Editoriales, Número 98
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La dacha de Pablo e Irene o cómo un revolucionario se convierte en burgués

Foto: Efe. Domingo, 20 de mayo de 2018

   Editorial

Ahora resulta que a la pareja Iglesias/Montero le ha dado por vivir como los nuevos ricos. La izquierda de este país no tiene arreglo. Cinco años dándonos la brasa sobre la casta decadente, los vicios de los instalados y la avaricia de los políticos del bipartidismo para terminar como ellos. Por lo visto, al final el asalto a los cielos, aquella maravillosa utopía, se reducía a un paraíso mucho más prosaico y terrenal: un chaletorro de 600.000 euros en la sierra madrileña, un estanque dorado con nenúfares y unas plácidas noches de verano en la tumbona, bajo el porche, entre gin tonics y efluvios de azahar. Al menos ya sabemos qué clase de comunismo venía a ofrecernos el mesías de la coleta. El mismo comunismo de boquilla para burgueses de siempre, un comunismo para millonarios, un comunismo de clase alta que repudia vivir entre obreros porque son poca cosa y además huelen mal. La carne es débil y un comunista es alguien que no tuvo suerte en la vida pero qué demonios, que levante la mano aquel que ganando el pastizal que ganan Pablo e Irene no se compraría ese mismo chalé versallesco y a tomar viento el viejo manual de Marx. Lo que le ha pasado a la sagrada familia podemita, su caída en la tentación del dinero, su casita de muñecas carísima, es lo mismo que le viene sucediendo a todos los revolucionarios, generación tras generación, desde que los asirios inventaron el dinero. A fin de cuentas la revolución no es más que el instrumento necesario para quitar al rico que estorba y poner a otro rico en su lugar. Venderse a los placeres de Capua es humano. Pasó con los jerarcas soviéticos que terminaron como banqueros del rublo, pasó con los Castro –la saga ilustre de magnates cubanos– y ha pasado con Felipe González, ese patrón de yate de lujo con la piel tostada por el sol lujoso del Caribe y las gafas de sol de tirano sudaca. A Iglesias no se le conoce yate de momento, pero todo se andará. La dialéctica materialista de la izquierda española parece que siempre conduce al mismo lugar: a la VISA oro. Nos preguntamos qué será lo siguiente: ¿cambiar la ropa apolillada de Alcampo por la de Hugo Boss, llevar el Corsa anticuado al desguace y sustituirlo por el Mercedes estándar de la patronal, comer con Inda en Casa Lucio, invertir los ahorrillos de diputado en una empresa del Íbex 35? Una vez que se prueba el caviar no se puede parar y el jamón de York Campofrío ya no sabe a nada. Una vez que se pisa una dacha con garaje y piscina, el piso de protección oficial en el Ensanche de Vallekas se queda pequeño y destila un tufo odioso e insoportable a humedad y a sudor de perdedor. El diablo capitalista acecha en cada esquina pero un líder verdaderamente de izquierdas no debería vivir como un millonario por coherencia política, por respeto a los parias de la famélica legión que le votan cada cuatro años y porque detrás de toda gran fortuna siempre se esconde un gran crimen, como avisó Balzac.

Vivimos tiempos líquidos de ideales frágiles, pasajeros, evanescentes. Las convicciones políticas duran lo que dura un tuit y los discursos se modulan en función del pragmatismo del momento. No hay dogmas inmutables ni verdades universales. Hoy uno puede acostarse como un anticapitalista peligroso y levantarse al día siguiente en una suite envuelta en aroma Dom Pérignon. Nada es para siempre. Que se lo pregunten si no a Jorge Verstrynge, que pasó de fascista redentor a estalinista de puño en alto sin que nadie lo notara. No es cuestión de exigir a Pablo y a Irene que se vayan a vivir a una chabola destartalada como Pepe Mujica para demostrar que son gentes de izquierda. Mujica es un santón del socialismo de los que ya no quedan y son muy pocos los que están dispuestos a seguir su ejemplo. Pero, ¿no hubiera sido más ético y estético buscarse un pisito modesto, un nidito de amor bohemio y proleta en Lavapiés para una pareja activista y sus dos retoños? ¿Qué necesidad había de esos dos mil metros de parcela, en propiedad privada, como los peores terratenientes? No hay nada malo en querer vivir como un rico, solo que si no vives como piensas, acabarás pensando como vives, ya lo dijo Gandhi. Los foros de Podemos están que arden con la dacha de Iglesias/Montero. Unos defienden a la pareja a capa y espada, como esos abducidos de las sectas destructivas que justifican cualquier cosa que haga el amado líder. Otros como Kichi se rasgan las vestiduras con la polémica mudanza: “No quiero dejar de vivir en un piso de currante”, ha sentenciado el alcalde de Cádiz (un tipo íntegro, no llegará a nada). La pareja anuncia una consulta asamblearia para que sean las bases del partido las que decidan si los Iglesias deben dimitir por haber caído en la tentación de la riqueza. La pregunta del millón podría ser algo parecido a esto: ¿Acaso os jode que vivamos como marqueses?

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