Antonio J. Gras, Gastronomía
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Tutoriales para el ego

Por Antonio J. Gras. Viernes, 27 de abril de 2018

Gastronomía

El empeño en ser creativos, tanto por parte del mundo cocineril como de otras estrellas del rocanrol de las redes, llena los recuadros de Facebook de litros de nata que se montan y desmontan, de quesos que se hilan al calor de desaprensivos hornos, de platos engendros que tienen más de fiesta del azúcar que de alimentación, no digo saludable, sino sensata y estacional. La cocina que ilustre la soledad del habitante de las redes tiende más a la monstruosidad antidietética que a la agilidad económica de lo cercano. Resulta una máscara que no oculta el desorden en el que vivimos, que nos permite acceder a cualquier producto previo pago y uso de la tarjeta y hacer que viaje en dron o en mochila de esclavizado mensajero para dar vida, momentáneamente, al zombi de la repetición que todos queremos llevar dentro.

He advertido dos grandes constelaciones en este universo que rompe las fronteras o la intimidad de las cocinas silenciosas. La que predica para que el profesional adopte estéticas de salón porcelanista y la que pretende implicar al mayor número de practicantes amateurs, sin hacer acopio de los males del colesterol y sus derivados. Un paralelismo que tiende con demasiada frecuencia puentes confusos en una época empeñada en hacer creer que todo es posible siguiendo cualquier tutorial. ¿Por qué la creatividad no se rige por modelos de educación alemana? Las aspiraciones a ser creadores deberían zanjarse ante la realidad de un modelo que se copia descaradamente y pretende ocultar la carencia de originalidad.

En el mundo profesional allá cada uno con los caminos que tome. Una cosa son las modas, las tendencias, que necesariamente son sustituidas de temporada en temporada, con el caer de los calendarios o de las estaciones, que aquí las velocidades sí importan y se sufre el mismo mal que la genialidad de los grandes creadores, que van demasiado deprisa y no profundizan en los descubrimientos y caminos que incitan, trazan y apenas ponen un paso para cambiar de ruta, sendero, técnica. El mundo, parece, es más maravilloso cuantas más novedades trae consigo. No vale con profundizar y saber hasta dónde nos puede llevar un sistema. Eso es para segundones. Y como hemos premiado al que abre camino, no al que lo perfecciona, quedan la mitad de los descubrimientos mano por mano y la casa sin barrer, sin que nadie se dé cuenta de lo profundo que podrían ser sus visiones novedosas.

Para el campo del amateur, del que gusta cocinar pero no quiere participar en grandes carreras, sino solamente quiere dejar sus recuerdos en el presente a base de vídeos y fotografías que mezcla con selfis, la cocina se ha vuelto algo tan anecdótico como las postales en los años setenta. Yo también estuve allí, yo también puedo hacer esto. Yo también puedo hacer desde un plato oriental a un bizcocho, pasando por una de esas monstruosas tartas que igual representan una cuna que una tumba, eso sí, en colores nada timoratos como para tener que llevar gafas de sol a la hora de tomar la cuchara y el Alka-Seltzer.

La repetición mata lo que de urgente tiene Facebook. Al poder acceder a tal cantidad de información, si no llega a digerirse adecuadamente, nos encontramos con que la misma imagen, la misma receta, la misma óptica y punto de vista con que se toma la foto, es la que genera escuela. Es la que se sucede, es la que queda como camino.

Uno de los males de tanta imagen es lo plano de su sentido. ¿En un momento de la historia donde tanta noticia falsa se fabrica, no ya para desacreditar sino para ser portada y conversación y así confundir lo cotidiano, podremos creernos la bondad de todo aquello que es fotografiado/cocinado para generar deseos en el observador?

Aquellas imágenes en plástico que muestran en sus escaparates algunos restaurantes japoneses, para que el cliente sepa qué es lo que se va a encontrar dentro, son la representación de hacia dónde se dirige la gastroimagen. Una estética sin ética. Un eco afónico, un plasma sin alma que responda.

No nos basta con existir, queremos además que se nos vea, se nos linkee y se valore afirmativamente nuestras aportaciones al mundo. Hemos perdido la gastronomía de la intimidad para convertir nuestros procederes en la ostentación de la vacuidad. La repetición como método, más que de conocimiento de asentamiento en un juego perverso como es Facebook. Donde eres más porque eres más visible, popular y seguido.

Necesitamos tutoriales para ampliar nuestro ego. Mojar en la yema de la repercusión nuestras experiencias. Ya no somos si no valoran nuestras hazañas. Hay quienes no cocinan para alimentar, sino para alimentarse con la visión ajena.

La gastronomía casera como isla de salvación al ser aceptados por el mundo. Una tórrida historia de cuerpos que nunca llegan a tocarse, de alimentos que jamás llegan a ser saboreados.

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Antonio J. Gras

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