Humor Gráfico, Número 98, Opinión, Ubaldo, Víctor J. Maicas
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¿Generosidad o estupidez?

Por Víctor J. Maicas / Viñeta: Ubaldo. Lunes, 28 de mayo de 2018

Víctor J. Maicas

En primer lugar me referiré, sin ironía ni sarcasmo, a la generosidad de verdad, a esa que ha conseguido que este país haya sido capaz de convertirse en uno de los mayores donantes de órganos, de los primeros países en reconocer plenamente los derechos de los homosexuales, y de los que van a la vanguardia para combatir esa lacra que significa la violencia machista.

Sí, logros sociales que nos han convertido, como país, en un referente al menos en esos ámbitos. Pero curiosamente, en el ámbito económico esa generosidad se ha convertido, de algún modo, en estupidez. Y me explico.

Verán (y ahora sí apelo al sarcasmo y a la ironía), somos tan generosos como sociedad que hemos sido capaces, sin apenas decir nada, de regalar nuestro patrimonio estatal (es decir, el de todos), pues hemos regalado la banca pública que teníamos, esa que tantos beneficios da ahora a unos pocos y que si fuera nuestra dichos beneficios se podrían reinvertir en mejoras sociales en sanidad, educación, en ayuda a la dependencia o en pensiones, así como también en infraestructuras. También hemos “regalado” industrias tan rentables como la energética (luz, agua, gas y petróleo) o de las telecomunicaciones, y según parece ahora se está intentando regalar (o sea, privatizar) algo tan importante para cualquier sociedad sana como es el control público de las pensiones, de la sanidad o de la educación. Por cierto, para quien me tache a la ligera de comunista por decir lo que estoy diciendo, le aclararé que no estoy proponiendo que se nacionalice todo, sino que exista, tal como sucede en otros países de nuestro entorno democrático, una coexistencia de las empresas públicas y privadas, tal como sucedía hasta hace poco también en nuestro propio país y desde luego no éramos comunistas, como tampoco lo son esos países de nuestro entorno democrático que siguen manteniendo un sector público fuerte y con garantías (quiero dejar bien claro esto porque, en líneas generales, la gente es tan manipulable y tiene tan poca memoria que si un neoliberal dice que eso es comunismo, incomprensiblemente muchos se lo llegarán a creer).

Y bueno, somos tan, pero que tan generosos, que al menos por lo que parece hasta estamos empezando a regalar algo fundamental en cualquier democracia que se precie, es decir, la separación de poderes. Y es que viendo, por poner un simple ejemplo, lo que está sucediendo en Cataluña… Por cierto, he puesto puntos suspensivos porque antes de explicar lo que está sucediendo allí, recordaré por enésima vez que no soy independentista (he explicado muchas veces el porqué no lo soy, pero si algún lector todavía no sabe mis motivos puede leer mis artículos publicados en esta misma revista titulados ¿Qué patria es la tuya? o Que levante la mano quien realmente no sea nacionalista). Y bueno, he hecho esta aclaración porque, de no haberla hecho, sé a ciencia cierta que muchos ya no seguirán leyendo el artículo tan solo por el hecho de denunciar algo que le están haciendo al pueblo catalán (algo que denunciaría igualmente si se lo estuvieran haciendo al pueblo gallego, al asturiano, al madrileño o al andaluz, ya que como verán no hablaré de independencia, sino de democracia y de derechos sociales). ¡Ah!, y añadir que parece mentira que a estas alturas del siglo XXI me tenga que justificar continuamente al hablar de este tema diciendo que no soy independentista solo por el hecho de decir algo a favor de los catalanes. Pero en fin, desgraciadamente, así son las cosas últimamente en este país.

Y es que acusar a determinadas personas de los delitos de sedición y rebelión supone, por lo que he oído a eminentes juristas, una verdadera barbaridad (como parece ser que también opinan de esa forma algunos estamentos judiciales en Europa, de ahí la retirada de la famosa “euroorden”, supongo). Pero lo más curioso del caso es que para acusar a determinadas personas en nuestro país de estos delitos se basan, al menos eso he leído en diversos medios de comunicación, en que resistirse a una orden judicial es sedición y que rebelión se puede aplicar porque se considera que el destrozo de dos coches policiales por parte de unos cuantos descerebrados es suficiente violencia para aplicar ese gravísimo delito que supone la rebelión. Pero lo más curioso del caso es que muchos consideran, yo lo he oído varias veces, que no pasa nada porque al fin y al cabo se lo están aplicando a unos cuantos catalanes que, sin duda, se lo merecen. Ahora bien, lo que mucha de esa gente no ha pensado es que, tarde o temprano, el “problema catalán” pasará a un segundo plano, pero, para entonces, quizá a algún juez se le ocurra que resistirse a una orden judicial como es el caso de un desahucio, significa sedición. Y quizá otro juez pueda interpretar que, si en una manifestación pacífica al final se producen hechos violentos por parte de unos cuantos descerebrados, esa violencia se puede considerar rebelión y llevar a la cárcel a los organizadores de dicha manifestación (y quizá también, quién sabe puesto que como están diciendo ahora la justicia es interpretable, a alguna de la gente que lo único que ha hecho es manifestarse pacíficamente en esa manifestación que finalmente se ha considerado que es rebelión).

