Aitana Castaño, Artsenal, Humor Gráfico, Número 97, Opinión
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Se llama dignidad

Por Aitana Castaño / Viñeta: Artsenal. Viernes, 20 de abril de 2018

@Sairutsa

A este paso, como muy tarde el jueves, estamos todos pidiéndole perdón a Cifuentes por lo que le hemos hecho como sociedad. Que somos lo puto peor.

Y Cifuentes con lo de máster, ¿no querrá decir que se sacó la MasterCard? Mirad que los pijinos son muy de diminutivos. Teoría que lanzo al aire.

–Apruébame por ese hijo que ha salido de tus entrañas, por favor. Te juro por mi vida que voy a ser digna de ese aprobado el resto de mis días. ¡Apruébame o me mato…! Y así fue como me saqué el Bachillerato, muchachada. Llorándole a la profesora sustituta de Matemáticas de tercero de BUP. Sin necesidad de poner en bretes a instituciones enteras. Sin necesidad de romper España. Rediós.

Se escribe: «Un grupo de encapuchados entran en un bar y la emprenden a golpes con los clientes». Pero se lee : «Unos neonazis vinculados al grupo de ultra boys del Sporting de Gijón irrumpen en una fiesta del equipo del Ceares y causan varios heridos con barras de hierro y martillos». Que quede claro.

–Oye, Aitanina, si Puigdemont es Tejero y los del CDR son ETA. ¿Quién es Franco?

–¿Ein? ¿Perdón?

–Antes andabas más espabilada –me guiña un ojo y se pira.

Dos atardeceres sin lluvia seguidos, ¿se puede considerar sequía? Pregunto.

*****

EL GUARDIÁN DE LAS OPORTUNIDADES

El inspector llamó a los representantes de los alumnos. Y, cómo no, por ahí andaba yo. Fuimos tras él hasta el despacho del director. Éramos como una docena de chavales. Pronto nos percatamos de que a nuestro lado caminaba un profesor. Nos extrañó que viniera aquel buen hombre porque el inspector había dejado claro que quería hablar con «los alumnos», pero bastante teníamos con morir poco a poco ante la certeza, ya absoluta, de que frente a nosotros estaba el examen de selectividad.

La prueba de acceso a la Universidad todos los años traía a las instalaciones de mi instituto, el IES Jerónimo González de Sama, a alumnado de todos los centros públicos de la cuenca del Nalón y también del único colegio concertado de la zona que por entonces impartía COU.

Como era habitual, los exámenes de selectividad se iban a celebrar en el salón de actos de mi instituto. Pero ese año acababa de reformarse el teatro y no había sitio para todos. Los examinantes no cabíamos en el mismo aula, así que había que separarse en dos grupos. El inspector también era nuevo, así que el hecho le había pillado de sorpresa.

El hombre miraba los papeles que tenía en la mesa como haciendo cuentas. Escribía sumas y restas que no entendíamos. Así que nosotros lo mirábamos a él haciendo nuestras particulares cuentas: Básicamente lo que íbamos a tardar en morir de nervios si noo espabilaba…

–¡Ya está! –levantó la vista y nos señaló–. Los del instituto de Sama, que sois el grupo más grande, y los del instituto de El Entrego, que sois el más pequeño, vais para arriba al Aula Magna. El resto, al salón de actos. ¡Ea! ¡Listo! –respiró de alivio.

–¡Vale! –dijimos todos a la vez y con una premura que también decía «y venga, rapidito, si no quieres morir con lentitud a manos de unos adolescentes de la cuenca».

Ya nos dispersábamos cuando el profesor que estaba agazapado detrás de nosotros dijo:

–No. Esto no va a ser así.

Frenamos en seco. El inspector lo miró por encima de las gafas.

–¿Perdón?

–Mis alumnos van a hacer el examen de selectividad en el Aula Magna, sí o sí. Los demás en el teatro. Me da igual que no quepan. Que busquen sitio. Además, mis alumnos lo van a hacer solos, como lo llevan haciendo toda la vida. Se ponga usted como se ponga. Así que nada de Sama y El Entrego para arriba, que arriba nos vamos nosotros.

El inspector se quitó las gafas.

–¿Perdón? –repitió.

–Lo que me está oyendo. Y si no acepta, nos negamos a hacer la selectividad. Nuestros alumnos llevan muchos años haciendo selectividad en lo que antes era la Capilla y así seguirá siendo.

El inspector nos miró y salió del despacho del director sin decir nada. Cubrió los metros de pasillo con grandes zancadas y cuando llegó a la entrada del instituto, ante el estupor de alumnos, profesores, bedeles y familiares le dijo al director del único colegio concertado de toda la cuenca que impartía COU.

–Aquí tiene la puerta.

Y ya conocía a otros, porque los conocía, pero ese día supe que tenía ante mi a un guardián de la oportunidad más pura que tenemos los humildes de no ser apabullados por el dinero y por los dueños de las aulas magnas: La Educación Pública.

Y por eso me joden tanto los que le hacen daño.

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