Artsenal, Editoriales, Humor Gráfico, L'Avi, Número 96
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Editorial: El máster de la mentira

Ilustración: L ‘Avi / Artsenal. Viernes, 6 de abril de 2018

   Editorial

El Mastergate que persigue como una maldición gitana a Cristina Cifuentes va camino de convertirse en una crisis abierta de Gobierno, un asunto de Estado que puede llevarse por delante los restos del naufragio del Gobierno Rajoy. Y ahora que la Fiscalía ha entrado en el tema para saber qué está pasando aquí, con más razón tiemblan los muros de Génova. No perdamos de vista que estamos hablando de esa virgen política, esa Juana de Arco de la derecha patria que había iniciado una supuesta cruzada para limpiar de ranas venenosas el estanque fangoso del PP y que ahora, a las primeras de cambio, es acusada de falsificar sus notas universitarias, de echarle un borrón a las calificaciones, de darle duramente al típex y a la tinta adulterada, bajo un flexo clandestino y criminal, con una pericia que ni Los falsificadores, aquella gran película justamente oscarizada. A Cifuentes “la listilla” muchos ya nunca más podrán verla como una dirigente recta y honesta, sino más bien como una tahúr del Manzanares, una trilera de claustros y paraninfos, una oscura perista (lo de perista lo decimos porque siempre le anda poniendo “peros” a las noticias de Escolar, que con la ley mordaza hay que explicarlo todo oyes, no la vayamos a joder y nos coloquen una querella también a nosotros, como a los camaradas de eldiario.es). A la señora Cifuentes le ha sorprendido el revuelo mediático que se ha montado –como si sacarse un máster con la gorra fuese lo normal en un país avanzado– mientras algunos compañeros de partido, cada vez menos, todo hay que decirlo, la siguen defendiendo a capa y espada. “Parece que a algunos les gustaría conseguir lo que no consiguió un accidente de tráfico mortal”, ha llegado a decir histriónicamente Dolores de Cospedal, que desde que dirige a las Fuerzas Armadas le ha salido un deje violento plagado de ardor guerrero que tira para atrás. Una declaración algo exagerada, fuera de tono, la de la señora ministra, sobre todo porque la comparecencia de Cifuentes ante la Asamblea de Madrid no ha convencido a nadie y no ha servido más que para agrandar la sombra de la sospecha que se cernía ya sobre ella.

Lo cierto es que tras su paso por el parlamento autonómico, a fecha de hoy, la imagen que queda de la señora presidenta es la de una alumna enchufada y mediocre que se pelaba todas las clases, que hacía novillos cuando sus compañeros se dejaban la piel en los exámenes y que compraba los títulos académicos en el mercado negro universitario, como quien compra una ración de churros en la Plaza Mayor. Pese a que se ha defendido en el atril como gataza rubia panza arriba (retórica y frescura no le faltan a la dama dorada) el caso sigue rodeado de misterios, de ruido, de confusión, un enredoso affaire del que el ciudadano empieza a desconectar ya, no solo por hastío y por cansancio, sino porque estamos ante el mismo paripé de siempre que seguramente terminará con el político sospechoso saliéndose de rositas.

Mientras tanto, el famoso trabajo de fin de curso de Cifuentes sigue sin aparecer por ningún lado y las preguntas se acumulan sin respuesta. ¿Por qué se le permitió matricularse en el ciclo, tres meses después, y ya fuera de plazo? ¿Por qué se cambiaron sus calificaciones para darle el curso por aprobado y con nota pese a que no se le veía el pelo por la clase ni se presentaba a los exámenes ni puede aportar trabajo alguno firmado por ella? ¿Qué hay de esas noticias del digital de Escolar que hablan de falsificaciones de firmas, de un título universitario de mercadillo que supuestamente se compraba a golpe de talonario, de esa picaresca castellana y sonrojante impropia en un político serio y honrado? Rajoy, un líder que siempre se ha caracterizado por poner la mano en el fuego por sus guantes blancos, esta vez ha optado por quitarle yerro al asunto, como si falsificar el currículum académico fuese una cosa de chiquillos, una travesura de colegiales que no va a ninguna parte, una trastada de señoritas revoltosas de colegio mayor. Solo que a la pupila Cifuentes no la han sorprendido en una cuestión menor como puede ser fabricarse unas chuletas de nada para copiar en un examen, meterle una rata a la maestra en el cajón o andar fumando pitillos a escondidas por los aseos de la escuela. Esto es mucho más serio, algo que no puede saldarse, como suele hacer el señor Rajoy, con un silencioso pasapalabra a la gallega, un tirón de orejas al pillado in fraganti o un simple “muy mal señorita Cifuentes, de rodillas y cara a la pared”, como hacían los maestros franquistas de antes. Aquí faltaría una dimisión higiénica y en condiciones, ya que estamos hablando del desprestigio de todo el sistema educativo español, del gigantesco descrédito que supone este embrollo para la Universidad de nuestro país y por supuesto de delitos muy graves como la prevaricación de catedráticos y funcionarios, la falsificación de documentos y el tráfico de influencias. Si ha habido un jamón al catedrático de turno a cambio de un sobresaliente o un aprobado, que tanto da, la ciudadanía tiene derecho a saberlo porque diría mucho de la catadura moral del personaje, en este caso “personaja”, por adecuarnos al lenguaje no sexista.

Nos creíamos que la corrupción made in Spain era cosa de pelotazos urbanísticos, fitures y eventos varios, pero ya estamos viendo que el carcinoma llegaba y corroía hasta los sabios muros de nuestras milenarias universidades. Si no es verdad que en la Rey Juan Carlos regalaban los títulos como chochonas en una tómbola de feria, si no es cierto que más que un campus prestigioso y serio aquello era una timba de tunos y tunantes, una casa de rifas y citas, una agencia de colocación para fulanos del PP, que Cifuentes ponga encima de la mesa todo el papelamen para demostrar su inocencia. De otra manera muchos seguirán viendo a la presidenta como una rubia a la fuga, una sablista de medio pelo que se sacaba los títulos académicos por la patilla, una chulapa caradura y granuja de Chamberí de parpusa castiza, chaleco y pantalones apretaos y clavel en la solapa. Una impostora sin honoris causa, en fin. Su última excusa ha sido que perdió el trabajo de fin de máster en alguna mudanza. Es lo que tiene andar por los pisos carísimos de Madrid. Que uno pierde los papeles. Y hasta la cabeza.

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