Humor Gráfico, Luis Sánchez, Número 97, Opinión, Víctor J. Maicas
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Que levante la mano quien realmente no sea nacionalista

Por Víctor J. Maicas / Viñeta: Luis Sánchez. Viernes, 20 de abril de 2018

Víctor J. Maicas

Para intentar ser lo más objetivo posible acudiré al diccionario para definir y comprender el significado, en primer lugar, de la palabra nación:

Nación es el «conjunto de personas de un mismo origen étnico que comparten vínculos históricos, culturales, religiosos, etc., tienen conciencia de pertenecer a un mismo pueblo o comunidad, y generalmente hablan el mismo idioma y comparten un territorio».

Y ahora, sin más preámbulo, veremos qué dice también el diccionario acerca de la palabra nacionalismo:

Nacionalismo es el “apego especial a la propia nación y a cuanto le pertenece”.

Así pues, y una vez analizadas ambas palabras según lo que nos indica el diccionario de la lengua, podemos entender que «nacionalista» es aquella persona que tiene un especial apego con su propia nación, y que esta consiste en un conjunto de personas que comparten y defienden unos determinados vínculos históricos, culturales, religiosos, lingüísticos y de territorio, entre otras muchas cosas.

En fin, digo todo esto porque no hace mucho «nuestro distinguido» presidente, no Rajoy, sino Jean-Claude Juncker, el presidente de la Comisión Europea, tildó de veneno el nacionalismo. Sí, sí, como se lo digo. El presidente de las 28 naciones que conforman la Unión Europea (porque según tengo entendido tanto España, Francia y Alemania, así como el resto de los 28, se consideran naciones) se refirió a veneno al hablar de nacionalismo. Es decir, que o bien el señor Juncker es un indocumentado, o por el contrario nos está diciendo a la cara y sin tapujos que es el presidente de 28 naciones que destilan veneno por todos sus poros.

Porque como acabo de decir, a día de hoy la Unión Europea está formada por diferentes países que se consideran parte de una determinada nación, y si no que se lo pregunten a los franceses, a los alemanes, a los portugueses, a los polacos o a cualquier otro miembro de los 28, incluida lógicamente España. Todos, repito, todos, sin excepción, defienden, tal y como nos indica el diccionario, unos determinados vínculos históricos, culturales, territoriales y de idioma que los diferencian del resto de países. Es decir, que cada uno de ellos es una nación diferente y se sienten parte de ella. O dicho de otra forma, digan lo que digan, en realidad son nacionalistas, o bien franceses, o bien polacos o bien españoles (y así hasta un total de 28 miembros).

Sí, ya lo sé, evidentemente, las palabras de Juncker, como del resto de nacionalistas que niegan serlo pero que sin duda lo son, tienen trampa, ya que todo aquel que defiende una bandera, un himno y una determinada integridad territorial sabe perfectamente que es nacionalista, dado que de lo contrario no solo sería un estúpido ignorante, sino también un cínico que no sabe distinguir entre su cabeza y sus pies. Sí, son palabras con trampa, pues su intención al pronunciarlas era, a mi entender y al de muchas otras personas, decir que hay nacionalismos buenos y malos. Pero claro, decir simplemente eso, además de ser políticamente incorrecto y poco objetivo, significaría demostrar por qué unos determinados nacionalismos son buenos y otros son malos. Y eso es mucho más complicado de lo que parece, ya que en general todas las naciones, todas, tienen su propio pasado oscuro. ¿O se portaron muy bien los franceses en Argelia y Vietnam? ¿Y los alemanes en ambas guerras mundiales? ¿Y los italianos en Abisinia, la actual Etiopía? ¿Y los españoles en Latinoamérica y en el norte de África? ¿Y los belgas en el Congo? ¿Y los portugueses en Brasil, Angola o Mozambique? ¿Y los británicos en…? Está bien, no sigo, ya que de lo contrario podría llenar páginas y páginas con los crímenes y tropelías que se han cometido a lo largo de la historia en nombre de una patria o una determinada nación.

