Francisco Saura, Número 95, Opinión
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Incluso ahora

Por Francisco Saura. Viernes, 23 de marzo de 2018

@pacosaura2

Incluso en estos momentos, extraños en un mundo que alguna vez creyó en algo (una gota de agua recorriendo el pétalo de una flor, tal vez) o no creyó en nada y disimuló hablando de las estrellas y de un futuro de polvo cósmico y amor en las noches de luna llena; incluso  –decimos– cuando ya el náufrago no tiene el tronco arrastrado por las ondas del mar para asirse y contemplar la Osa Mayor en la negra y parpadeante seda de la noche, ni los niños esa sonrisa que nos encandiló en un pasado olvidado en alguna parte de la arena del reloj, que nos debilita a cada grano precipitado en el tiempo reciente, ni tu lejanía es nítida y ocupa casi el aire que me envuelve, sintiéndote en el aliento del paisaje y del susurro de las aves en las bajas Colinas; incluso ahora –pensamos– que eres carne abierta en mitad de la mirada inane de las luciérnagas ya muertas, ausentes ellas en los zarzales, en las acequias y en  el rocío de una noche tardía de septiembre…

Incluso ahora.

Vuelvo la mirada. No queda nada en el instante transitado, solo el terrible silencio de una vida malgastada a cada deseo no realizado. Porque desearía, desearíamos, que la materia fuera arcilla en las manos, modelando en su interior los momentos más plácidos de una existencia varada en una concha de aguas turquesas, y la brisa en destellos de luz mediterránea, y el vuelo de las gaviotas y las palmeras no muy lejos, junto a las azucenas de mar.

Pero todo eso no fue. Queda entonces ese terrible dolor de cabeza, esa terrible telaraña que crece hasta hacerse música, la de una ciudad rodeada por el frío, la nieve helada y el constante cañoneo que luce en el cielo a caballo del apocalipsis, con sus dedos verdes de algas apenas transitadas por la luz mortecina de las tierras boreales. Sabes de lo que hablo. De la eterna huida, del caballo sin montura, de sus crines, de la galopada hasta el fondo del lago, lecho de cadáveres que se superponen en el devenir de los siglos.

Incluso en estos momentos, abierta la herida, separados los labios por la muerte que crece y huele en los responsos a medianoche, cuando el cielo blanco permanece inmutable y las olas mueren en los cantos de la fría realidad, incluso –digo, decimos– somos la palabra final de un relato que nunca fue escrito porque sus personajes perdieron la inocencia en un mundo que fluye con el brillo del oro. Lo que quedó escrito se lee en los folletos comerciales. Lo otro, el fuego que consumió la rebeldía, las antorchas que iluminaron las horcas en mitad del calvero del bosque, la crucifixión, el llanto y el amargo sabor del matorral en la roca, es olvido. Olvido y oscuro diálogo de los restos del ejército en permanente huida.

Tal vez alguna vez sepamos leer en el espejo la confusión de nuestras ideas. Desordenadas, vueltas del revés, convertidas en formas herejes de la verdad eterna. Cóncavo o convexo, el reflejo de nuestras derrotas, los rostros permanentemente rígidos, fijos en el desastre, mancillados por el estigma de los malditos, hartos de invocar los porqués, nos hace débiles.

Caminar sobre las brasas, sobre cristal roto, sobre los clavos de Jesucristo, sobre un lecho de ortigas, sobre la literatura contemporánea, sobre el mar contaminado, sobre los pensadores más influyentes del Siglo XXI ; caminar sobre nuestros fracasos, sobre nuestros muertos, sobre la lucha y la derrota de nuestros muertos (siempre nuestros muertos que nos contemplan con eterno reproche en su mirada), caminar por no detenernos a morir en la cuneta del camino (con nuestros muertos).

Caminar hasta morir.

Incluso ahora, cuando pensábamos que esta tierra era de todos y daba suficientes frutos para alimentarnos y compartir las sobras con nuestros hermanos.

Caminar hasta morir.

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