Humor Gráfico, Iñaki y Frenchy, Número 96, Opinión, Víctor J. Maicas
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El miedo a ejercer la libertad de expresión

Por Víctor J. Maicas / Viñeta: Iñaki y Frenchy. Viernes, 6 de abril de 2018

Víctor J. Maicas

A principios de la pasada década, cuando mi hija era una adolescente, recuerdo que tuve una conversación muy seria con ella. No porque hubiese hecho nada malo, sino para advertirla, para prevenirla.

Verán, en aquella época, tanto mi hija como sus amigos y amigas solían ir a una asociación cultural denominada Casal Popular. Era un lugar en el cual además de poder tomarte un refresco o una cerveza con los amigos, se organizaban también eventos de todo tipo: desde conferencias sobre derechos humanos hasta coloquios literarios. Yo concretamente también frecuentaba de vez en cuando aquel lugar, pues además de comentar con los asistentes del club de lectura alguna de mis novelas publicadas, era allí donde los miembros de la asociación pro-derechos humanos Castelló per Palestina nos reuníamos para denunciar y organizar actos por la lamentable situación del pueblo palestino debido a la terrible ocupación israelí. En fin, un lugar en donde además de poder charlar con los amigos, se realizaban actividades culturales de todo tipo y se organizaban conferencias y coloquios para hablar de la memoria histórica, para denunciar la violencia machista, la pobreza, la vulneración de los derechos humanos en el mundo o la mala redistribución de la riqueza por la cual los ricos cada vez son más ricos y el resto de la población más pobre.

¿Pero por qué advertí a mi hija que fuera con cuidado?, se preguntarán algunos. Pues bien, dicha conversación la mantuve un par de semanas antes de las elecciones de marzo del 2004, justo cuando las encuestas daban por seguro un nuevo triunfo por mayoría absoluta del Partido Popular de José María Aznar, aunque en esa ocasión el candidato propuesto era Mariano Rajoy. Como muchos recordarán, Aznar llevaba ya dos legislaturas en el poder: una primera sin mayoría absoluta en la que tuvo que pactar con la oposición y por tanto sus cuatro primeros años los podríamos denominar en cierto modo de moderados (según él mismo dijo, hasta hablaba catalán en la intimidad), y una segunda legislatura ya con mayoría absoluta en la que dio la sensación de sacar esa faceta absolutista que muchos gobernantes ejercen cuando no tienen a nadie que les pueda parar. Fue la legislatura de la guerra de Irak (de las armas de destrucción masiva que nunca aparecieron), de la foto de Aznar junto a Bush, ambos con los pies sobre la mesa como si fueran los dueños del mundo. Y aquí, en nuestro país, según parece se empezó a considerar como “peligrosos” a todos aquellos que se oponían a las decisiones del “gran jefe”. Y concretamente en mi ciudad, y según me corroboraron varias personas, por lo que parece la policía tenía un ojo puesto en este tipo de asociaciones como el Casal Popular, en las cuales se criticaban muchas de las decisiones del poder existente.

Así pues, y cuando vi el cariz represivo que podía derivarse de una nueva mayoría absoluta del Partido Popular, fue cuando le advertí muy seriamente a mi hija que fuese con mucho cuidado y que no se tomase a la ligera las advertencias que le hacía (ya saben que, como es lógico, un padre se preocupa más por sus hijos que por él mismo). Evidentemente, no le pedí que no fuera a esas reuniones, entre otras cosas porque a algunas de ellas también yo asistía, pero sí que extremase las precauciones ante cualquier posible provocación de quizá algún infiltrado que buscase una excusa para una posible intervención policial. He de decir que me siento muy orgulloso como padre de que mi hija, siendo aún una adolescente, mostrase esas claras inquietudes por la defensa de los derechos humanos, pero eso no quita que tuviera miedo por ella puesto que todavía conservaba mis recuerdos de niñez de la época del franquismo y cómo mi madre le insistía a mi padre que no hablara de política delante de los niños, sin duda para evitar algún disgusto tan solo por ejercer, en casa, el derecho que toda persona debería tener a expresar sin miedo su propia libertad de expresión.

