Editoriales, El Koko Parrilla, Humor Gráfico, Número 97
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Editorial: La dimisión de Cifuentes, la crema antiedad y las cloacas del Estado

Viñeta: El Koko Parrilla. Miércoles, 25 de abril de 2018

   Editorial

Alfred Hitchcock firmó Marnie, la ladrona, aquella película inolvidable sobre una rubia cleptómana que no podía reprimir su impulso freudiano de trincar. Por lo visto Cifuentes, una Tippi Hedren castiza, hubiera dado el perfil perfecto para que el gran maestro del cine de suspense rodara con ella otra obra maestra. Cuenta Inda en su periódico digital (o lo que sea ese medio que dirige) que la presidenta madrileña fue pillada in fraganti practicando el hurtillo fugaz en una tienda de Eroski de Puente de Vallekas, que es el territorio comanche donde se mueven habitualmente los raterillos de la ciudad. Una dependienta sorprendió a la máster cum laude del engaño cuando trataba de apoderarse de dos botes de crema antiedad de la marca Olay y dio el aviso a los vigilantes. «Una señora con zapatos de Prada está robando en la perfumería». Los guardias se acercaron a ella y le dijeron aquello de «acompáñeme, por favor», que es lo que suele decirle el agente de la ley al ladrón para mostrarle el camino sombrío de la trena.  Todo ello quedó grabado en un escabroso vídeo que, según dicen, se han encargado de airear las cloacas del Estado más de siete años después. Ya se habla de vendetta política, de ajuste de cuentas entre clanes del PP, del GAL madrileño y hasta del comisario Villarejo. Aquí, cuando hay un asunto turbio, le endosan el muerto a Villarejo, que está en la cárcel, y a otra cosa.

Sea como fuere, Cifuentes se está superando a sí misma en su supuesta carrera delictiva. Primero amaño de titulaciones académicas y hasta falsificación de documentos; después un frenesí de hurtos compulsivos. Si no la paran a tiempo cualquier día le encuentran un fiambre de Eroski en el maletero. Y eso que parecía una niña bien que no había roto un plato en su vida.

Poco a poco vamos recomponiendo el puzle personal de una presidenta que, ya lo hemos dicho aquí otras veces, solo trataba de construirse un personaje: el de joven y brillante universitaria con un currículum prefabricado para codearse con los de Harvard. Y es en ese juego de imposturas, en ese placer peligroso, donde entraban las poderosas cremas antiedad. Los potingues antiarruga, en el modus operandi de la líder del PP, cumplían una función primordial: la de reconstruir la máscara, el antifaz, la careta. Con un buen maquillaje Olay que tapara cualquier rugosidad de incompetencia académica y política, cualquier lunar de deshonra, ineptitud y falta de preparación, la falsa dama dorada ya podía lanzarse a las cancillerías de todo el mundo envuelta en un aroma caro de sofisticación que solo escondía una increíble e inmensa mentira. Igualito que la doble vida de la Marnie de Hitchcock, aquella rubia (esta sí maravillosa) que también llevaba el robo en la sangre.

Al final, como no podía ser de otra manera, Cifu ha tenido que presentar su dimisión, aunque alegando en su defensa una excusa de lo más grosera y peregrina: que «se llevó por error, de manera involuntaria», los dos botes de ungüentos de belleza. Cómo cayeron los frascos en su bolso es algo que tendrá que investigar Íker Jiménez. Lo cual que la lideresa, en su afán por tirar de la manta y destapar la corrupción en su partido, se ha descubierto a sí misma cometiendo un nuevo delito hasta hoy inédito en el Código Penal: el robo involuntario. Así las cosas, irse a su casa era lo mejor que podía hacer, dadas las circunstancias. No es plato de buen gusto que la mafia te plante una cabeza de caballo encima de la cama –como ha dicho Pablo Echenique–, en plan El Padrino. Al menos esta vez la presidenta ha tenido la decencia de no echarle la culpa de sus mentiras y cintas de vídeo a la «izquierda radical». Porque detrás de esto no hay más radicales que los de la mafia genovesa, que no pasan ni media cuando un miembro del clan se desmanda sacando los pies del tiesto, o como mucho los «radicales libres», siempre tan molestos y empeñados en hacerla a una algo más vieja. Quién sabe. O como dirían en la Famiglia del PP: chi lo sa.

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