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La otra cara de Corea del Norte

Norcoreanos practicando el baile en la plaza Kim Il-sung. Foto: Carla Escribano.

Por Carla Escribano. Lunes, 12 de marzo de 2018

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Cuando viajas a Corea del Sur y visitas la zona desmilitarizada (DMZ en sus siglas en inglés) los guías turísticos se empeñan en decir algo así como: “y este, señores, es el lugar más cercano a Corea del Norte en el que uno puede estar”. No fue por llevar la contraria, pero no me lo creí. Y así, a partir de una mentirijilla, comenzó mi aventura.

Todos hemos oído historias acerca de Corea del Norte, la mayoría de ellas malas o sobre supervillanos y otras un tanto graciosas, pero personalmente no me gusta creerme todo lo que me cuentan, así que decidí ir allí para comprobarlo sobre el terreno.

Es bien sabido que no se puede visitar el país de forma independiente, pero lo que nadie nos cuenta es que hay bastantes agencias que se dedican a organizar viajes a dicho destino. Yo en concreto elegí Young Pioneer Tours y, sinceramente, ha sido una de las mejores elecciones que he tomado en mucho tiempo. No es que yo sea el CEO de una multinacional y tenga que tomar grandes decisiones a diario, pero esta vez decidí quitarme la venda.

Sorprendentemente, antes de que acabara mi viaje supe que quería volver pues, como me dijo un buen amigo, “no es lo que ves, es lo que sientes estando allí”.

Mi aventura comienza en Dandong, una “pequeña” ciudad china, y digo pequeña para los estándares que se manejan por aquellas latitudes, pues tan solo cuenta con un escaso millón de habitantes. Está situada en la frontera entre China y Corea del Norte y cuenta con el río Yalu como separación entre ambos países.

El río Yalu, que separa China y Corea del Norte. Foto: C.E.

El único tren desde Dandong a Pyongyang sale una vez al día, a las 10:00 AM. ¡Allá vamos!

Primera parada: Sinujiu. El tren para en esta ciudad exactamente una hora y 47 minutos, que es el tiempo que tarda la guardia fronteriza norcoreana en tomar los datos de todos los pasajeros que viajan en los vagones y realizar el oportuno cambio de vías. Todos los días el mismo tiempo: una hora y 47 minutos.

Tras la pequeña interrupción, partimos rumbo a Pyongyang. Ahora sí, ¡ya estamos!

Las vistas desde el tren son una grata sorpresa, el paisaje es bonito y reconfortante. Corea del Norte no es gris y oscura. (Realidad 1 – Medios de Comunicación 0).

Finalmente, tras seis horas de viaje, llegamos a Pyongyang. Allá quedaron los campos de cultivo y las aldeas rurales para dar paso a una ciudad con movimiento.

Nuestros guías coreanos, que nos acompañarán durante toda la estancia, nos saludan alegremente al grito de “Bienvenidos a Corea”, pues para ellos Corea no hay más que una y pese a que estén aún en conflicto con sus vecinos del sur, se sienten un mismo país.

Comenzamos la visita nocturna a la ciudad en la plaza Kim Il-sung, donde se siente el bullicio de jóvenes norcoreanos ensayando un baile para el líder, mientras que otros se toman una cerveza tras el trabajo en una cantina cercana. Lo sé, a estas alturas seguro que la mayoría piensa: “Serán actores y la cerveza será falsa”. Nada más lejos de la realidad, a los norcoreanos les gusta ir de cañas tanto o más que a los españoles. De hecho, dentro de su cierto y lamentable sistema de racionamiento con cupones, están incluidas 30 cervezas al mes, una por cada día, que son acumulables y transferibles.

Dejando la cantina atrás, a la que no pudimos acceder por ser turistas, atravesamos la enorme plaza rodeados de norcoreanos que nos miran estupefactos mientras nosotros, más estupefactos aun, no sabemos a dónde mirar: si a ellos o a las millones de marcas y líneas del suelo que sirven como guías para recordar todos los movimientos del baile. Nadie quisiera, ni por un momento, equivocarse con un paso mientras se está homenajeando al líder, ¿verdad?

La noche concluye conversando ante unas cervezas y probando uno de los platos más típicos de Corea, el “bibimbap”, que no es más que verduras frescas servidas en una base de arroz.

Un bibimbap. Foto: C.E.

Por fin amanece en Pyongyang y comienza “nuestro momento”, recorrer a plena luz del día los lugares más famosos de la ciudad.

La primera parada es el Mansudae Grand Monument, la famosa plaza con las estatuas de bronce de Kim Il-sung y Kim Jong-il, abuelo y padre del actual líder. Con más de 20 metros de altura, creedme cuando digo que ambas estatuas son absolutamente enormes y que ninguna foto hace justicia a la altura real de ambas.