Bien, pues como muchos de ustedes sabrán, aquella mayoría absoluta del Partido Popular no se produjo porque justo unos días antes de las elecciones se produjeron los criminales y salvajes atentados del 11M en Madrid. Unos atentados cuya autoría trató de ocultar el PP dando a entender que casi con toda seguridad habían sido obra de ETA cuando las investigaciones indicaban que se trataba de un atentado yihadista. Y es que como varios analistas reconocieron más tarde, si decían que la autoría era de ETA aún arrasarían más en las elecciones, mientras que si dichos atentados eran obra de algún grupo islamista como represalia del apoyo del Gobierno español a la invasión de Irak, sin duda el varapalo electoral iba a ser considerable, como así finalmente ocurrió. Y es que debemos recordar que una gran parte de la sociedad estaba en contra de esa guerra tanto en nuestro propio país como en el resto del mundo (en este sentido, recuerdo que el día de la gran manifestación contra la guerra yo me encontraba en Londres y pude vivir en primera persona una de las manifestaciones más multitudinarias que se produjeron durante aquellas semanas). Sí, como estaba diciendo, después de aquellos sangrientos atentados se trató de engañar a la población e incluso asustarla, pues recuerdo que se amenazó a todo aquel que, el día de reflexión, se manifestara como consecuencia de esa mentira que hasta la misma ONU se llegó a creer en un primer momento. Recuerdo que se dijo que se tomaría nota de los manifestantes y después se actuaría contra ellos. Yo desde luego no tengo vocación de héroe, ni la quiero tener, pero recuerdo que al oír eso tanto yo como mi mujer nos levantamos como un resorte del sofá y nos unimos a los cientos de manifestantes que recorrieron el centro de mi ciudad, Castellón. No tuvimos miedo porque, probablemente, pensamos qué tipo de sociedad le íbamos a dejar a nuestra hija y a las futuras generaciones si nos quedábamos en casa aceptando las mentiras que por lo visto nos estaban contando. Y salí de casa, también, porque aunque ya lejano todavía recordaba aquellos tiempos de la dictadura en donde no se podía levantar la voz por miedo a las más que probables represalias tanto policiales como gubernamentales.

Estoy diciendo todo esto, en definitiva, porque quizá entonces estuvimos a punto de traspasar una línea roja, la del miedo institucional, esa precisamente que ahora, sin duda, al menos en mi opinión, ya se ha traspasado. Sí, catorce años después de aquellas elecciones, y después de haber gozado en lo concerniente a las libertades sociales de unos cuantos años de progreso (con el cambio de Gobierno se respetó claramente la libertad de expresión, socialmente se hicieron leyes para luchar contra la violencia de género, se reconocieron plenamente los derechos de los homosexuales, etc.), durante estos últimos años, y con la vuelta del PP al poder, hemos vuelto a las andadas pero con el agravante de que se ha traspasado esa línea roja que según parece estaba a punto de traspasar la “era Aznar”. Y digo que ahora se ha traspasado esa línea porque ahí tenemos la llamada “ley mordaza” y según parece ya estamos viendo sus consecuencias. Titiriteros en la cárcel, gente acusada de odio por ponerse una nariz de payaso para protestar porque las fuerzas de seguridad del Estado estaban haciendo unos registros con los que no estaba de acuerdo, peticiones de sedición y rebelión mientras muchos catedráticos de Derecho Penal se ponen las manos en la cabeza, delitos además que en Europa también se consideran fuera de lugar, prestigiosas organizaciones internacionales que alertan de que estamos a punto de pasar a ser una democracia defectuosa… En este sentido recuerdo que, cuando todavía era un crío, al ver la imagen de la justicia representada con una venda en los ojos no la acabé de entender. ¿La justicia es ciega?, me dije. Pues si es ciega y no ve nada, ¡vaya justicia tenemos! Fue después, al explicarme que aquello era una metáfora que simbolizaba que la justicia era ciega en el único sentido de no distinguir la clase social o la riqueza del que se juzgaba, es decir, que era igual para todos, cuando comprendí el sentido de aquella expresión.

