Francisco Saura, Número 98, Opinión
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Hablábamos de ti

Por Francisco Saura. Viernes, 4 de mayo de 2018

@pacosaura2

Hablábamos de ti. Y lo hacíamos sin pensar que en nuestras palabras hubiera malicia. ¡Había tanta maldad en este mundo y de tal calidad que unas cuantas frases mal conjugadas sobre ti y tu cabello nos resultaba tan leve e intrascendente que la sonrisa nos hacía compañía!. No sabíamos si nuestras palabras significaban algo más que admiración. No eran malsonantes, tampoco utilizábamos metáforas para confundir nuestros pensamientos y hacerlos más hermosos. La verdad, llegó un momento en el que ya no sabíamos de qué hablar al atardecer (ya sabes: la puesta del sol,  el azul oscuro del mar, la posidonia, los restos de algún pesquero, las gaviotas en lo alto…) y nos aventurábamos por paisajes extraños, en algún tiempo posiblemente prohibidos. Paisajes, sí. Pero de otros mundos, más allá de las estrellas más tenues en una noche de agosto, siguiendo con la mirada la lluvia de la Vía Láctea. Y allí estabas tú, y tu cabello flameaba en la plata del cielo, y tus ojos profundos nos atraían y nos deslizaban por un tobogán de azúcar y húmeda melancolía.

No sabíamos quiénes eramos, en qué orilla soñábamos, si había hierba y nenúfares en el estanque, si los cantos espejaban en el agua, si aquella nube vivía en ti, en tu boca, en tu sonrisa. No sabíamos nada sobre nosotros mismos, ¿cómo íbamos a saber algo tangible sobre la sociedad, sobre lo que había detrás de los muros del zoológico, sobre los aullidos de la jauría, sobre el silencio en la Plaza del Ayuntamiento? Aquella vez llovía, la acera brillaba, las hojas de los sauces olían a madrugada y tú, allí sentada, contemplando las luces de la tormenta. ¿Cómo íbamos a saber qué hablar de ti, de tu cabello, del olor a cacao de la fábrica que siempre compartías con nosotros?, ¿cómo íbamos a saber que eramos unos bastardos cuando soñábamos y volábamos sobre las azoteas de la ciudad buscando, buscándote…?

¡Cuánto hemos aprendido desde entonces! Los últimos días del invierno fueron cálidos. Las calles se llenaron de colores, las jacarandas florecieron de improviso y la tierra era otra. También la luz, y los gritos de las multitudes. ¿Cómo íbamos a saberlo si éramos el fruto amargo de una educación incompleta? Pensábamos que nuestras palabras eran orquídeas arrojadas al azar a tu paso, que pronunciar tu nombre era hacer surgir el arco iris en el horizonte. ¡Estábamos tan equivocados, nuestras lecturas eran tan mediocres para comprenderte, nuestras miradas esquivas eran tan hirientes…!.

Ahora todo ha muerto. Y participamos en el entierro cantando alrededor del nicho, tocando el violín y recitando poemas de Margarit. Hemos enterrado nuestros pensamientos a diez metros de profundidad. Alrededor, las raíces del bosque, las voces que nos reclaman desde el Medievo. Ahora somos libres, acaso un poco más libres y tu sonrisa es la luz que ilumina el camino. Y te creemos, claro que te creemos.

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