Humor Gráfico, Iñaki y Frenchy, Javier Montón, Número 98, Opinión
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De todo menos violencia

Por Javier Montón / Viñeta: Iñaki y Frenchy. Viernes, 4 de mayo de 2018

@jjmonton

Pamplona. Julio. Madrugada. Un grupo de mozos coge de la mano a una muchacha de 18 años, con signos evidentes de haber consumido alcohol, y la introducen en un portal. Pero sin violencia, con mano de seda, incluso con elegancia, como cuando se cede a un anciano el asiento en el autobús. Los seis, los cinco machotes y la joven, se sitúan apiñados en un cubículo de tres metros cuadrados, “recóndito, angosto y con una única salida”. Hombres más fuertes, más altos, más inhumanos que ella situados por delante y por detrás. Pero ¿intimidación?, ninguna. La chica, eso sí, parece que “se sintió impresionada y sin capacidad de reacción” y “sintió angustia al ver el miembro de uno de los acusados acercarse a su mandíbula y a otro por detrás bajándole el tanga”. (Nota aclaratoria: en este contexto, miembro equivale a pene). La muchacha, claro, sintió también agobio, desasosiego y estupor, “manteniendo una actitud de sometimiento y pasividad”. Pero ni rastro de intimidación, mucho menos de violencia. ¿En qué mundo vive usted? Han leído bien: impresionada pero no intimidada, como quien contempla un ‘murillo’ en el Museo del Prado; sin capacidad de reacción, como cuando pisas una piel de plátano y te caes en plena calle; y angustiada pero no intimidada, igual que ha estado cualquiera que se haya presentado a una oposición diez minutos antes de entrar al examen.

En este ambiente de “jolgorio y regocijo” tan recomendable, tan constructivo, tan de fiesta mayor, la muchacha (adulta según su DNI, una niña a ojos de sus padres) fue reiteradamente penetrada, por la vagina, por el ano y por la boca. Todas estas tropelías fueron también grabadas y los vídeos, compartidos por el móvil entre un grupo de cabestros que se hacen llamar la Manada y que, por lo que se sabe, han cogido afición a salir en grupo de cacería pero sin escopeta, igual que hay amigos que acuden al cine o hacen senderismo. Para gustos, colores.

Si se tratase de un guion de cine porno no sería creíble; siendo una sentencia, el relato -los entrecomillados pertenecen a la redacción de la sentencia- produce estupor, indignación e indefensión. Y la rabia infinita de comprobar que el Poder Judicial, precisamente el que tiene la obligación de defender a los ciudadanos, camina tantas veces con el paso cambiado y a décadas de distancia del siglo XXI.

La sentencia de la Manada se convierte en un claro aviso que viene a poner un precio de rebajas a la violación en grupo: nueve años y 10.000 euros por cabeza. Porque, lástima, no hubo agresiones, empujones ni desgarros, es decir, “fuerza eficaz y suficiente para vencer la voluntad”. Vencer la voluntad. Qué prosaica y ampulosa la retórica procesal para referirse a hacer lo que a uno le viene en gana. No es necesario vestir toga ni saber de leyes para tener claro que la voluntad de la víctima estaba doblegada desde el momento en que la cogieron de la muñeca, la metieron en el portal y la rodearon cinco personas que la intimidaron.

Si la víctima buscaba un castigo más acorde con la gravedad de un delito tan ignominioso y repudiable, tendría que haber optado por negarse y defenderse. A su condición de víctima añadiría entonces con probabilidad la de mártir y se levantaría una estatua en su memoria a cuya inauguración no faltaría el ministro de Justicia de turno. El actual, el infame Rafael Catalá, ha aprovechado el viento a favor de la movilización popular para aferrarse a la bandera del populismo y la imprudencia. Indignarse y hacerse el digno, hacer como que acusaba pero sin aclarar su acusación, esto es, sin llegar a acusar del todo, solo un poquito, no sea cosa que. Lo más que alcanzó a decir fue que Ricardo González, el magistrado discrepante autor de los entrecomillados, sufría “algún problema singular”. Pero es que eso, señor ministro, le puede pasar a cualquiera. Fíjese usted bien. El manual de la demagogia lo tiene tan sobado el señor Catalá que se le ve venir de lejos, tanto si circula en solitario como si lo hace formando parte de esa otra caterva que las mañanas de los viernes se constituye en Consejo de Ministros. Catalá no se ha pronunciado, que se sepa, sobre los otros dos magistrados que formaban el tribunal (un hombre y una mujer) y que, hay que recordarlo, no vieron agresión sexual en la diversión de la Manada, aunque sí abuso.

En esa mesa tan larga y pulida también encuentra acomodo de un tiempo a esta parte Juan Ignacio Zoido, ministro del Interior aunque cueste de creer. El señor Zoido podría muy bien aclarar qué tipo de examen psicológico y psicotécnico, qué suerte de cásting, además de las pruebas físicas y los conocimientos teóricos, el valor y el amor a la patria ha de superar una persona para convertirse en guardia civil. Y quién y cómo se decide que un aspirante de la estirpe de uno de los condenados, de nombre Antonio Manuel Guerrero, sea destinado a la Oficina de Atención a las Víctimas de Violencia de Género. En la práctica totalidad de los casos, el mismo género contra el que atentó el agente en prácticas. Idéntica duda tendría que quedar aclarada de boca de la ministra de Defensa, María Dolores de Cospedal, pero en lugar del guardia civil respecto a Alfonso Jesús Cabezuelo, miembro de la Unidad Militar de Emergencias.

En el voto particular del magistrado González se puede leer: “No aprecio signo ninguno de violencia, fuerza o brusquedad. Tampoco intención de burla, desprecio, humillación, mofa o jactancia de ninguna clase. Sí deshinibición total y explícitos actos sexuales (…) y, ciertamente, menor actividad y expresividad en la denunciante. Son imágenes de sexo explícito sin visos de fuerza, imposición, conminación o violencia”.

Confundir el porno con la realidad. ¿De qué es eso signo?

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IÑAKI Y FRENCHY

@inakiyfrenchy76

 

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