Número 98, Opinión, Xavier Latorre
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Panamá

Por Xavier Latorre. Viernes, 4 de mayo de 2018

Anselmo está postrado en silla de ruedas. El trágico accidente le sobrevino al colocar un cartel que ponía “Bienvenidos” en lo más alto de la nave que acababa de habilitar para un negocio de venta outlet de muebles de cocina italianos. La tienda no llegó a estrenarse, jamás abrió sus puertas. Sus clientes no llegaron siquiera a existir. La operación comercial quedó abortada: sus existencias se revendieron a un almacén mayorista de Coslada. La nave industrial, situada en un polígono valenciano, está todavía en venta; el cartel de la inmobiliaria cuelga justo debajo del “Bienvenidos”. Al parecer el local está gafado, nadie llama interesándose por él.

A Anselmo, Noelia, su novia de toda la vida, lo dejó plantado. Después de un año de hacer guardias en el hospital y en su casa, de obsequiarle con caricias benevolentes, de cocinarle comidas con pocas calorías y de hacerle recados en la calle, le dijo que le faltaba aire para respirar, que tenía falta de espacio y de intimidad y que se sentía encerrada y algo triste. Tuvo el detalle postrero de dejarle la casa acondicionada para que pudiera funcionar por si solo. Incluso la comunidad de vecinos, de forma solidaria, accedió a colocar un ascensor en el edificio y una rampa como Dios manda en el vestíbulo.

Los muebles de cocina del piso no eran italianos pero sí accesibles. Los marcos de las puertas eran anchos y los cajones de los armarios se hallaban a la altura de un niño de siete años. En el baño instalaron una grúa para poder remolcar su cuerpo hasta la bañera. Los mandos del televisor, el móvil y el ordenador portátil le mantenían unido al exterior.  Noelia se las piró, se abrió. Tenía coartada; insistía en su deseo de conocer mundo. Mendigando el perdón eterno le dijo que si acaso pasarían juntos alguna Navidad.

Más paralítico y más solo que nunca, Anselmo se quedó varado en aquel piso chiquito. Se fue acostumbrando al aislamiento social. Algunos parientes y amigos le hacían favores ineludibles que a él le resultaban vetados por su condición de persona dependiente. Sin embargo cada vez se movía mejor por todas partes. Prácticamente era autosuficiente. No perdió el ánimo. Incluso cogía un autobús que le dejaba cerca de una piscina municipal donde nadaba unos cuantos largos.

En casa, la televisión estaba encendida día y noche. Telecinco no le podía salvar de su adversa situación pero al menos podía imprimirle el sello inconfundible de la banalidad, podía literalmente matar todo el tiempo que se le antojara sintonizando aquella cadena. Algunas veces pasaba por alto la vida de los famosos y se enchufaba en vena series de ciencia ficción para evadirse del todo. Los fines de semana, como un clavo, los tenía reservados al deporte que llenaba por completo su agenda catódica. Desde su atalaya móvil, desde su silla de ruedas, ejercía de entrenador de Nadal, posicionaba a la defensa de su equipo cuando la veía vulnerable y le decía a Marc Márquez cuál era la mejor curva para adelantar.

Poco a poco, partido a partido, que diría Simeone, pasó lo que nunca debió suceder, lo inevitable. Se suscribió a un servicio de apuestas online. En mala hora se le ocurrió apostar por su equipo, por su piloto favorito y por el ganador del Open de Montecarlo. Perdió lo que no estaba escrito. Les debía ya 20.000 euros a los señores esos del anuncio, “pero oye, ¡que yo no soy Cofidis!”, que te prestan dinero fácil al instante sin papeleos farragosos ni nada. Siempre tuvo mala suerte, le habían desplumado. La quiebra económica era producto de un desorbitado TAE y de una deuda in crescendo con esa usurera financiera. El juego le había obnubilado, le había hecho perder el juicio.

Ahora, puntual, una madrugada al mes, siempre el mismo día, como un ritual sagrado, salía al portal y esperaba hasta pillar a un bienaventurado voluntario. Cuando descubría a un bondadoso transeúnte, a esas intempestivas horas bastante bebido, le pedía el favor de que le llevara hasta el cajero a sacar todo el dinero de la pensión en dos tandas. El dinero, custodiado en su bolsillo, resultaba inaccesible para los de Cofidis. Sabía que tarde o temprano le echarían mano a sus cosas pero esa argucia le protegía de momento de cualquier mal trance. Cuando la persona solidaria le retornaba a casa siempre le ofrecía cinco euros de propina. Muchos rechazaban el gesto.

Para esquivar la inminente ruina ideó un plan, aunque un poco descabellado: había reservado veinte euros para apostar que la selección de Panamá, el sitio ese dónde guardan su dinero los ricos, ganaba el Mundial de fútbol. Se pagaba mil a uno su victoria. Algún día, estaba seguro de ello, la fortuna le vendría a rescatar a la puerta de su casa y sería, cómo no, bienvenida.

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