Aitana Castaño, Número 96, Opinión
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Monaguilla accidental

Por Aitana Castaño / Foto: Efe. Viernes, 6 de abril de 2018

@Sairutsa

Yo fui monaguilla tres años en la iglesia del mi pueblo (fui una pionera en el monaguillazgo femenino, ojo aquí, eh, una especie de sufragista del altar mayor). Eso me sirvió para:

A) Conocer los entresijos de la Iglesia católica y darme cuenta de que hay cosas que bien y cosas que pichipichá (como que la sangre nada, que es mistela y mala).

B) Traficar con hostias consagradas a cinco pesetas la unidad de las pequeñas y 25 pesetas las grandes.

C) Redimirme de todos los pecados para los siguientes 75 años. Porque ser monaguilla cotiza bien en el reino de los cielos. Chupaos esa.

Aprovecho para contar aquí que todavía estoy dentro de los 75 años de redención. Y ahora mis dos momentos estelares en la vida de monaguilla:

1) El Domingo de Ramos, que cuando faltaban dos minnutos para el inicio del partido (misa) y en una pelea nada católica con el otro monaguillo para ver quién era el portador de la jarra del vino (los dos queríamos porque siempre caía un sorbín) se nos cayó al suelo de la sacristía rompiéndose en mil pedazos y obligamos al cura a beber SOLO agua en un acto total y absoluto de sacrilegio.

2) El domingo que además de monaguillar la misa salí a leer una de las lecturas y cuando me tocó decir “Juan y Jacobo hijoz de Zebedeo….” no me vi capaz y dije “Paco”.

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El Ministerio de Defensa, sin duda en uno de esos gestos de modernización del Ejército, ha ordenado izar las banderas españolas a media asta en los cuarteles por la muerte de Cristo. ¿Les contamos lo del domingo o ya que se den cuenta solos?

  1. Spoiler.
  2. Pobres, dejailos vivir en su ignorancia.
  3. Que tiren.
  4. Alguno no se entera.

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Ahora en serio: Ya me hice la prueba de ADN para que me digan cuál es mi herencia genética, qué razas hay distintas en mi historial vital… La tengo que mandar a un instituto de Utah y en un mes me dan los resultados. Como me salga que soy 100% ibérica me hunden. Quiero exotismo. Tener un 1% de indio navajo, un 5% de vietnamita, un 20% de irlandesa. Elevo el porcentaje en esto del irlandismo porque mi abuelo Antonio, alias Sevilla, decía que había una leyenda familiar por medio de la cual los Díaz en realidad veníamos de un affaire de una tatarabuela con un marino de Dublín que recaló en La Franca. Lo de tener genes nórdicos es para preservar las tradiciones familiares.

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–Yo a esquiar…

–Yo a Canarias…

–Yo a Londres con mi madre y su novio ¡puaj!…

–Yo no voy a ningún sitio –respondió Valentina casi a la vez que se despedía de sus compañeros de la escuela con las notas de Semana Santa en la mano. Pero se escuchó a sí misma decir “a ningún sitio” y rectificó.

–Bueno, en realidad sí voy a un sitio. Voy a casa.

La miraron extrañados. ¿A casa? ¿Qué tontería de respuesta era esa? Todos iban a su casa ahora. Y después, de vacaciones a la nieve, a la isla, a la gran ciudad… ¡Qué tontería decir “a casa”! ¡Esta Valentina!

Pero Valentina no leyó los pensamientos de sus amigos ni siquiera vio su cara de extrañeza cuando ella dijo “a casa”. Valentina se limitó a a pensar en Mustafá y Leónidas, los gatos que la abuela les había permitido adoptar el verano pasado. (Como la abuela había, ¡por fin!, aprendido a usar el Whatsapp, le mandaba fotos casi todas las semanas. Habían crecido un montón. ¡Por fin podría tocarlos!) Valentina pensó también en que ojalá el tío Ricardo tuviera una cabritina pequeña a la que dar el biberón. Y pensó que tenía que preguntarle a su madre si sabía si Edurne y su familia vendrían al pueblo estos días. Y pensó en que hacía muchos meses que no se llenaba los zapatos de barro. Y acto seguido pensó en las madreñas que le había comprado su tía en Navidades, que eran igual que las de la Bisa y que aún no había estrenado. Y pensó en la leche caliente, en el bizcocho de la mañana. Y contó los días que en realidad quedaban para el gran desembarco veraniego en el pueblo ¡Uf, eran muchos aún! Y pensó que el abuelo iba a flipar cuando viera todo lo que había mejorado jugando a la escoba, que había estado entrenando para pulirle.

Siguió pensando y sonriendo. Cuando llegó hasta donde estaba su padre levantó el boletín de notas. Él sonrió también.

–Espero que sean tan buenas noticias estas notas como anuncia tu sonrisa.

Valentina tampoco atendió a la cara de satisfacción de su padre al ver el “Notable” en Lengua. Les había costado un triunfo. Entraron los dos en el coche. La pequeña se abrochó el cinturón.

–Muy bien Valentina. Estamos muy orgullosos de ti por estas notas.

No respondió. Tan solo dio señales de vida cinco minutos después de pensamientos, de Mustafás y Leónidas, de madreñas, de escobas, de barro…

–Papá, ¿nos vamos ahora o después de comer?

*Dedicado a Ricardo, un guardián del paraíso que anoche se enfadó mucho por la impotencia que da ver cómo le hacen daño a tu “casa”.

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