Panorámica de las estatuas de Kim Il-sung (izquierda) y su hijo Kim Jong-il (derecha). Foto: C.E.

Por supuesto que como turistas tenemos derecho a sacar fotos durante la visita al país, tan solo se deben seguir “ciertas normas”. Entre ellas: no retratar a militares, no fotografiar lugares que estén en construcción (puesto que la mayoría de las veces es el Ejército quien está desarrollando esa obra) y por último, siempre que saquemos una imagen de una escultura o cuadro del líder, esta debe incluir la estampa completa (nada de cortarle la cabeza, manos o piernas al líder).

La segunda parada es para visitar la Torre Juche. La edificación está compuesta por exactamente 25.550 bloques que corresponden con el número de días que vivió Kim Il-sung en sus 70 años (70 años x 365 días=22.550). Subiendo los 170 metros de torre se aprecia una bonita vista de “la gris y peligrosa Pyongyang”, que no es ni peligrosa ni mucho menos gris.

La Torre Juche. Foto: C.E.

Pyongyang desde la torre Juche. Foto: C. E.

Siguiendo el itinerario acordado con la agencia de viajes, la siguiente parada es el Monumento a la fundación del Partido. La escultura está llena de simbolismo. Primero por el martillo, la hoz y el pincel de caligrafía que simbolizan a los trabajadores, agricultores e intelectuales norcoreanos. Pero el siguiente dato con el que nos sorprende nuestra guía turística es más escalofriante aún. El monumento, casualmente, tiene una altura de 50 metros, que simbolizan el 50 aniversario de la fundación del Partido de los Trabajadores de Corea; el número de losas que componen el cinturón alrededor de la escultura y su diámetro representan la fecha de nacimiento de Kim Jong-il. Simplemente fascinante.

Imagen frontal del Monumento a la Fundación del Partido. Foto: C.E.

Y cuando ya pensábamos que esta ciudad no nos podía embelesar más, llegamos al Metro de Pyongyang, uno de los más profundos del mundo. Cuenta solo con dos líneas y un total de 16 estaciones (las que pudimos visitar son coquetas, cargadas de influencia soviética y decoradas con mosaicos y estatuas de los líderes políticos del país).

Una de las estaciones del metro de Pyongyang. Foto: C.E.

Pero lo más sorprendente no es la belleza de las estaciones, sino el ambiente que se respira allí. Por megafonía suenan una y otra vez marchas militares para “concienciar” a los pasajeros de que están permanentemente en estado de guerra.

La gente, en su trasiego, ni siquiera las perciben, tratan de sentarse en un algún sitio libre para rápidamente seguir jugando al póker con su teléfono móvil o al tetris. Y así comprendí que, al fin y al cabo, no somos tan diferentes de los coreanos como nos han vendido.

Pasajeros en el metro. Foto: C.E.

Para finalizar, la última visita programada nos lleva al Museo de la Guerra de Corea. Una de sus principales atracciones es el navío estadounidense USS Pueblo, que Corea del Norte capturó hace poco más de 50 años y que es el único buque de la Marina de guerra de Estados Unidos que se encuentra en manos de un gobierno extranjero.

Una guía uniformada con ropa militar nos invita a recorrer el museo. La visita es extensa  (lamentablemente este país cuenta con una larga lista de conflictos bélicos) pero como siempre, los norcoreanos nos deleitan con un gran final de la visita. La guía nos dirige a lo alto de una plataforma giratoria circular, donde se muestra el panorama en 360 grados más amplio del mundo. Las escenas bélicas son tan realistas que los espectadores no llegamos a discernir los objetos reales de las pinturas. Impresionante.

Guía del museo comenzado la visita con el buque USS Pueblo a sus espaldas. Foto: C.E.

Y así, totalmente fascinada por la ciudad de Pyongyang, concluye mi aventura, no sin antes enviar unas postales con propaganda. ¿Que solo vi lo que ellos me quisieron mostrar? Seguramente. ¿Pero en qué se diferencia eso a leer un periódico o ver las noticias de televisión en cualquier otro país del mundo?

Dos postales típicamente norcoreanas.

 

 

 

 

 

 

 

 

Carla Escribano

1 Kommentare

  1. Alberto Zamora dicen

    Bueno, a la pregunta final, quizas se diferencien en que no te encierran por tus ideas políticas, o que no hay cartillas de racionamiento.

    Pero sí, para visitar paises pobres, está muy bien ser turista extranjero con dinero y libertad para viajar.

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