Francisco Saura, Número 94, Opinión
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Marta

Por Francisco Saura. Viernes, 9 de marzo de 2018

@pacosaura2

Estoy embarazada. Es el primero; también es el primer nieto para mi madre. Nieto o nieta, no quiere saberlo; no le importa.

En la empresa me han dado la enhorabuena. En especial Andrés. Está feliz. Es economista como yo. Quiere ascender rápidamente. Yo también lo quería… hasta ahora. El responsable de recursos humanos ha anulado mi viaje a Londres. “Ya no tiene razón de ser”, dice. “Vas a ser madre, tienes que centrarte en tu hijo”. Andrés sonríe por el pasillo, hace chistes, habla de fútbol y de mujeres.

Está feliz.

“Tienes que centrarte en tu hijo”, dice mi madre mientras guisa en la cocina. “Es ternera estofada. Cuando te llevaba dentro la comía casi todos los días. Un antojo, dijo el médico”. Sonríe. Desde que anuncié mi embarazo toda la gente me sonríe, mi madre con olor a incienso y velas de sacristía. Ella dejó su trabajo para criarme y ya no volvió a la fábrica. No era necesario que trabajara, tampoco que pensara. Dar de pecho, cambiar los pañales, cocinar para mí, para mis hermanos y para mi padre. Ese era su cometido.

Recojo las pertenencias de mi despacho. Hasta dentro de dieciséis semanas. ¿Quién regará la begonia?, ¿me la llevo o no?, cuando vuelva estará seca.

Andrés llama a la puerta. “¿Puedo pasar?”. “Me alegro de tu próxima maternidad”, “¿cuántos años tienes?”, “has elegido el momento adecuado”. Se le olvida añadir que será él el que consiga la beca de formación en París. El mercado no espera, el director general tampoco.

“Ser madre es lo más hermoso que le puede ocurrir a una mujer”. Mi compañero acaricia mi vientre mientras me susurra al oído palabras de amor. “Trabajaré el doble por vosotros”. Me besa en el cuello, en la oreja, me adora, me adora, me adora… Será un gran padre: lo veré a partir de las nueve de la noche. “Estoy agotado, me voy a la cama; ¿no puedes hacer que el niño deje de llorar”. Niño o niña, no importa.

Recibo una postal de París. Es de Andrés. Se alegra de que el parto haya sido perfecto. Él tiene mucho trabajo, a veces piensa en tirar la toalla y volver a Barcelona. No tiene claro que tanto sacrificio merezca la pena. Me envidia, dice que me envidia.

Mi madre me ayuda pero pronto deberá regresar al pueblo. “¿No has pensado pedir una excedencia?”, me dice. “El bebé enfermará en la escuela infantil”, “en ningún sitio como en casa”.

Mi compañero asiente con la cabeza mientras calienta el biberón. “Quedan pocas semanas, tienes que tomar una decisión”.

La begonia está seca cuando vuelvo al despacho.

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