Pero verán, según tenemos entendido (y de eso no tengo duda), sacarse la oposición de juez es algo durísimo, que cuesta muchos esfuerzos pero según parece algún que otro juez o jueza, a pesar de haber demostrado su gran capacidad de estudio para sacarse la plaza, en lo referente a esa metáfora de que la justicia es ciega he decir que, quizá, nadie se la llegó a explicar totalmente (si uno no tiene una venda en los ojos creo que puede interpretar perfectamente unas imágenes grabadas, y ahora verán por qué se lo digo). En fin, digo esto porque no sé si habrán tenido la oportunidad de ver en internet o en la televisión la agresión (al menos a mí me lo parece en el video) que sufrió un alcalde (por cierto, de una considerable avanzada edad) en un pueblo de Cataluña el día 1 de octubre por parte de un miembro de los antidisturbios. Pues bien, si no han visto la imagen les recomiendo que la busquen. Y es que este señor, al recibir un fuerte golpe con el escudo del agente de seguridad en cuestión cuando según parece su intención era hablar con él, y que por cierto como causa del golpe lo tumbó al suelo a cierta distancia, presentó una denuncia por agresión y… ¡sorpresa!, por lo visto una jueza lo ha acusado a él de un delito de desobediencia. Como digo, no se pierdan las imágenes, ya que creo que no ofrecen ningún tipo de duda, pero curiosamente según parece en el informe policial (al menos eso es lo que se comentó en el informativo y aparece en varios medios de comunicación y supongo que finalmente así debe ser porque de lo contrario hubiesen denunciado a estos medios de comunicación, o como mínimo les hubiesen hecho anular y rectificar dicha información) se decía que no existió tal agresión, sino que lo que sucedió es que el señor iba andando hacia atrás y al ver que perdía el equilibrio se agarró al escudo del policía en cuestión. Repito, intenten encontrar las imágenes por internet, ya que si no es porque es un caso real, la cosa podría estar firmada por el mejor cómico del momento al comprobar la “delirante y surrealista” explicación por parte de “quien manda” (quiero dejar claro de nuevo que esta información ha sido dada por varios medios de comunicación no solo de Cataluña, y además se puede encontrar accediendo a internet).

Por cierto, también he dicho que se acusó de odio a un concejal de un pueblo de Cataluña por ponerse una nariz de payaso junto a un miembro de las fuerzas de seguridad para así mostrar de forma pacífica su disconformidad por los registros que se estaban haciendo en determinadas oficinas de la Generalitat. Pues bien, este señor, que según contó en una entrevista en televisión forma parte de una asociación de payasos que estuvo en la guerra de Bosnia para intentar ayudar y hacer olvidar su dramática situación a los niños de aquel país, contó en dicha entrevista que en una ocasión utilizó la nariz de payaso para ponerse junto a un soldado como protesta a lo que estaba ocurriendo, y que teniendo en cuenta un conflicto tan grave y terrible como es una guerra, a nadie se le ocurrió acusarlo de un delito de odio. Pero aquí, según parece, y no existiendo violencia, para determinadas personas eso es algo que no se puede consentir (lo de ponerse una nariz de payaso para llamar la atención y así protestar de forma pacífica). Eso sí, hay que decir que el juez desestimó, al menos en este caso, ese delito de odio que algunos le querían achacar. Y es que lo que también quiero dejar muy claro, para no dar pie a interpretaciones malintencionadas, es que no estoy generalizando, ya que no todos los jueces, policías o políticos actúan de la misma forma (de hecho, durante todos estos años he tenido la suerte de forjar amistad tanto con gente de la judicatura, de la política como de las fuerzas de seguridad y puedo decir que además de ser personas muy profesionales y coherentes, también los tengo por buenas personas, tal y como sucede con cualquier profesión si uno la ejerce con honestidad y de forma responsable y adecuada).

