Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 97, Opinión
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Feniletilamina

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi. Viernes, 20 de abril de 2018

@lidia_sanchis

Una mujer sin nombre ha muerto asesinada por su marido en su domicilio de Blanes y en presencia de sus hijos, uno de los cuales fue quien llamó a la policía. Otro de los niños, de diez años, resultó herido al tratar de proteger a su madre cuando esta era acuchillada por su padre. Es la octava víctima de la violencia machista en España en lo que llevamos de año. Tampoco de esta mujer recordaré su nombre. Ni siquiera nos lo han dicho.

De otra parte del mundo llegan imágenes de niños afectados por un ataque con gas y, aunque cierro los ojos con fuerza, en esa oscuridad aún distingo pequeños cuerpos convulsionados, córneas abrasadas y espuma saliendo de unas bocas que, quizá minutos antes, habían dado un dulce beso de amor filial. Los muertos se acumulan en las carreteras de Siria, como la mies tendida en la era. Y Trump se arroga el poder de separar el grano de la paja, como si un muerto pudiera diferir en algo de otro muerto. Misión cumplida.

Tendido en un húmedo pozo estuvo el cuerpo del pequeño Gabriel hasta que su presunta asesina fue descubierta trasladándolo oculto en el maletero de su coche. Todavía lloramos su muerte y nos sobrecogemos ante la entereza y la generosidad de su madre. “Que no se extienda la rabia”, pidió. Pero mi corazón se encoge y se retuerce al pensar en el pobre padre. La vida es un parpadeo, y a veces esos ojos que se cierran son tan tiernos como la yema de un frutal.

Mi hija me pregunta si quisiera tener sus años y qué haría si los tuviera. ¿Cómo decirle que ni aun así podría escapar del dolor de vivir? Soy una más que ha perdido una hermana. Todos tienen hermanas. Como todos tienen hijos, que también perderán. Como perderán sus trabajos, y les desahuciarán de sus casas, les envenenarán al perro, se divorciarán, y estarán solos y a oscuras como el niño Gabriel estuvo en el húmedo pozo; como están los niños con espumarajos en la boca de Siria; como están los tres hijos de la mujer boliviana sin nombre. Y aunque uno se crea inmune, y apriete los párpados con fuerza para no ver, esa sombría maldición de la existencia les alcanzará alguna vez. Quizás será la muerte de un amigo; puede que les abandone la mujer que aman; o puede que en su ordenada y respetable existencia no haya ni una chispa de felicidad. Quizá no haya nadie al otro lado de sus pensamientos más íntimos y por eso su soledad sea tan grande. Y tan secreta.

Tan solo el amor nos salva de la vida. Y el olor de la leña verde del naranjo que el agricultor está quemando en su huerto en flor y que llena el aire azulado de penachos de humo blanco que se elevan como una ofrenda. Y el aroma del hervido de patatas y acelgas que sale de una vivienda en la que aún está encendida la chimenea, aunque el calendario diga que ya estamos en primavera. Y la fragancia que desprenden dos niñas a las que recoge su madre de casa de la abuela donde han pasado la tarde haciendo los deberes –perfume de bizcocho y de lápices de colores–. ¿Que qué haría si tuviera ocho años, que son los que tiene mi hija? Comería con ansia coca malfeta que habría horneado mi abuela –harina, huevos, azúcar, ralladura de limón-; le diría a mi madre que la quiero; haría acopio de feniletilamina, dopaína y norepinefrina, sustancias que necesitaré cuando sea adulta. Que sigo buscando ahora como una verdadera adicta para que mi corazón pueda soportar tanta pena en el mundo.

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L'Avi

@AviNinotaire

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