Artsenal, Humor Gráfico, Número 97, Opinión, Xavier Latorre
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Los nuevos ricos

Por Xavier Latorre / Viñeta: Artsenal. Viernes, 20 de abril de 2018

Xavier Latorre

Los hay que se venden por un plato de lentejas. Son unos traidores a cuenta de las grandes corporaciones. Hay personas que para parecer más acordes con los tiempos, más actualizados, más distintos al carcamal del bar, traspasan toda su intimidad a la tableta electrónica más cercana. Hay quienes creen que las pizzas están más ricas compradas con un golpe seco de la tarjeta de crédito, y que te las traiga a casa recién hechas en moto un subempleado a ratos con un máster digital en finanzas internacionales sin estrenar. ¡Ilusos! Hay quienes se ufanan de haberse ahorrado medio euro comprando un tornillo en un portal chino que, dicen, les sale mucho más barato que comprarlo en la ferretería de toda la vida. Ese despabilado tipo ha perdido dos miserables horas de su tiempo, ha permanecido de guardia en casa encerrado dos días, se ha intercambiado dos SMS con el de la furgoneta de la logística, pero al buen hombre, mucho ojo, no le han timado en un establecimiento comercial 50 céntimos del ala.

Van listos si piensan que podrán timarle. Seguro que conocen a quien se tira una tarde entera buscando pantalones pitillo por la red, atrapado en cincuenta webs de ofertas textiles, y luego al llegar el paquete le toca envolverlo de nuevo y llevarlo cuanto antes a Correos para que no le penalicen en la devolución. El puto pantalón ya no le entra de tanto comer pizza. Sin embargo, nadie discute que él es un hombre de su tiempo. Al parecer él no puede echar un rato yendo a la tienda de la esquina a ver si tiene los pantalones de siempre, de su talla, que le sentaban de maravilla cuando jugaba al fútbol con los amigos y no a la Play. Él es un pequeño gurú de la globalización a escala casera, es el rey del Internet de su finca.

Muchos listos de pacotilla están suministrando gratuitamente, o a cambio de cincuenta céntimos de mierda, en cada sesión de ordenador, tantos datos al señor Big Data que este se está poniendo las botas, además de revender a otros tus antojos de pizzas barbacoa, tus marcas de ropa predilectas, tus fotos del Camino de Santiago, tus amistades en Facebook (buenos son estos), tus enfermedades, tus ganas de aprender inglés, tus kilos de más y tu filiación política por si en el futuro debes ser captado por algún partido con mucho músculo financiero procedente de sus reservas de tesorería ilegal. Estás hinchando alegremente tu algoritmo de cabecera, mientras dejas sin trabajo a los padres de los amigos de tus hijos, que siguen tentados a largarse de friegaplatos a Oslo, y a tus vecinos mayores expulsados del trabajo estable hoy en paradero desconocido.

Las armas de destrucción matemática van a por ti, que lo sepas, y a por los que son como tú, aunque, inocentemente, se consideren unos linces de las nuevas tecnologías, de las TIC y de la madre que las parió. El experto cazador de ofertas y billetes tirados de avión para ir a ninguna parte, o donde sea más barato, más tirado de precio, o más regalado, ha caído en su propia trampa. Un desaprensivo algoritmo va a hacerle picadillo a la larga.

Un día lo despedirán por sus estrambóticos gustos, sus ideales desfasados, sus improcedentes tuits, por una inoportuna foto o por un simple error estadístico. Ese día pensará que tiene mala suerte, que está gafado. Todo menos reconocer que vendió su alma consumista por unos miserables puntos de mierda para canjear por un gadget estúpido, por un simple número para entrar en un sorteo amañado de un exótico viaje, por la suscripción gratuita a una revista sobre las APP más funcionales del mercado o por un hipotético sueldo tramposo de por vida, si rellena el campo de datos más personal. Ha hecho el primo, sin duda, con reiteración y alevosía. Se creyó Rockfeller, un nuevo rico. Pensaba que el mundo estaba a sus pies, que lo tenía todo al alcance del ratón, en un plis plas en la puerta de su domicilio. El nuevo rico lo ha conseguido, en su escalera es el mayor especialista mundial en redes sociales y compras compulsivas online, pero… ¿para qué le sirve? Seguramente mañana será su propio hijo quien le lleve montado en una escacharrada motocicleta la pizza a su casa y él, tacaño y egoísta, le racaneará hasta la propina.

¡Qué te aproveche, majete!

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