Pero volviendo al tema del que les hablaba, decirles que lo que está pasando en Cataluña, al margen de si somos catalanes, andaluces o madrileños, finalmente nos afectará a todos. Porque como dije en uno de mis anteriores artículos si se considera sedición oponerse pacíficamente a una orden judicial, tarde o temprano quizá, quien se oponga a un desahucio, pueda ser acusado de un delito tan grave como ese de sedición (y esto se lo he oído decir a varios juristas). O acusado de rebelión si al participar en una manifestación pacífica finalmente algún grupo minoritario crea violencia (según estamos oyendo eso de si ha habido o no violencia depende de la interpretación del juez). Y por lo que parece quizá podríamos intuir también que puede depender igualmente de la interpretación del juez considerar que una crítica razonada y pacífica a la actuación de las fuerzas de seguridad, puede ser considerada como delito de odio. Yo, por lo que estoy viendo últimamente, no lo tengo claro.

Verán, hace muchísimos años que escribo artículos para diferentes medios de comunicación y siempre he tenido la costumbre de, una vez escrito el artículo en cuestión y revisado las fuentes en las que me he basado para comentar algún tema en concreto,  revisarlo un par de veces por si acaso y entonces enviarlo a la redacción. Pues bien, desde hace un tiempo, desde que salió la ley mordaza, pero sobre todo viendo todo lo que le está sucediendo últimamente a determinada gente en Cataluña, repaso más de veinte veces cada artículo antes de enviarlo para que se publique. Y no exagero. Todos mis lectores habituales saben que siempre, siempre, apelo a la no violencia, al razonamiento y a la reflexión para debatir ideas, pero aun así, cada vez tengo más miedo que alguien pueda interpretar (más bien malinterpretar) cualquiera de mis artículos como un delito. O bien por criticar el tipo de economía que nos están imponiendo y eso alguien lo pueda interpretar como un ataque a los pilares básicos del país (tal y como según parece alguien puede interpretar ateniéndose a la ley mordaza), o bien por denunciar determinadas actitudes desproporcionadas por parte de algunos miembros de la policía y que alguien lo interprete como un delito de odio hacia las fuerzas de seguridad.

Sí, no exagero, ahora repaso entre quince y veinte veces cada artículo que lleva algo de crítica, además de guardar el original del artículo  junto con las fotocopias de las fuentes en las que me he basado para hablar de una cuestión determinada (ya sea un libro, un video o un informe de alguna organización) por si algún día a alguien se le ocurre citarme en un juzgado por haber criticado determinadas actuaciones de nuestros gobernantes. Y es que si antes repasaba un par de veces mis artículos para no dar opción a posibles malinterpretaciones por quizá no haberme explicado bien, ahora los repaso tantas veces para intentar averiguar cómo y de qué forma determinadas mentes (sin duda “calenturientas”) pueden malinterpretar intencionadamente y con malicia lo que realmente digo.

Así es, el miedo, eso es lo que nos están inculcando desde determinados estamentos, tanto a los que nos dedicamos a escribir en determinados medios de comunicación que no son del agrado de las élites de poder, como a esos ciudadanos anónimos que a partir de ahora se pensarán más de una vez oponerse a la injusticia que puede significar un determinado desahucio o a asistir a una manifestación por el temor de sufrir unas determinadas represalias. Y esto, no solo lo sufrirán los catalanes, pues de hecho ya lo estamos sufriendo muchos que no formamos parte de ese territorio.

