Número 95, Opinión, Rosa Palo
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Realismo sucio (y rosa)

Por Rosa Palo / Foto: Mediaset. Viernes, 23 de marzo de 2018

@Ebaezan

En la magnífica (y sangrante) Ordesa, Manuel Vilas escribe: “A mi madre solo le interesaban Julio Iglesias, las mujeres y los hijos y las hijas y el padre de Julio Iglesias, y las canciones de Julio Iglesias”. Normal. Como a todos. Por eso estoy segura de que a la madre de Vilas le habría interesado Tamara Falcó, que no es hija de Julio Iglesias pero por muy poco, según le dijo el ínclito. Claro, que eso tampoco quiere decir mucho, porque Julio Iglesias podría ser padre de todos los nacidos desde 1963 hasta nuestros días.

Tamara Falcó habló con Bertín Osborne. Sin subtítulos. Y, tal y como nos temíamos, implosionó el universo, tanto que Stephen Hawking no lo puedo resistir y palmó a los tres días. Porque frases como “a mami le gusta Mario” provocan un pliegue en el continuum espacio-tiempo. Y una perturbación en la Fuerza. Y una risa. Y una ternura. Porque Tamara Falcó, que los únicos filtros que tiene son los de Photoshop, dejó frases que son ya Historia de España. Como cuando se refiere a Julio Iglesias y a Miguel Boyer como “tito Julio” y “tito Miguel”. Como cuando afirma “qué pereza tener un premio Nobel en casa, que tienes que estar todo el día haciéndote la inteligente”, algo que, para ella, debe ser un esfuerzo extraordinario. Como cuando dice que se le da bien la cocina, sobre todo la fruta, los yogures y los sandwiches. Como cuando cuenta que su madre no estaba enamorada de su padre, sino que fue un apaño hecho por Carmen Martínez-Bordiú. Como cuando pronuncia “clishé” en lugar de cliché. Como cuando suelta “sé cómo va la cocina porque cuando me despierto no hay nadie para hacerme el café”, algo que a mí me encantaría poder decir. Como cuando dice que supo que a mami le gustaba Mario porque apareció un sábado por la mañana “peluqueada” y con unos pantalones negros apretados. Como cuando confiesa que su hermana Ana se enteró de lo de su madre y de lo de Vargas Llosa por el ¡Hola! Como cuando se lía contando a sus hermanos que el árbol genealógico de los Iglesias Falcó Boyer Preysler es más complicado que el de los Buendía en Cien años de soledad. Como cuando afirma que “mi madre no es de mucho discutir, es de implementar lo que ella quiere a la fuerza”. Mira, como mi madre, que también era mucho de implementarme una guantá cuando no le hacía caso.

Pobre Isabel: cuarenta años vendiéndonos una vida fabulada a través de las revistas, hablando sin abrir la boca, para que llegue Tamara y, en un par de horas, convierta una novela de Corín Tellado en un relato de Raymond Chandler (puesto de Agua del Carmen, eso sí, que Tamara es muy católica, muy apostólica y muy de Puerta de Hierro). Que viva el realismo sucio (y rosa).

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2 Kommentare

  1. Marga dicen

    Yo ya sabía que a esta chica le faltaba un “fervor” como dicen en la mi tierrina, pero hasta el punto de falta de cocimiento, no me lo podía imaginar.

  2. Maribel D`Amato dicen

    Mi querida Rosa: me han fascinado tus recuerdos letrados acerca del encuentro de Tammy con Bertín. Pero has olvidado a esas magníficas amigas en el momento que contaban la experiencia de la inclita con el rodaballo. Ellas afirmaban que a Tamara no le gustó debido a su intenso sabor a pescado. Que raro, no?

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