandísimos escritores y referentes indiscutibles de la cultura. Personajes que, cuando conduces cansado y vas medio perdido en la noche, hacen de copiloto y te encienden la larga. Y entonces sí, entonces dejas de dar bandazos, respiras hondo y vislumbras el camino despejado.

Tener a alguien lúcido a tu lado para hacerte ver en la oscuridad, eso no tiene precio ni fecha en el calendario. Recuerdo, cuando era estudiante de 6º de bachiller (curso 1973-1974), que atravesé un momento difícil, tenía que tomar una decisión –para mí, importantísima– y no me atrevía. Tras muchas vacilaciones, consulté con Lizandra, un compañero de clase dos años mayor que yo y con el que compartía un montón de afinidades. Y cuánto le agradecí sus cabales consejos; pero lo que más me valió fue la recomendación final: “Cuando tengas alguna duda, tú escucha lo que dice la Conferencia Episcopal y luego haces justo lo contrario: ya verás cómo no te equivocas nunca”. Claro, él sabía del pie que yo cojeaba, y eso es fundamental, porque si no sabes de qué lado cojeas, al final, acabas renqueando, primero, de un pie y, después, del otro. Y si fallan los pies –la base–, falla el cuerpo entero –la altura– y, tarde o temprano, base por altura, te vienes abajo.

Veamos. Tener más libros de los que puedes leer es signo de civilización; tener más dinero del que puedes gastar es signo de barbarie. En cualquier caso, conviene repartir libros y dinero. De hecho, es bastante frecuente que un escritor, llegado a una edad provecta, decida desprenderse de sus libros y los done a una biblioteca pública, a fin de que cualquier persona pueda disfrutar de ellos; en cambio, no ocurre lo mismo con el dinero, y eso que todo sale del mismo árbol para transformarse en papel, pero, por lo que vemos, cuanto más aumenta el dinero, mayor es su poder astringente (cuestión de dosis). Un libro te amuebla la cabeza; sin embargo, el dinero te perfora los bolsillos.

¡Pedagogía, señorías, pedagogía! Desarrollar el sentido comunal, enseñar a valorar lo que es de todos, lo que es común a todos, porque lo que yo quiero (Estado de bienestar) no lo quiero para mí solo (egoísmo), lo quiero para mí y para los demás, para los que tengo cerca o al lado (mis próximos, mis prójimos), que no son ni más ni menos persona que yo. Claro, que esto también supone un esfuerzo por parte del ciudadano: aprender a situarse coherentemente en este mundo y saber distinguir a unos dirigentes políticos de otros. Porque si Dios fuera bueno, los malos no tendrían cara de buenos. Y es que más allá de un rostro bonito, de unas palabras amables o de un perfil mediático está el veneno oculto: la mentira, el desdén y la codicia (o sea, la Santísima Trinidad).

El conocimiento no llega de arriba (soplo divino), sino del estudio y la constancia. Del mismo modo, el dinero tampoco cae del cielo (“soy rico por la gracia de Dios”), sino que es fruto del esfuerzo y del trabajo; así que, por lo menos, te corresponde la mitad del cielo y la mitad de la tierra. Neurona a neurona, despierta la conciencia.

No le quites el ojo al botafumeiro, que expande nubes de rumores y cortinas de humo, para esconder los problemas que nos acucian: la corrupción política, la precariedad laboral y la disminución de las pensiones. Eso es, perfecto: confía en Dios y no corras.

Ya sabes que la avaricia rompe el saco, y la confusión deja libre al truhán, que conoce bien los recovecos inescrutables del día del Juicio Final (las cosas de palacio van despacio).

Siente la Semana Santa, que exalta el sufrimiento y mortifica el cuerpo, pero relega la alegría y la resurrección de la carne. ¡Una muerte digna, por los clavos de Cristo!

Piensa que no hay forma más sagrada que la del voto cuando entra en la urna, para comulgar con los derechos fundamentales del hombre.

No olvides la Providencia divina, que lo dejó todo atado y bien atado, ni tampoco al papa Francisco, que “ve en la pobreza una virtud, en vez de una carencia”.

Leer, preguntar, soñar… Aprender a mirar la vida de frente para trazar un mundo mejor.

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