Humor Gráfico, Luis Sánchez, Número 95
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Nada es lo que parece

Por Luis Sánchez. Viernes, 23 de marzo de 2018

Luis Sánchez

Cuando oía la letra de la canción L’àguila negra, magnífica versión que en 1971 hizo María del Mar Bonet de la original, compuesta por la francesa Bárbara, pensaba en un tema de amor, muy peculiar –eso sí, por las metáforas–, pero de amor, a fin de cuentas. Jamás llegué a sospechar que la canción intentaba sacar a la luz un penoso drama familiar: los abusos sexuales que, de niña, sufrió la cantante francesa por parte de su padre.

Cuando oía la letra de la canción Libre, en la imponente voz del valenciano Nino Bravo (era 1972), me imaginaba a un joven intentando escapar del instituto o, a lo sumo, de un internado; pero ni se me ocurría pensar que la canción estaba dedicada al primer ciudadano de la antigua República Democrática de Alemania que, en 1962, intentó cruzar el Muro de Berlín, y no lo consiguió: Peter Fechter, un obrero de la construcción, murió de varios disparos (casi una hora estuvo desangrándose en “tierra de nadie”).

Cuando oía la letra de la canción Al alba (1975), en la cálida voz acariciante de Rosa León, aunque la composición era de Luis Eduardo Aute, quien también la grabaría tres años después, pensaba en una canción de amor, algo rarita, por lo que decía, pero de amor; ni siquiera podía imaginar que estaba dedicada a los últimos presos políticos –tres del FRAP y dos de ETA– que iban a ser fusilados por el régimen franquista el 27 de septiembre de ese mismo 1975.

En aquella época, claro, yo era un pavo como otros muchos; pero, además de mi corta edad y de mi inexperiencia, estaba el país, que seguía siendo un cortijo de señoritos recalcitrantes (con matadero incluido).

Más de cuatro décadas después, y tras haber conseguido una democracia a la medida del régimen caciquil (una democracia de leche y galletas), comprobamos cómo, día a día, perdemos derechos y libertades que creíamos garantizados.

El neoliberalismo carece de un frente eficaz que actúe de contrapeso; por eso –y consciente del colapso que está provocando–, va a por todas (¡coge el dinero y corre!) y se empeña en desmontar el Estado de bienestar para obtener pingües beneficios: privatización del sector público, compra de voluntades, corrupción, paraísos fiscales, recortes sociales y civiles… ¿El tesoro oculto? ¡El dinero del ciudadano! No te confundas ni te engañes, amiguito del alma, amiguito trabajador, van a por ti: van a por tu salario (presente), a por tus ahorros (pasado) y a por tu pensión (futuro). ¿Y frente a los usurpadores, qué hacemos?

Por seguir con la música. En la última actuación que vi de Albert Pla (Manifestación, marzo de 2013, en el teatro Talía, de València), el polifacético artista ya ironizaba sobre la enorme cantidad de protestas que se sucedían en la calle: la marea blanca; la marea verde; la marea morada; la marea roja… ¡Oye, que van a chocar! ¡Hosti, tú, qué mareo!

Y ahí seguimos, fieles al espíritu disgregador, como si la lucha contra ese capitalismo necio, que nos atenaza a la gran mayoría, se hubiera fragmentado, en un despliegue de egoísmo corporativo, montando protestas gremiales: los profesores, por un lado; los sanitarios, por otro; los parados, por aquí, y las feministas, por allí; los estudiantes, por allá; los pensionistas, más allá; los inmigrantes, a la derecha; los homosexuales, a la izquierda… ¡No se me amontonen! Y así, entre olas, mareas y saludos, permitimos que los piratas lleguen mar adentro y tomen una isla tras otra. ¡Me cago en la mar salada!, y de sal, salario.

Sí, falta el pegamento, ese hilo musical que una a todos en un único coro, capaz de cambiar esta sociedad por otra más justa, más humana. El actual modelo económico ha quedado obsoleto, y a todos –cuestión de voluntad– nos corresponde mojarnos.

Decía Lacan que, como mucho, puedo estar seguro de lo que digo; pero nunca de lo que el otro entiende. Y es que, al final, cada uno entiende lo que quiere…, hasta que se da cuenta de que lleva los bolsillos agujereados, y por mucho que trabaje, el dinero que gana no le alcanza ni para tapar con una galleta el agujero de la boca.

Pues ahí andamos: predicando en un oasis de palmeras, con dátiles envueltos en una fina capa de petróleo. ¡Que aproveche!

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