No hace mucho, al salir la famosa ley mordaza, un eminente filósofo dijo que según esta ley se podría llegar a interpretar como un grave delito una huelga que afectara a los pilares de la economía (¿una huelga en turismo o en una industria energética, por ejemplo, ya que son pilares básicos de nuestra economía?). Sí, a muchos todas esas medidas que se están tomando en Cataluña parece que no les importan en absoluto porque piensan que eso solo atañe a los catalanes, y por lo tanto, les tiene sin cuidado (hasta he llegado a oír que se merecen todo lo que les hagan). Creen que no va con ellos, pero supongo que tarde o temprano descubrirán, desgraciadamente, que a ellos sí les afecta directamente, ya que por lo que tengo entendido, las sentencias de los tribunales pueden crear jurisprudencia. Pero para entonces el problema será que estas leyes se aplicarán sin hacer ruido, ya que si bien lo que está sucediendo en Cataluña está teniendo una gran resonancia a nivel internacional, dentro de un tiempo un problema interno como un desahucio, una manifestación puntual o una determinada huelga no solo es que no tendrá resonancia internacional, sino que a nivel nacional tampoco habrá, muy probablemente, ninguna gran difusión mediática (ya saben quién domina los grandes medios de comunicación). En efecto, para entonces habrá quien podrá decir aquello que decía más o menos así: “Vinieron a por los judíos pero yo, como no lo era, no hice nada; después vinieron por los comunistas pero yo, como tampoco lo era, miré hacia otro lado; más tarde vinieron a por los sindicalistas pero yo no protesté puesto que nunca tuve el carnet de ningún sindicato; y cuando vinieron a por mí, ya no quedaba nadie que pudiera protestar” (por cierto, al menos por lo que he oído últimamente tanto Amnistía Internacional como Jueces para la democracia ya están empezando a alzar la voz, ya que incomprensiblemente habían permanecido bastante callados hasta hace bien poco; les ha costado reaccionar pero, aunque tarde, al menos ya lo han hecho; y es que supongo que están viendo lo que se nos viene encima).

Así es, según parece, lo hemos estado regalando todo o casi todo, hasta la justicia. Y si bien en lo primero que he dicho al empezar este artículo (lo de los trasplantes, la igualdad de sexos, etc.) nos relanza como sociedad, en lo que se refiere al tema económico nos hemos convertido en unos ingenuos o, lo que es peor, en unos estúpidos al no distinguir como sociedad lo que nos conviene no solo a nivel de comunidad, sino también a nivel personal. Porque recordemos que este sistema económico neoliberal (que lo privatiza casi todo y en cierto modo criminaliza lo público, es decir, lo que nos pertenece a todos) cada vez hace más ricos a los más pudientes y más pobres a todos los demás (incluida esa “supuesta” clase media que cree que ella está en un punto intermedio y que nunca le pasará nada: ya saben, aquello de yo no soy judío, ni comunista, ni sindicalista…).

Y bueno, en lo que respecta a la justicia y, por tanto, a la democracia, recordemos que la conocida organización  The Economist Intelligence Unit ha dicho sobre nuestra democracia que está a punto de pasar de una democracia plena a una democracia imperfecta o defectuosa. En su último informe destacaba como muy preocupantes las cargas policiales del 1 de octubre y la represión de ciertos políticos catalanes. La directora de dicho organismo en Europa, Joan Hoey, ha dicho que el “legalismo exacerbado por responder a lo que es esencialmente un problema democrático y una votación democrática no es la marca de un Gobierno que valora la democracia y quiere expandirla”. Añade también que, “actualmente, en una democracia moderna, ver cargos electos procesados por causas que parecen como mínimo arcaicas no ayuda a España a ser considerada una democracia plena, de las que hay solo 19 en el mundo”. ¡Ah!, por cierto, justo antes de este último informe, en el Foro Económico de Davos el mismísimo rey mencionó esta organización puesto que antes de estos hechos se consideraba a la democracia española como un régimen con muchas garantías (“título” que de momento todavía conserva pero que, tal como he indicado anteriormente, puede perder si continúan por el camino que últimamente algunos han emprendido).

En fin, pues veremos cómo se van desarrollando las cosas pero me temo que, desgraciadamente, no creo que las  mejoren en ese sentido puesto que una cosa es lo que hacen los políticos y otra lo que es capaz de consentirles la población. Y por lo que parece, la población va a seguir siendo así de “generosa”, tanto en el aspecto de la justicia como en el de la economía. ¡Ojalá me equivoque!

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