Número 97, Opinión, Óscar González
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Sentido de la oportunidad

Por Óscar González / Foto: Efe. Viernes, 20 de abril de 2018

@Morgoski

Pues nada, que lo han vuelto a hacer. Uno podría pensar que a estas alturas de la película, camino de cinco añitos ya de “cambio” e “ilusión” (esta última representada en una gráfica con pendiente cada vez más negativa), habríamos aprendido que hay una diferencia entre ser transparente y ser gilipollas, pero se ve que no. Aquella “ventana de oportunidad” es hoy un ojo de buey empañado por los restos de la mierda que unos y otros se han empeñado en lanzarse a la mínima oportunidad para después, desangrados, volverse cada uno a su rincón gritando “fraternidad” y empezar a preparar la siguiente intriga. El efecto Vistalegre II.

Hay en Podemos un no poco de cainismo y una colección de pruebas cada vez mayor de que la brillantez teórica y académica no necesariamente van acompañadas de buen desempeño práctico. El partido se ha (nos hemos) convertido en todo un referente a la hora de decir una cosa y hacer su contraria, tal vez sólo superado por su nulo sentido de la oportunidad.

Buena prueba de ello ha sido la gestión del asunto de Cristina Cifuentes en Madrid, donde tras el bombazo inicial y con una de las baronesas del Partido Popular haciendo aguas por debajo de la línea de flotación, raudos llegaron Iglesias y Errejón a hacerse notar. Hacerse notar “mal”, sí, pero hacerse notar. Que de eso va la política, según parece.

En un momento en que la organización tendría que haber cerrado filas y lanzarse a capturar la figura (tal vez no reina, pero sin duda alfil o caballo), Pablo e Íñigo, Íñigo y Pablo, como los payasos de Balada Triste de Trompeta o los protagonistas de esa Riña goyesca, empezaron de nuevo a sacudirse mamporros. Porque todos queremos cambio, pero a nuestra manera, así que empezamos a hacer el ridículo escenificando otra bronca interna ante una opinión pública que está cansada ya de teatrillos e intrigas de salón.

Mientras unos querían atar en corto la candidatura de Errejón a presidir la Comunidad de Madrid mediante un sistema de primarias que separe proyecto y candidato, otros veían la oportunidad de ir amortizando a un Iglesias cuya popularidad no ha hecho más que caer desde que la fiebre de Podemos se quedó en poco más que una calentura.

Hay suficiente material para dar collejas a ambos. De hecho, un doctorando en psicología tendría un material fascinante con el que trabajar: el egocentrismo de Iglesias traducido en un afán de controlarlo todo y la ambición y necesidad de autoafirmación de un Errejón que no asume bien la retaguardia y se ha lanzado a moverle la silla en el peor momento posible para jugar a las casas de Poniente.

Y en medio de este despropósito, una militancia, bunkerizada entre los que quieren más a mamá y los que prefieren a papá, los ejércitos que pelean las Guerras Frías de sus líderes. También un ruido mediático inagotable, ensordecedor, exacerbado por una prensa entregada al sensacionalismo, pero no por ello menos real y palpable. La filtración este pasado miércoles de ese documento interno con el presunto plan para descabalgar al líder es buen ejemplo de ello.

Así estamos. En los próximos días, seguro, veremos alguna escenificación grandilocuente, quizá con todos los implicados compartiendo palestra y gritando unidad. Y volveremos a decirnos que es normal, que somos diferentes a los demás, que no ocultamos nuestros debates y somos transparentes y distintos y eso la gente sabe valorarlo. Después, al apagarse las cámaras, volverán las puñaladas y nos diremos que esto pasa en todas partes, que es lo natural, que nuestro problema no es de madurez política, sino que creemos mucho en lo que hacemos.

Cuando allá por el año 2008 cayó en mis manos la saga de Canción de Hielo y Fuego (Juego de Tronos), me resultó fascinante todo, salvo una cosa: parecía bastante estúpido que ante una amenaza letal como la de los Caminantes Blancos, las diferentes casas se dedicasen a pelearse entre ellas por sus mierdas y no hiciesen frente unitario contra el enemigo común. Sino por otra cosa, por mera supervivencia.

Se ve que no.

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