Número 98, Opinión, Sergio Rodríguez
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Elitistas de la cultura

Por Sergio Rodríguez. Viernes, 4 de mayo de 2018

Sergio Rodríguez

Si dices que no te gusta un santón de la cultura estás perdido. Si te gusta, no hay problema: “Me encanta, fascinante, qué bueno, genial…” Y ya está. Pero si no te gusta, el proceso es insufrible, y más con el paso de los años. Te someten a un juicio sumarísimo en el que tienes que explicar POR QUÉ no te gusta. Adquieres automáticamente la condición de bicho raro. Y te conviertes efectivamente en bicho por la coraza contra las puyas que tienes que ir desplegando cual artrópodo kafkiano momentáneo. Llevo toda la vida así. Por ejemplo, no me gustan ni el flamenco, ni los toros ni las alcachofas. Y excepto las alcachofas, que no es nada conflictivo al compartir el desagrado con las papilas de muchos (bueno, quizá las del gremio productor de la plantita no), en el resto de campos me asaetean, acribillan y fusilan cual San Sebastián atravesado (y digo Sebastian por ser el más clavado después del Maestro, y por haber nacido en el día del santo, en estos días que los santorales están en boga). Joder, si yo soy muy tolerante: no pretendo que le guste a todo el mundo la muiñeira, la gaita gallega o el marisco. Dejadme en paz, por favor.

El epíteto “bonito”, esencialmente rajoyniano. No quiero ni imaginármelo escribiendo poesía. Igual ganaría unos juegos florales en algún ayuntamiento del PP.

Derogación de la reforma laboral del PP y del PSOE. Cada vez se escucha menos…

Dicen en el telediario que hoy es el Día del Jazz. Y dice la de turno que el jazz necesita visibilidad. Claro, mujer, los músicos de jazz siempre tocando en tugurios mal iluminados, di que sí. Yo creo que necesita, más bien, de oídos finos. En fin, aún llego a tiempo de presumir de visibilidad y de oído fino. Y de poner otra vez las fotos de Chick Corea y Al Di Meola. Play It again.

Al ser preguntado el exquisito experto en vinos por la diferencia abismal, a favor del avaricioso hostelero, entre el precio de una botella en el supermercado y la misma botella en un restaurante, el exquisito habla de “margen de descorche”. Tócate los tapones.

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