En efecto, miedo, como el que vi que le inculcaban muy sutilmente a través de los medios de comunicación a los ciudadanos chilenos cuando hace aproximadamente una década visité aquel país. Mi hija estaba estudiando allí y le pregunté si había mucha violencia en las calles ya que me llamó la atención que en los informativos continuamente se daban noticias de asaltos a casas y robos. Es más, al ser invitado al domicilio de una profesora universitaria para charlar de mis novelas y de literatura en general, ella misma me comentó que no se acercaba al centro de la ciudad de Santiago (donde vivía precisamente mi hija) puesto que aquella zona era muy insegura. Porque según se decía estaba plagada de peruanos (sinónimo en aquel país de delincuencia, al menos por lo que me dijeron). De ahí mi pregunta a mi hija y, tengo que decirles, que fue ella misma la que me dijo que no es mucho más peligroso Santiago de Chile que lo puede ser Madrid y Barcelona (ciudades en las que también estudió) siempre y cuando uno vaya con las precauciones habituales. Algo que pude comprobar durante las semanas que estuve allí puesto que no tuve el más mínimo problema ni con los peruanos, ni con los chilenos ni con ningún “bicho viviente” (es decir, que no tuve ningún problema con nadie, no sea cosa que ahora a alguien se le ocurra malinterpretar también esa popular frase de “bicho viviente” al referirme a que no tuve el más mínimo problema con ninguna persona). Visité tranquilamente la Plaza de Armas, el Palacio de la Moneda y sus alrededores (todo en el centro de la ciudad) y he de decir que lo único que me puso algo nervioso fue la gran cantidad de policía que había (entonces se estaba celebrando el mundial de fútbol y ya se sabe que los sudamericanos viven los partidos de una manera especial), pues después de haber visto años atrás por televisión el aspecto militar de tal policía en los tiempos de Pinochet, y comprobar que su aspecto seguía siendo el mismo con perros pastores alemanes y tanquetas de chorro de agua, la sensación que me daban no era precisamente de seguridad, sino de todo lo contrario (en honor a la verdad he de decir también que posiblemente en parte tuve esa sensación por las lamentables y terribles imágenes que todavía permanecían en mi memoria de los trágicos tiempos de la dictadura pinochetista, porque lo cierto es que, pese a su aspecto, al menos durante aquellos días en los que yo estuve en el país la policía se comportó de manera correcta). Aunque de lo que no cabe duda es que varios lustros de cruel dictadura no se eliminan de la noche a la mañana.

Pero claro, esa era mi visión, la visión de alguien al que todavía no habían tenido tiempo de instalarle dicho miedo en el cuerpo haciéndole creer que todo el mundo es peligroso y hay que apoyar siempre a las fuerzas de seguridad, es decir, no cuestionar ni a ellas ni a quienes les mandan.

Sí, miedo, esa suele ser su arma, el arma de los poderosos, y desgraciadamente eso es lo que muchos ciudadanos de este país llamado España estamos empezando a experimentar cuando, de una u otra forma, estamos dispuestos a exteriorizar nuestro derecho a la libertad de expresión. Como he dicho anteriormente, en mis escritos jamás he recurrido al insulto, ni a la mentira ni a la calumnia. Siempre he respetado a quien no piensa como yo, razón por la cual al criticar determinados comportamientos que bajo mi punto de vista son abusivos siempre he apelado en mis escritos a la reflexión, al contraste de ideas a través del razonamiento, es decir, apelando en todo momento al diálogo porque considero que solo así se pueden solucionar, de verdad, los problemas. He recurrido también, como es lógico, a la ironía sana y al sarcasmo (algo muy utilizado a lo largo de los siglos por nuestros grandes escritores) para criticar a la sinrazón y a la tiranía, pero como digo, sin recurrir jamás al insulto o a la vejación.

Pero aun así, y como ya he dicho, tengo miedo, y no precisamente solo por los que mandan, sino por la indiferencia de una gran parte de la sociedad ante la injusticia. Y es que en este sentido, y parafraseando a Martin Luther King, no me preocupan tanto las acciones de la gente mala, sino el espantoso silencio de la gente buena (aunque en honor a la verdad tengo que decir que cada vez dudo más de esa supuesta bondad de una gran parte de la población, ya que mirar hacia otro lado mientras se produce una injusticia no es, precisamente, un signo de bondad).

