Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 96, Opinión
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Alma de Carpanta

Por Luis Sánchez. Viernes, 6 de abril de 2018

Luis Sánchez

En La caída de la ceniza, cuento perteneciente al volumen La mariposa del café de la plaza (1946-1950), el escritor Eugenio Montale rinde un hermoso homenaje a la profesión periodística: a ese periodismo de calle, de observación atenta, que conoce bien el paisanaje, huele el guiso a distancia y no se deja deslumbrar por los grandes eventos.

Uno de los atractivos de su elegante prosa es que parece que no dice nada (o poca cosa); pero siempre nos deja un poso de conocimiento para recordar. Eso sí, su mirada es más amable que la de su colega y amigo Alberto Moravia.

Años de posguerra, sí, conque pongamos música al neorrealismo y escuchemos a Paolo Conte (partitura, piano y voz cascada).

En Rómulo y Remo, perteneciente al volumen Cuentos romanos (1954), Moravia traza un magnífico retrato de la picaresca. Y cómo no traer dicho tema hasta aquí, hasta nuestro lustroso país en crisis (corrupción por arriba y, como consecuencia, picaresca por abajo). Leamos un jugoso fragmento:

“Repitiendo seco [tipo de vino] se fue a la cocina [Rómulo: camarero y amigo de Remo] y me dejó solo en la mesa. La cabeza continuaba dándome vueltas por la debilidad, sentía que estaba realizando una mala acción; pero, casi casi, me gustaba realizarla. El hambre vuelve crueles: Rómulo estaba quizá más hambriento que yo y, en el fondo, me complacía en ello. Entre tanto, en la cocina, toda la familia confabulaba: oía que él hablaba en voz baja, apresurado y ansioso, y que su mujer le respondía, descontenta. Por último se alzó la tela y los dos hijos salieron corriendo, dirigiéndose hacia a la puerta.

“Comprendí que Rómulo, quizá, no tenía en la trattoria ni siquiera el pan. En el momento en que se alzó la tela entreví a la mujer que, erguida ante el hornillo, reanimaba con el aventador un fuego casi apagado. Él salió, después, de la cocina y vino a sentarse frente a mí, a la mesa. Venía a hacerme compañía para ganar tiempo y permitir a sus hijos volver con la compra”.

Ya lo dice el refranero popular: “Cuando tienes hambre, no respetas ni el culo de tu madre”. Rómulo y Remo —personajes mitológicos, hermanos y fundadores de Roma— son antiguos amigos del servicio militar (en aquella época, Remo le había mentido, haciéndole creer que tenía dinero). El caso es que Remo es un muerto de hambre, que vive en un tabuco de alquiler, y, por un hecho fortuito, se acuerda de que Rómulo había abierto una trattoria. No se lo piensa dos veces: allí acude, aparentando difícilmente lo que no es, y dispuesto a saciar su famélico estómago (está a punto de desfallecer: lo que importa es llenar el buche; luego ya verá cómo resuelve el asunto de la cuenta). Remo disfruta incluso viendo que su amigo vive en peores condiciones que él (eso, claro, le sube la autoestima); de hecho, ni siquiera tiene comida para servirle (han ido a comprarla). Él está solo; pero Rómulo tiene esposa y dos bocas que alimentar. Aunque también este trata de mantener las apariencias y disimula, más mal que bien, su miseria.

Es obvio que nos hallamos ante una situación de extrema necesidad, de pura y simple supervivencia. Y ese es el motivo por el que nuestro pícaro actúa de ese modo. “El hambre vuelve crueles”, se dice Remo, tras haber pedido la comida, y mareado por la debilidad; y no hay cinismo en sus palabras, sino pesadumbre y, a la vez, un placer perverso (crueldad) que lo afirma en la vida. Cuando apremia el presente, no queda tiempo para el mañana: la urgencia del hambre debe solventarse ya, ahora, ¡ahora o nunca! Y es esa falta de tiempo la que le impide pensar con rectitud y le precipita al vacío, y la inminencia del vacío la llena con el prójimo que resulta más accesible. El apetito es una cosa y el hambre, otra.

Recuerdo con entusiasmo el comentario de Fernando Savater (nada que ver con el Savater actual), cuando insistía (en Ética para Amador, a propósito del monstruo de Frankenstein) en que el desgraciado no es desgraciado porque sea malo, sino que es malo porque es desgraciado (no le permiten otra opción). Que le pregunten al Lute, cuando robaba gallinas para mover el bigote. O mejor, que le pregunten hoy a un mantero.

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