El Koko Parrilla, Humor Gráfico, L'Avi, Número 98
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De Zaplana a Camps: un viaje al corazón de las tinieblas valencianas

Viñeta: L’Avi / El Koko Parrilla. Miércoles, 23 de mayo de 2018

   Editorial

Fue el hombre de Aznar en Levante, el aparejador de una tierra mítica de cartón piedra que se ha desmoronado con el tiempo, el playboy de Benidorm que diseñó la Valencia de los huevos de oro al son de Julio Iglesias. El ideólogo del saqueo, en fin. Aunque parezca un personaje del pasado, no hace tanto que se paseaba altanero y ufano por los pasillos de la Generalitat, la guayabera remangada y el bronceado siempre impecable, como el gran señorito de la Albufera que era. Llegó al poder gracias al oscuro ‘pacto del pollo’, todavía no aclarado, con los folclóricos regionalistas de Unión Valenciana. Ya en la poltrona soñó que Valencia sería una pequeña California europea para uso y disfrute de jubilados alemanes y cuatro empresarios amigachos del PP. Quiso hacer de su tierra un gigantesco parque temático. Su programa político fue, básicamente, el pelotazo tonto y rápido: un Palau de la Música que se llenaba de goteras aquí, una Terra Mítica ruinosa o una Ciudad de la Ciencia del Sobrecoste allá, un Puente de Calatrava que se caía a trozos acullá. Todo lo que tocaba se fundía en negro; todo lo que proyectaba terminaba en el juzgado. Pero siempre pagaban otros por él. Fue el cerebro intelectual del capitalismo de amiguetes. Zaplana el morenazo fresco y desahogado, Zaplana el ministro de Trabajo que no trabajaba, Zaplana el Houdini que entraba y salía de las puertas giratorias, mayormente de Telefónica, donde se levantó un pico de todos los españoles. Nunca un experto en nada llegó a acaparar tanto poder. Tenía varios másteres especializados: el de vendedor de humos, el de crupier avezado en castillos de naipes, el de buscador de tesoros entre naranjales esquilmados y playas contaminadas. Lo vendió todo a la empresa privada. No dejó nada sano. Y todavía lo estamos pagando.

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Pacocamps, el traje usado del PP, ha pasado esta mañana por el juzgado para contarle algunas cosillas a la jueza sobre la Fórmula I y sus juergas con Bernie Ecclestone. Cosillas como por qué los autos locos que en principio no iban a costar “ni un euro” sangraron las arcas públicas valencianas con casi 300 millones de euros. Cosillas como por qué aquella zona del puerto, una de las más hermosas de la ciudad, ha quedado hoy reducida a un solar lleno de escombros, contenedores, basuras y trastos viejos. Cosillas, en fin, como por qué él, siendo el honorable president, echó el combustible a los Ferraris corruptos de Bernie y a un evento que solo sirvió para que su modelo de capitalismo de amiguetes enriqueciera a unos pocos. Camps es ese Señor X de la Valencia del pelotazo y la Gurtel que se fue de rositas en el último momento cuando muchos de su equipo se iban de vacaciones forzosas a Picassent, Estremera, Soto del Real y otros balnearios penitenciarios. Camps ha sido un gobernante polifacético en el desastre: el arquitecto de los monumentos de cartón piedra marca Calatrava y de los barracones donde los escolares se abrasaban en verano y se congelaban en invierno; el farmacéutico que dejó las boticas en la ruina y sin medicamentos; el cirujano que vendió los hospitales a la empresa privada; el cerebro intelectual de la decadencia cultural de toda una región; el amiguito del alma de la camorra bigotuda valenciana. Después de Camps, Valencia, antes ciudad de las flores, de la luz y del color, quedó reducida a la categoría de jardín putrefacto y maloliente, a un agujero fiscal oscuro y lleno de ratas y a una foto en blanco y negro retrofranquista con las melodías casposas de Julio Iglesias como nostálgica banda sonora. El modelo desarrollista y sesentero de Camps, su plan premeditado de sol y playa, fue un fiasco, una estafa histórica y descomunal, un festín de mezquindades. Él, por supuesto, no pagará nada de esa inmensa paellada de engaños y corruptelas porque en este país no hay Justicia. La factura la abonarán los alegres valencianos, que pasarán décadas costeando de sus bolsillos la frivolidad de tantas carreras y regatas y el atraco por mar de aquellos bucaneros que cada año desembarcaban en el puerto a bordo de sus yates colosales para llevarse un buen botín. Camps quedará como ese iluminado que soñó con convertir Valencia en un Mónaco a la española y acabó haciendo de ella una falla formidable y gigantesca a la que unos pirómanos de los negocios metieron fuego por los cuatros costados. Por cierto, le ha dicho a su señoría que todo es un montaje de esos rojos independentistas que se la tienen jurada. Qué cosas tienes Paquito…

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