La verdad es que, con esto del miedo este país es, como mínimo, paradójico. Y es que hablas con gente del pueblo, gente de a pie, trabajadora, honrada, cuyo mayor delito en su vida haya sido quizá no pedir la factura al electricista o al fontanero para así ahorrarse siete u ocho euros para de esa forma poder llegar a final de mes, y tienen miedo. Miedo, como digo, de no llegar a final de mes para pagar la factura de la luz o el material escolar de sus hijos. Miedo de perder su trabajo, miedo de no poder cobrar su pensión cuando dentro de un tiempo lleguen a los 67 años (o a los 70, 72 o 75 si a algún “iluminado” se le ocurre subir de nuevo la edad de jubilación), y sin embargo puedes ver a gente por televisión acusada de defraudar miles de euros, de haber dado órdenes para según parece “apalear” a gente pacífica o de que sus nombres figuren “indiciariamente” en la lista de un acusado de corrupción, e incluso a gente que supuestamente  ha destruido ordenadores para ocultar graves delitos y, como digo, los puedes ver riéndose, tranquilos, seguros de sí mismos, como si nada les fuera a pasar (creo que cualquier persona de a pie, tanto si fuese culpable como inocente, como mínimo estaría preocupadísima si estuviera en esa situación). En fin, no sé, supongo que, posiblemente, a estos señores y señoras de altos vuelos se les ve tan sonrientes y seguros porque muy probablemente no tienen mucho que temer (o al menos esa es la impresión que nos dan a los de abajo). Sí, este país es diferente, este país como mínimo da la sensación de que se está convirtiendo en todo aquello que muchos hemos temido. Un paraíso para el pícaro, tal y como la literatura ya nos ha mostrado a lo largo de los siglos como, por ejemplo, en “El lazarillo de Tormes” u otras obras similares en donde según parece para sobrevivir son mucho más importantes otras cualidades que ser totalmente honrado (al menos moralmente). Pero bueno, como alguien dijo no hace mucho, lo importante es ser “mucho y muy españoles” (supongo que será porque para muchos debe ser más nutritivo “comer bandera” que tener un plato de sopa en la mesa, y en este caso concreto me estoy refiriendo a una considerable parte del pueblo llano que, aun con todo lo dicho, sigue votando a los de siempre).

En fin, pues si finalmente no me vence el miedo puesto que también debo velar por el bienestar y la seguridad de mi propia familia, seguiré haciéndoles llegar a ustedes mis escritos. Y si quizá en algún momento decido no hacerlo podría ser porque precisamente el miedo se ha apoderado de mí o porque alguien ha interpretado (más bien malinterpretado) que mis escritos, como he dicho siempre pacifistas y razonados, incitan por alguna razón que desconozco al odio y han decidido tenerme un tiempo silenciado ¡Quién sabe! Por lógica espero que no pase eso, ya que sería algo surrealista, pero habiendo explicado lo que acabo de decir en este extenso artículo, por desgracia no hay nada descartable. Y una cosa está clara, el miedo ya se ha instalado ahí, en el corazón y en los sentimientos de todos aquellos que nos oponemos a la sinrazón y a la fuerza bruta, o sea, a la fuerza de los poderosos. Y ellos, los poderosos, por supuesto que lo saben, de ahí que cada vez traten de asustar a más gente. Pero lo peor de todo, insisto, no es eso, sino esa sociedad que se lo consiente sin percatarse que, más pronto que tarde, también serán ellos los que sentirán ese miedo puesto que no pertenecen a ese selecto grupo de las élites de poder y sus vasallos, esos precisamente que hacen el trabajo sucio por orden de los de arriba.

Bien, pues no se me ocurre mejor forma de acabar este artículo que con un par de estrofas de uno de los poemas del gran Miguel Hernández que habla, precisamente, de la LIBERTAD:

     Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

.      .        .        .       .       .       .     .

Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.

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IÑAKI Y FRENCHY

@inakiyfrenchy76

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