Javier Montón, Número 95, Opinión
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Nadie conoce a nadie

Por Javier Montón. Viernes, 23 de marzo de 2018

@jjmonton

Uno era muy listo pero no sabía nada. El otro, que para conseguir su puesto profesional tuvo que hacer de la memoria un gran aliado, ahora, en cambio, no recordaba ni lo grueso ni lo fino, ni el asunto ni sus detalles. Y el tercero ahí estaba, sentados él y su barba, como con cara de no sé qué estoy haciendo aquí y mejor que no me pregunten. Ocurrió el miércoles, vaya trío para un cuadro: el rector Ramos, el director Álvarez y el profesor Chico, los tres secundarios del sainete en el que brilla con luz propia la estrella jacarandosa de Cristina Cifuentes. Es el ‘caso máster’, ese clásico “new style” de la picaresca española, cuya esencia es que a un cargo político le pillan en un renuncio con su currículo inflado, en este caso un posgrado en una universidad pública. Desde Luis Roldán hasta la ex consellera Ramón-Llin, por trazar un vasto arco ideológico-temporal, siempre ha habido un buen surtido de meritorios y consagrados con tendencia a exagerar sus méritos. Ahí tenemos a Francisco Camps, el ex presidente multiimputado y miembro del Consell Jurídic Consultiu de la Comunitat Valenciana, cuya tesis se parecía a otros trabajos académicos como dos gotas de agua, con la salvedad de que una cayó en noviembre y la suya, la primavera siguiente. Aquí, quien sabía sumar se hizo pasar por ingeniero y la que estudió Derecho consideró que las últimas asignaturas no contaban para obtener la licenciatura. A Cifuentes, en cambio, la memoria se la jugó. Primero olvidó acabar el máster, después olvidó dónde había dejado el trabajo final y no se extrañen si mañana sostiene que no es Cristina sino Esperanza. Ambas rubias, las dos simpáticas de Madríz y con don de gentes. La gran renovadora de la política madrileña, la escoba que llegó para quitar el polvo de los despachos y la inmundicia de las alfombras, ha caído en las mismas inveteradas costumbres que suelen frecuentar sus predecesores y homólogos. No sorprende si se tiene en cuenta que sus mentores la hicieron pasar por la versión en femenino de Ruiz Gallardón, el ex ministro sobretasado. Hay piropos que llevan implícita una condena.

La Universidad Rey Juan Carlos le procuró a Cifuentes un expediente reluciente y estos días ha sacado a su tropa académica. Y ahí la tiene, prietas las filas intentando salvaguardar el honor y la rectitud intelectual de la presidenta madrileña. Algo sabrá el actual rector de juego sucio, por cuanto su predecesor, que lo arropó como su delfín, ya ocupó páginas de periódicos por fusilar presuntamente, línea a línea, tilde a tilde, páginas enteras de trabajos ajenos y ponerles su rúbrica. Sólo dos profesores pidieron su renuncia entonces; el resto le apoyaron sin fisuras. La funcionaria Calonge, que corrigió el error burocrático e hizo pasar la calificación de no presentado a notable (insignificante paso para la Humanidad, enorme salto para Cifuentes), tenía como imagen de perfil de Whatsapp una foto suya abrazada con la presidenta, pero no eran amigas. De hecho, Cifuentes negó que se conocieran. El catedrático Álvarez sufrió un lapsus de varias horas en las que se congeló el tiempo y su raciocinio: mientras buscaba al director del máster cayó en la cuenta de que era él mismo y así lo admitió al día siguiente. Tampoco el profesor Chico supo explicar cómo es posible que un alumno presente el trabajo final de un máster sin tener aprobada, o al menos figure así en el registro de la universidad, una asignatura de ese mismo máster.

Nada de esto habría de alarmarnos, sin embargo. Un país que sufre como presidente a un tipo que todavía no sabe que lo es, que tiene de ministra de Igualdad a una mujer que no hace huelga por la igualdad y que encuentra acomodo en el Senado para el cerebro gris, más gris que cerebro, de Alberto Fabra lo aguanta todo.

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