No, evidentemente no interesa sacar a relucir el nacionalismo de los países que hoy en día ya son un Estado consolidado, de ahí que se trate de engañar y manipular a la población haciéndoles creer que solo son nacionalistas aquellas personas que en la actualidad no tienen Estado propio pero quieren tenerlo. Es más, para mayor manipulación y delirio, este señor llamado Juncker también ha dicho que no quiere una Europa formada por 90 países. Y yo me pregunto, sin ser independentista (tal como dejo claro en mi artículo titulado ¿Qué patria es la tuya?, en el que indico que mi única patria es el mundo y la defensa de los derechos humanos), ¿qué se tiene que tener para, precisamente, tener derecho a formar parte de la Unión Europea como país miembro e independiente? Supongo que a partir de ahora no debe ser lo que indica el diccionario, ya que de lo contrario sí tendrían razón de existir no sé si esos 90 países que indica Juncker, pero al menos sí algunos más de los 28 que en la actualidad forman parte de la Unión. Y supongo que en esos baremos tampoco figurará el del número de habitantes o la extensión de dicha nación, ya que de lo contrario el señor Jean-Claude Juncker, como buen luxemburgués (y por lo tanto buen nacionalista de su diminuta nación), sabría que su país probablemente no tendría derecho a formar parte de los 28 (no sé qué les parecería eso a sus propios conciudadanos, pero me lo imagino).

No, señor Juncker, no nos trate de engañar con comentarios simplistas. Quizá usted tenga un «súper intelecto» por ser el presidente de la Comisión Europea (aunque eso no es una garantía de inteligencia puesto que George W. Bush fue presidente de la nación más poderosa del mundo  y actualmente es Donald Trump), pero le ruego que no nos trate a los demás como a imbéciles, ya que es una ofensa a los ciudadanos que representa (que aunque quizá usted no lo crea, algo de inteligencia todavía tenemos). Y no ofenda tampoco a la ONU, pues como su propio nombre indica, es la Organización de las Naciones Unidas. Sí, sí, naciones, así que imagínese los nacionalistas que allí hay cada día (por cierto, ¿llevará el señor Juncker algún antídoto contra el veneno cuando visite esta organización?).

Pero no nos limitemos solo a hablar de este señor que forma parte de la derecha europea, hablemos también de muchos de esos que se consideran de izquierdas en nuestro país pero que, solo por el hecho de que otros expresan ser independentistas, consideran que partidos como por ejemplo ERC o la CUP no son de izquierdas, sino todo lo contrario. Se escudan para afirmar esto en que la izquierda siempre ha sido internacionalista, y en realidad así es, pero eso no significa que nacionalismo y menos aún independentismo signifique que uno ha de ser obligatoriamente de derechas. De hecho, y como ya he explicado en este artículo, todo ciudadano que se considere perteneciente a una nación es nacionalista, y que yo sepa, tanto en España como en Francia, así como en el resto de países del mundo, hay partidos de izquierda y eso no significa que no se identifiquen con una determinada nación (cualquier partido socialista lleva, además de este apelativo, el nombre de la nación a la que pertenece, de ahí que por ejemplo se celebre la Internacional Socialista, ya que si todos formaran parte de la misma nación, por lógica no tendría sentido la celebración de tal evento de carácter internacional).

Sí, es cierto, la izquierda siempre ha sido internacionalista, pero precisamente para exportar esos derechos sociales conseguidos en su propia nación a otros países. De hecho, eso es lo que quería, por ejemplo, Trotski, cuyo sueño fue exportar la revolución a otros países pero lógicamente comenzó por el suyo y no, por ejemplo, por los EE.UU., el país en donde estuvo exiliado justo antes de volver a Rusia en el año 1917 (también estuvo exiliado en Francia y Austria, entre otros países, y en ninguno de ellos encabezó directamente una revolución).

En este sentido, no niego que a mí, personalmente, me gustaría que desaparecieran las fronteras y se creara un Estado del Bienestar Universal, como supongo que sueñan muchas personas de izquierdas, democráticas e internacionalistas, de ahí que anteriormente haya dicho que no soy independentista, pero eso, por coherencia y sentido común, no me da derecho, porque no es cierto, a decir que si alguien se siente nacionalista o independentista no es de izquierdas. Eso sería como decir que el PCE (Partido Comunista de España) o el PSOE fundado hace más de 100 años por Pablo Iglesias (Partido Socialista Obrero Español) tampoco son de izquierdas por identificarse con una nación en concreto (otra cosa, claro está, es que mucha gente dude que el PSOE actualmente sea realmente de izquierdas, pero eso evidentemente es otra cuestión).

