Número 97, Opinión, Rosa Palo
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Zarpazo

Por Rosa Palo. Viernes, 20 de abril de 2018

@Ebaezan

¿Sabe lo que le digo, jefe? Que no. Que no lo voy a hacer. Que me niego. Que paso. Que iba a escribir un artículo abriéndome en canal; uno de esos artículos sentimentaloides que reciben muchos retuits porque se escriben con el corazón en modo Disney, o uno de esos otros que huelen a malditismo, a autocompasión emborrachada de whisky y a ceniceros llenos. Que iba a hacerme la autopsia en directo, a sacarme las entrañas y a contarle a todo el mundo aquello de mira, me falta este trozo de hígado desde lo que me pasó en el 93, y esta cicatriz en la espalda es de la última puñalada que recibí, y este desastre en mi corteza orbifrontal me provoca un llanto incontenible, y esta válvula atascada hace que me sienta infinitamente triste sin que haya razón alguna para ello. Pero no lo voy a hacer. ¿Y sabe por qué, jefe? Porque, después de desahogarte, te arrepientes. Y te arrepientes porque te ves desnuda a merced de los lobos; porque, en el fondo, no toleras que el otro conozca tus miserias, que sepa de tus debilidades, que esté al tanto de tus miedos. Pero, sobre todo, no lo voy a hacer por respeto a los demás. Lo escribe así Manuel Vilas en Ordesa (y sí, jefe, ya sé que estoy tirando de Vilas en dos columnas seguidas, pero una es lo que lee): «El sufrimiento es una mano tendida. Es la amabilidad hacia los otros. Mientras sonreímos, por dentro desfallecemos. Si elegimos sonreír en vez de caernos muertos en medio de la calle es por elegancia, por ternura, por cortesía, por amor a los otros, por respeto a los otros».

Así que, jefe, ya sabe usted que, si lloro mientras me aliso el flequillo, es por puro amor a los otros. Y si me pinto los labios de rojo y me subo a unos tacones, es por pura cortesía. Mire usted a Lady Di: nunca estuvo más guapa que cuando le pusieron los cuernos. En cambio, Chenoa salió a llorar en chándal. La muy pava. Y eso sí que no, jefe. Que tener el corazón a punto de estallar en mil pedazos no es incompatible con estar mona. Que una puede sentir el sabor amargo de la angustia en la boca e ir perfectamente depilada. Que una puede sufrir el zarpazo de la ansiedad otra vez, y salir a la calle hecha un pincel. Y que, como decía Antonio Gamero, «si tienes penas no se las cuentes a los amigos, que les divierta su puta madre«.

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