Diego Carcedo, El Petardo, Humor Gráfico, Número 97, Opinión
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La presidencia por un máster

Por Diego Carcedo / Viñeta: El Petardo. Viernes, 20 de abril de 2018

Diego Carcedo

Cristina Cifuentes, la estrella emergente de honradez en medio de la corrupción que asola al Partido Popular, parece tener sus días contados en la presidencia de la Comunidad de Madrid y probablemente también su futuro político. En los últimos meses sus antiguos compañeros, el exconsejero Granados y su antecesor Ignacio González, ambos en prisión condicional, han tratado de implicarla en sus corruptelas millonarias, pero ella se ha sabido defender cual gato panza arriba y salir airosa de unas acusaciones con abundantes tics de vendetta.

Desde que se implicó en la campaña por la Presidencia, Cifuentes hizo alarde de su lucha contra la corrupción, que en Madrid mantiene abiertas tres causas contra el propio PP y sus dirigentes: Gurtel, Púnica y Lezo. También prometió y presumió, hasta que los hechos se lo desmintieron, que la transparencia en la gestión sería la insignia de su mandato. Como prueba de ello fue el cambio que impuso en la televisión autonómica que de altavoz del partido se convirtió en un medio de comunicación respetuoso con la verdad.

Todo fue bien durante tres años. Cifuentes, una mujer simpática y desenvuelva que caía bien a propios y extraños –la única presidenta de una comunidad con que cuenta el PP–, era ante las próximas elecciones la candidata indiscutible a la reelección. Incluso su nombre sonaba con fuerza para sustituir a Mariano Rajoy, cuyo relevo empieza a verse como inevitable en el partido. Pero de pronto, todo se torció cuando eldiario.es sorprendió con la noticia de que el máster sobre Administraciones Públicas que exhibía en su currículum si no era falso estaba precedido de irregularidades.

Ese día empezó el calvario de Cristina Cifuentes. Negó la mayor, mostró el diploma que la acreditaba, anunció querellas, acusó a la oposición de conspirar para derrocarla y reiteradamente afirmó que es inocente de cualquier acusación y que no dimitirá como se le empezó a exigir. Pero, como suele ocurrir estos casos, sus argumentos defensivos se le fueron poniendo en contra. Por más que ella negaba, las pruebas sobre los chanchullos de que se había servido para conseguir el título se iban volviendo abrumadoras y delataban sus contradicciones.

La Universidad Rey Juan Carlos, que le expidió el título, y particularmente su rector, Javier Ramos, salieron en su auxilio. Las pruebas aportadas se fueron invalidando ante las evidencias de que no había asistido a las clases, no había hecho el trabajo de fin de máster, no se había reunido el tribunal que ella aseguraba se lo había juzgado, ni era cierto que previamente hubiese aprobado todas las asignaturas: resultó que una amiga había cambiado informáticamente el “no presentado” en un par de ellas por sendos notables.

Ante la demostración de que dos firmas de los miembros del supuesto tribunal que la había examinado eran falsas, algunos profesores reconocieron el montaje. El máster de la presidenta era el trofeo de un burdo tráfico de influencias. Su situación política es desesperada: la opinión pública reclama su dimisión; la Universidad puso el asunto en manos de la Fiscalía; el PSOE, en la oposición, ha presentado una moción de confianza y Ciudadanos, su apoyo en el Gobierno, reclama una comisión de investigación para ganar tiempo.

Mientras tanto, el escándalo se está cobrando una nueva y preocupante víctima: es el prestigio de una Universidad pública, cuya imagen ya se había visto deteriorada hace un año ante la acusación de plagio de su anterior rector. Al final, que una política pierda el cargo lo arreglarán los votantes, pero que una universidad acredite su falta de seriedad, se vuelve irreparable.

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