Filosofía, José Romero
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Los misterios eleusinos

Friné sobre la celebración de Poseidón en Eleusis, cuadro de Henryk Siemiradzki.

Por Pepe Romero. Sábado, 26 de mayo de 2018

   Filosofía

En la Antigua Grecia, cerca de la ciudad de Atenas, se ubicaba el pueblo de Eleusis. A su vez, éste albergaba un santuario hecho con motivo de adorar a las diosas Deméter y Perséfone donde el pueblo Heleno asistía a dos tipos de ceremonias. Una de ellas se trataba de los pequeños misterios, que consistían en ayunos, sacrificios y demás ritos. La otra ceremonia fue la de los misterios mayores, donde sólo una vez en la vida, a voluntad propia, iba el pueblo de Grecia y más tarde de todo el Imperio Romano. Lo que allí hacían los aspirantes era beber de una pócima llamada kykeon hecha a partir de harina de centeno, menta y agua. Mientras tanto, los sacerdotes de la familia de Eumolpo esperaban en otra de las habitaciones. Nos es complejo saber qué es lo que realmente bebían ya que los aspirantes juraban no contar nada sobre las experiencias individuales allí vividas. Empero, sabemos que fueron experiencias iniciáticas psicodélicas. A estos misterios acudieron grandes mentes de la antigüedad tales como Píndaro, Sófocles o Platón.

Lo que nos hizo pensar en que estas pócimas se trataban efectivamente del acido lisérgico, postura respaldada por Albert Hoffman, fue que, entre otras cosas, el símbolo de los misterios Eleusinos era una espiga de cereal. Este símbolo concuerda perfectamente con la harina de centeno tomada. Pues el centeno es atacado por un hongo parásito llamado ergot. De entre los componentes que posee el hongo se encuentran la ergotoxina, muy tóxica y altamente venenosa, y el ácido lisérgico, con muy baja toxicidad y mucho poder psicodélico. También resultó que los componentes tóxicos no eran solubles en agua. Lo mezclaban entonces con agua con el fin de obtener ácido lisérgico. Bastaba con poca cantidad para cada uno puesto que a pequeñas dosis ya hacía grandes efectos. También existen las posturas que piensan que lo allí tomado era una seta alucinógena llamada amanita muscaria, sin embargo, el que más encaja es el ácido lisérgico.

Lo allí prometido era la inmortalidad, pero no en sentido cristiano de llegar a otra vida según los actos de ésta. Lo allí prometido más que otra cosa era un renacimiento místico. Lo descrito en general por los griegos atendía a tres fases. La primera se trataba del advenimiento de la muerte, esos momentos en los cuales, ya casi metido de lleno en el viaje místico, piensas que todo va a acabar y vas a morir. De pronto, el aspirante se daba cuenta de que no se moría, y que se encontraba en ese momento en lo que ellos llamaban la Epopteía, la visión trascendental o iluminación. En esta parte del viaje los aspirantes se conocían a sí mismos y se repensaban, comenzaban de nuevo el aprendizaje pues todo lo aprendido anteriormente no les era útil. Podríamos llamar a esta fase desaprender para volver a aprender. La última de las fases es la del renacimiento, en la cual el efecto se va pasando y te vas aproximando de nuevo a la normalidad. Es entonces cuando, al acabar el efecto en sí, abrazas la nueva vida. De ahí la promesa del renacimiento, donde el aspirante se siente como una nueva persona, alejada de todo lo que creía cierto, preparada para todo lo que venga y purificada de todo concepto de lo real.

El hecho de que las ceremonias se celebrasen por la noche, a mi parecer, era para no centrarse en nada que no fuera ellos mismos. Ya que no podía verse casi nada, salvo algunas columnas, el aspirante estaba obligado a la introspección, a conocerse a sí mismo. Era tan importante para los griegos este viaje que solamente se celebraba una vez en la vida. Se requería de una fuerza de voluntad y una responsabilidad impensables para esta época. Marcaba un hecho intrínseco a la vida de los griegos. Esta pócima les preparaba para la muerte haciéndoles pensar que su vida se acababa, era así un anticipo de lo que verán. Suponía tanta introspección para con uno mismo que el simple hecho de tomarlo podía condicionar ya toda una vida.

Casi treinta años después de que Albert Hoffman sintetizase el LSD, éste fue prohibido. Su prohibición no sólo fue un veto hacia el fármaco, sino un veto hacia nosotros mismos y hacia nuestra propia introspección y mente. Pues sin duda alguna, este poderoso fármaco constituye lo que es la curiosidad por uno mismo.

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