Así es, como buen utópico, o iluso como me denominarán algunos, me gustaría ver algún día un Estado del Bienestar sin fronteras, pero soy consciente que a día de hoy (y probablemente por los siglos de los siglos conociendo el comportamiento humano) eso es una auténtica quimera. Un bello sueño, sí, pero sin duda una quimera.

Por cierto, como he dicho, sí que es verdad que el nacionalismo de izquierdas (sí, repito, nacionalismo de izquierdas) por lo general siempre ha sido internacionalista, es decir, que pretende extender más allá de sus fronteras los derechos sociales conseguidos en su país pero siempre respetando la nacionalidad y características propias de esos otros países (cultura, lengua, tradiciones, etc.). O sea, y para dejarlo claro, que su fin siempre ha sido exportar el Estado del Bienestar a otros países pero jamás imponer un determinado nacionalismo sobre otro. Cosa que por ejemplo algunos nacionalismos de derechas (sí, repito, nacionalismo de derechas) como es el caso de la Alemania nazi de Hitler sí hizo, pues su pretensión no era, precisamente, exportar los derechos sociales a otros países, sino dominarlos y tenerlos bajo su yugo y dominio nacional. Es decir, imperialismo puro y duro (desgraciadamente, no fue solo Hitler el que hizo tal cosa a lo largo de la historia, sino también otros tiranos tanto de un signo político como de otro, como por ejemplo es el caso de la Unión Soviética de Stalin o de determinados y diferentes gobiernos de los EE.UU. que, aun siendo democráticos, durante años han sometido de forma humillante a casi toda Latinoamérica).

Bien, pues después de haber dejado claro, le pese a quien le pese, que en el fondo casi todo el mundo es nacionalista (digo «casi» porque siempre hay excepciones, pero, por lo que acabo de explicar, pocas), ¿serlo es bueno o es malo? Sí, ¿es bueno o es malo ser nacionalista?

En fin, pues al menos bajo mi punto de vista y después de haber analizado a grandes rasgos todo aquello que la historia nos explica, personalmente considero que el nacionalismo, siempre y cuando no sea excluyente, respete los legítimos derechos de las minorías y no tenga ansias imperialistas de someter a otros pueblos y nacionalidades, sin lugar a dudas no es malo, ya que en teoría lo único que debe hacer es defender los derechos humanos del territorio que está bajo su influencia (como debería hacer cualquier gobierno sea del signo político que sea). Y defender los derechos humanos de todos sin excepción, ya sea uno nacionalista, independentista, extraterrestre o simplemente ciudadano del mundo, eso sin lugar a dudas siempre será bueno.

Así que, por favor, ya está bien de tildar de nacionalistas de forma despectiva y malintencionada a «los otros» cuando en realidad los que suelen hacer tal cosa son mucho más nacionalistas que sus opositores (o lo que es peor, unos imperialistas que pretenden imponer su propia nacionalidad a los demás).

Sí, que no nos engañen más, ni Juncker ni los que en definitiva se comportan como él en este tema del nacionalismo, pues en definitiva defender un himno, una bandera y un territorio es, tal como nos indica el diccionario, nacionalismo. Aunque eso sí, llegar a la conclusión de si un nacionalismo en concreto es bueno o malo depende, como he comentado a lo largo del artículo, del grado de empatía que tenga dicho nacionalismo con todo aquello que está a su alrededor. Pero eso es algo que no es exclusivo solo del nacionalismo, sino de todo en la vida. Es decir, encontrar el propio equilibrio y respetar a los demás. Algo en teoría tan fácil de decir pero tan difícil de conseguir, sobre todo en un mundo tan hipócrita como este en el que vivimos.

Y bueno, si me permiten un pequeño consejo, añadir simplemente que la única manera de solucionar un problema tan complejo como este en el que se entremezclan sentimientos, intereses económicos y raíces culturales, es «hablar, hablar y hablar», «escuchar, escuchar y escuchar», y después de eso seguir «hablando, hablando y hablando», y «escuchando, escuchando y escuchando». Por ambas partes, claro está. ¡Ah!, y que conste que esto no se lo digo solo a los políticos, sino a toda la sociedad en general, porque esto, en definitiva, es un problema de todos. Así es, de todos.

Que tengan un buen día.

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Luis Sánchez

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