Número 96, Opinión, Susana Gisbert
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Sororidad y jodoridad

Por Susana Gisbert / Ilustración: Solylaisse. Viernes, 6 de abril de 2018

Susana Gisbert

No me queda otro remedio que empezar estas líneas por pedir disculpas, y de manera doble. En primer lugar, por permitirme la licencia de jugar con un concepto tan hermoso como la sororidad para tratar de expresar lo contrario, y en segundo, por tomarlo prestado a una buena amiga cuyas lamentaciones me dieron pie a estas reflexiones. Espero que el texto o, al menos, mi intención al escribirlo, sea suficiente para absolverme de estos delitos.

Como sabemos, la sororidad es un término acuñado por Marcela Lagarde y que puede definirse como la relación de hermandad y solidaridad entre las mujeres para crear redes de apoyo que empujen a cambios sociales hasta conseguir la igualdad. Todas hemos sentido en nuestras carnes, por fortuna, esta sensación de pertenecer a una red, de estar unidas por un hilo invisible que nos ayuda a navegar en la dirección correcta. Una buena muestra de ello fue lo que sucedió el pasado 8 de marzo, cuando miles de mujeres –y también de hombres– salieron a las calles para reivindicar un espacio que es nuestro por derecho propio.

Pero, como diría mi madre, la alegría dura poco en la casa del pobre, y no más habían pasado unos días para que este enorme lazo empezara a mostrarnos algunos nudos. Unos nudos que pueden deshacerse pero que dificultan el camino a la igualdad. Y esos nudos, a veces, los hacen las propias mujeres, y con una habilidad enorme.

Porque, aunque haya quien se resista a creerlo –o a quien le interese no hacerlo– ni todo lo que hacen las mujeres es feminista, ni todo lo que hacen los hombres es machista. Así, tal como suena. Por eso no cuelan declaraciones como las que hemos oído en los últimos tiempos de que por cuestionar a una política por algo que, presuntamente, hizo mal, se está siendo machista. Búsquense otro argumento.

Como decía, mi amiga se quejaba amargamente de que en su profesión –una profesión a la que durante mucho tiempo las mujeres tuvimos legalmente vedado el acceso– se lo están poniendo más difícil sus compañeras que sus compañeros, que está recibiendo zancadillas con tacones que en nada se esperaba. Ella misma me preguntaba que dónde está la tan traída y llevada sororidad. Y yo, como me gustan los líos, me propuse contestarle. Y eso es lo que trato de hacer.

La verdad es que lo primero que tendríamos que hacer mi amiga y yo es soltar el lirio de la mano y bajarnos del guindo, para asumir que, por desgracia, no es oro todo lo que reluce. Y que aunque lo esperemos, no todas las mujeres tienen asumida la existencia de esa red de solidaridad femenina. Y que, precisamente, lo que hacen no es subrayar su feminidad, ni su valía, sino adoptar comportamientos y roles masculinos.

¿Que por qué digo esto? Recordemos, por ejemplo, una frase que he oído de boca de más mujeres de las que quisiera. Esa que hace referencia a que no necesitamos las cuotas, que queremos que nos valoren por nuestros méritos, y no que nos asignen una cuota por el hecho de ser mujeres. He de puntualizar que jamás oí decir semejante cosa a una mujer en el paro, a una mujer agobiada por tener que cuidar sola a sus padres ni a sus criaturas ni a una mujer cuyo magro sueldo no le diera para llegar ni a mitad de mes. Tampoco lo escuché de labios de mujeres a las que un embarazo inoportuno les costó el puesto de trabajo o la posibilidad de ascender. Siempre lo escuché de mujeres con un salario y un puesto de trabajo estupendo, como si temieran que fuera a venir alguien a quitarles el sitio.

Solo exigimos la mitad que nos corresponde del mundo, aquí y ahora.

Y es que parecemos olvidar un detalle. Esto de las cuotas no es una cosa nueva, desde luego. Las ha habido siempre. Por ejemplo, las cuotas para entrar en la carrera judicial o fiscal, en la policía o en el ejército, estaban establecidas por ley hasta bien entrado el siglo XX. Y no eran ni más ni menos que un cien por cien de hombres y un cero por ciento de mujeres. Y antes también había una cuota parecida para entrar a la Universidad, y para acceder a casi todas partes. Incluso la tradición impedía a las mujeres acceder a derechos como pescar en determinadas zonas, aunque les correspondieran por herencia, como les ocurrió a las mujeres en El Palmar, en Valencia, donde, pese a su victoria en los tribunales, todavía chocan con la incomprensión. Y aún no he oído a ningún hombre decir que quería que apreciaran sus méritos y no el hecho de ser hombre.

Si tuviéramos que recuperar en porcentajes todo el tiempo de cuota masculina en puestos de poder, en los estudios, en el hogar y en cualquier otro ámbito, les aseguro que las cuenta saldrían muy a nuestro favor. Pero no exigimos eso. Solo exigimos la mitad que nos corresponde del mundo, aquí y ahora. Y eso, que tan sencillo resulta de comprender, es doloroso que haya mujeres que no lo entiendan. Y se esfuercen en destejer los hilos que con tanto esfuerzo vamos tejiendo otras.

Supongo que no habré convencido a ninguna de ellas. Pero si alguna de las que han practicado la jodoridad a que se refería mi amiga se han parado a pensar, habré conseguido mi objetivo. Y si no, al menos, lo habré intentado. Y ahí pienso seguir. ¿Quién me acompaña?

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